Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.
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Capítulo 6: El día después del ruido
El silencio fue lo primero que Ren notó al despertar.
No era un silencio limpio, de esos que traen descanso. Era un silencio pesado, cargado de ausencias. El tipo de silencio que queda cuando las voces se han agotado de tanto llorar y ya no quedan fuerzas ni para el grito.
Abrió los ojos con dificultad. El mundo le pareció envuelto en una neblina pálida. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba: una habitación prestada en Brunn, una choza de techo bajo, con olor a humo viejo y hierbas amargas. El cuerpo le dolía como si hubiera corrido durante días sin detenerse. Cada músculo protestaba. El costado le ardía. Tenía la boca seca, la lengua pastosa.
Intentó incorporarse.
El mareo lo obligó a dejarse caer de nuevo.
—No te levantes —dijo una voz cerca—. Aún no.
La anciana de Lorn estaba sentada junto a la cama, con una taza humeante entre las manos. Sus ojos estaban rojos, hinchados por la noche sin dormir.
—Dormiste… poco —añadió—. Te desmayaste al amanecer.
Ren cerró los ojos un instante. Recordó vagamente el momento: el niño respirando con dificultad, el calor pegajoso del aire, sus propias manos temblando… y luego, nada.
—¿Los… enfermos? —preguntó, con la voz ronca.
La anciana bajó la mirada.
—Algunos… mejoraron. Otros… no pasaron la noche.
Ren apretó los dientes. El silencio en la habitación se llenó de nombres no dichos.
—Quiero… verlos.
—Después —respondió ella—. Primero bebe.
Le acercó la taza. El líquido caliente le raspó la garganta, pero el cuerpo lo agradeció. Bebió despacio, sintiendo cómo el calor le devolvía un poco de vida a los dedos.
Afuera, los sonidos eran apagados. Pasos contenidos. Murmullos. No había gritos. No había carreras. La aldea entera parecía moverse como si tuviera miedo de despertar a la muerte otra vez.
Ren logró ponerse de pie. Las piernas le flaquearon, pero la anciana lo sostuvo del brazo. Salieron.
El aire fresco le golpeó el rostro. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, como si el mundo se hubiera quedado sin colores. En el centro de la aldea, habían cavado varias fosas. No profundas. Solo lo suficiente.
Familiares se reunían alrededor, con los hombros caídos. No había ceremonias largas. No había tiempo para honrar como se merecía. La vida seguía exigiendo movimiento.
Ren se quedó quieto, observando.
Una mujer sostenía una pequeña manta en brazos. No había cuerpo dentro. Solo la costumbre de sostener. Se mecía adelante y atrás, murmurando palabras que Ren no pudo oír.
Un hombre joven enterraba a su hermano. Sus manos temblaban tanto que la tierra caía torpe sobre el cuerpo. Cada palada parecía un golpe contra su propio pecho.
Ren sintió que el estómago se le encogía.
—Debería… —murmuró—. Debería haber llegado antes.
—Llegaste cuando pudiste —dijo la anciana—. Y eso cambió el destino de algunos.
Ren no respondió. No miraba a los que se habían salvado. Miraba a los que no.
Un niño se acercó. Era el mismo que había tosido por el humo el día anterior. Sus ojos estaban enrojecidos, pero ya no había pánico en ellos.
—Señor Ren… —dijo, dudando—. Mi mamá dice… que gracias a ti sigo respirando.
Ren se arrodilló frente a él. Le acomodó el cabello con un gesto torpe.
—Me alegra verte de pie.
El niño asintió, serio, como si hubiera crecido años en una noche.
—¿Se van a morir más?
La pregunta cayó como una piedra en el pecho de Ren.
—No lo sé —respondió con honestidad—. Pero vamos a intentar que no.
El niño lo miró un segundo más. Luego corrió hacia su madre.
Ren se quedó allí, con las manos colgando a los costados, sintiendo el peso de cada mirada que se posaba en él. No eran miradas de acusación. Tampoco de adoración. Eran miradas de personas que habían visto el borde de la muerte y ahora no sabían a quién agradecer ni a quién temer.
El jefe de Brunn se acercó.
—Los que mejoraron… —dijo—. Algunos preguntan si pueden volver a beber del pozo.
Ren negó con la cabeza.
—No todavía. El agua es la fuente. Si no la limpiamos, volverán a caer.
—¿Cómo se limpia un pozo?
Ren explicó lo poco que sabía. Hervir el agua antes de beberla. Limpiar los recipientes. Evitar que animales se acerquen. No era una solución definitiva. Era un parche.
—No es suficiente —admitió—. Pero es lo que tenemos ahora.
El jefe asintió, con una resignación amarga.
—Te debemos vidas —dijo—. Y también… entierros.
Ren bajó la mirada.
—No me deben nada.
Pero la frase sonó hueca incluso para él.
A media mañana, el cansancio lo golpeó de nuevo. Un mareo le subió desde el estómago. La visión se le estrechó. La anciana lo sostuvo a tiempo.
—No eres de hierro —dijo—. Come.
Le ofrecieron un cuenco de caldo aguado. Ren comió sin hambre, solo porque sabía que si no lo hacía, su cuerpo se rendiría del todo. Cada sorbo le sabía a culpa.
Más tarde, cuando fue a revisar a los que habían mejorado, notó que sus manos temblaban más de lo normal. La fiebre le rozaba la frente. El mundo parecía más brillante, como si la luz le molestara.
—Te estás enfermando —dijo la anciana, con preocupación.
Ren negó.
—No puedo.
—No es una decisión —respondió ella—. Es tu cuerpo pidiéndote que pares.
Ren apretó los dientes. No podía darse ese lujo. No cuando aún había enfermos.
Entró en una de las chozas. Un anciano respiraba con dificultad. Ren se inclinó para auscultar como pudo. El mareo lo obligó a apoyar una mano en la pared. La habitación giró.
—Señor Ren… —susurró la hija del anciano—. ¿Está empeorando?
Ren tardó un segundo en responder. El mundo le parecía distante.
—No… —dijo, sin estar del todo seguro—. Está… estable.
Salió al aire libre. El frío le golpeó la cara. El sudor frío le empapaba la espalda.
Fue entonces cuando lo sintió: el temblor incontrolable, el cansancio que ya no era solo muscular, sino profundo, como si algo dentro de él se hubiera vaciado.
Se dejó caer en un banco de madera.
La anciana se sentó a su lado.
—Los rumores ya están corriendo —dijo en voz baja—. Un mercader preguntó por “el sanador que no cobra”.
Ren soltó una risa breve, sin humor.
—No quiero ser un rumor.
—Los rumores no preguntan lo que quieres —respondió ella—. Caminan solos.
Ren cerró los ojos.
En ese silencio pesado del día después, comprendió algo que no había querido aceptar: salvar a algunos no borraba la muerte de otros. Y cargar con ambas cosas —vida y pérdida— era parte del camino que había elegido.
No era el camino del héroe que vence a un monstruo y celebra.
Era el camino de quien entierra, cura, vuelve a enterrar… y aun así se levanta al día siguiente.
Y ese camino, más que cualquier mazmorra, era el que lo estaba convirtiendo en alguien distinto.