Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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La jaula de cristal en la montaña
El silencio dentro del coche, de regreso de la galería, era más ensordecedor que los flashes de la prensa. Ernesto no me miró ni una sola vez. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en el mismo mármol de las estatuas que habíamos dejado atrás. Yo sentía el sabor de su beso todavía en mis labios; un beso que sabía a posesión y a advertencia, no a la ternura que mi traicionero corazón empezaba a anhelar.
—No vamos a la mansión —dijo de repente, su voz cortando la oscuridad del habitáculo como un cuchillo.
—¿A dónde vamos, Ernesto? —pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad en la garganta.
—A un lugar donde Alexander Rossi no pueda encontrarte. A un lugar donde no haya teléfonos antiguos escondidos ni sobres con veneno disfrazado de verdad.
No me dio más explicaciones. Dos horas después, el coche comenzó a subir por un sendero serpenteante rodeado de bosques espesos. Finalmente, nos detuvimos frente a una estructura de cristal y madera integrada en la ladera de la montaña. Era una casa moderna, minimalista y terriblemente aislada.
—Es mi refugio personal —explicó él mientras bajábamos. El aire de la montaña era gélido y puro—. Nadie viene aquí. Ni siquiera el servicio. Estaremos solos.
Entramos en la casa. Las paredes eran ventanales inmensos que mostraban el abismo del bosque bajo la luz de la luna. Ernesto cerró la puerta principal con un clic que sonó definitivo. Se quitó la chaqueta del esmoquin y la arrojó sobre un sofá de cuero, antes de servirse un whisky doble en el bar de la estancia.
—Me trajiste aquí para encerrarme —dije, plantándome en el centro de la sala, todavía vestida con el traje de gala rubí que ahora se sentía como una burla.
—Te traje aquí para que dejes de jugar a ser detective con el hombre que quiere vernos muertos —respondió él, dándose la vuelta. Sus ojos grises estaban encendidos por un fuego que no era solo rabia—. Alexander Rossi no te dio ese sobre por la bondad de su corazón, Elena. Te lo dio porque sabía que vendrías a cuestionarme, que romperías nuestra tregua. Y lo lograste.
—¡Porque me mientes! —grité, caminando hacia él—. Me dices que me proteges, pero quemas las cartas de mi padre. Rossi dice que lo mataron. Si es mentira, ¿por qué no me dejas ver las pruebas? ¿Por qué tienes tanto miedo de que sepa la verdad?
Ernesto dejó el vaso con tal fuerza sobre la mesa que el cristal crujió. En dos pasos, acortó la distancia y me atrapó por los hombros, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra el ventanal frío. Estábamos a oscuras, solo iluminados por la luna.
—Tengo miedo de que la verdad te destruya, Elena —susurró, su rostro a milímetros del mío—. Mi abuelo era un hombre despiadado, sí. Y tu padre... tu padre no era el santo que recuerdas. Se metió en un juego de sombras pensando que podía ganar, y perdió. Si te cuento todo, no solo odiarás mi apellido, odiarás el tuyo también.
—Prefiero odiar la verdad que vivir una mentira contigo —respondí, aunque mis sentidos estaban abrumados por su cercanía.
Su mirada bajó a mis labios, y por un segundo, la hostilidad se transformó en algo mucho más peligroso: una tensión sexual que hacía que el aire fuera difícil de respirar. Ernesto soltó mis hombros, pero no se alejó. Sus manos subieron por mi cuello, sus pulgares acariciando mi mandíbula con una suavidad que me desarmó por completo.
—Dices que me odias —murmuró, su voz ronca y baja—, pero tu cuerpo no miente, Elena. Tu corazón late tan rápido como el mío cada vez que te toco. ¿Es eso lo que te asusta? ¿Que el peligro de amarme sea más real que las mentiras de Rossi?
No pude responder. El deseo y el resentimiento se mezclaban en una tormenta perfecta. Ernesto se inclinó, rozando su nariz con la mía, manteniéndome en ese limbo de incertidumbre. En este aislamiento, lejos del mundo, el contrato de matrimonio parecía desvanecerse, dejando paso a una realidad donde éramos solo dos personas heridas tratando de no destruirse mutuamente.
—Esta noche no habrá más secretos, Elena —dijo, su aliento cálido contra mi piel—. Pero mañana, cuando el sol salga, tendrás que decidir si confías en el hombre que te tiene entre sus brazos o en la sombra que te susurra desde afuera.
Me soltó de repente, dejándome tiritando de frío contra el cristal. Se retiró hacia las escaleras, dejándome sola en la inmensidad de la sala. Sabía que esta estancia en la montaña cambiaría todo. Ya no era solo una cuestión de deudas o apellidos; era una guerra por mi propia alma.