No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 23
El último día llegó sin estruendo.
No hubo tormentas ni escenas dramáticas en los pasillos. La academia amaneció igual que siempre, uniforme impecable, pasos medidos, voces contenidas. Y, sin embargo, para Arya todo sonaba distinto. Más lejano. Más hueco.
La ceremonia de cierre fue breve. August estaba de pie junto a los demás estudiantes de último año, recto, elegante, con esa compostura que siempre llevaba como segunda piel. Pero Arya, sentada entre el público, no veía a un egresado más, veía a la persona que amaba dando un paso más lejos de ella.
Cuando todo terminó y el patio comenzó a vaciarse, el aire se volvió pesado.
Se encontraron junto a la verja principal.
No hicieron falta demasiadas palabras al principio. Se miraron como si intentaran memorizarse.
—Es solo el comienzo de algo nuevo —dijo August con suavidad, aunque la firmeza en su voz no lograba ocultar la tensión en sus hombros.
Arya asintió.
Pero cuando él tomó su rostro entre las manos, la máscara de serenidad se rompió.
—Voy a escribirte —murmuró él.
—Cada semana —respondió ella, intentando sonreír.
—Cada vez que pueda.
Arya sostuvo su chaqueta entre los dedos, como si eso pudiera anclarlo.
—No tardes en contestar —susurró.
—Nunca.
Y entonces la abrazó.
Fue un abrazo distinto a todos los anteriores. Más largo. Más apretado. Como si ambos intentaran aprender la forma del otro con desesperación silenciosa.
Arya apoyó la frente en su pecho.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
No fueron sollozos descontrolados. Solo lágrimas que se deslizaron despacio, mojando la tela de su camisa.
August la sostuvo con más fuerza.
—No llores… —murmuró, aunque su propia voz estaba más grave de lo habitual.
Pero ella negó con la cabeza.
—Déjame hacerlo —dijo entre suspiros contenidos.
Porque necesitaba que ese dolor saliera.
Se separaron con lentitud, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo más.
—Te amo —dijo August en voz baja, sin testigos cercanos.
Arya lo miró, los ojos aún brillantes.
—Yo también.
Fue ella quien dio el último paso atrás.
Si no lo hacía, no lo dejaría ir.
Lo vio alejarse sin girarse. August sabía que si lo hacía, no tendría la misma determinación.
Y cuando finalmente desapareció tras la verja, el mundo se sintió más grande. Y más frío.
Las vacaciones en la finca Rosenfeld fueron tranquilas, el intercambio de cartas con August fue regular.
Por más que Arya se emocionaba y sonreía con cada carta que recibía, no era suficiente.
Se había acostumbrado a la presencia de August, y ahora solo tenían distancia.
El último año de Arya comenzó con una rutina que parecía idéntica a la anterior.
Pero no lo era.
Ya no había una silueta alta esperándola en los pasillos.
No había una mirada buscándola al otro lado del salón.
No había risas compartidas al final del día.
Arya volvió a volverse silenciosa.
Extremamente aplicada.
Reservada.
Impecable.
Se sumergió en los estudios con una disciplina casi rígida. Las noches eran más largas. Los libros, más numerosos. Annie y Giselle notaron el cambio, pero también entendían que el vacío no podía llenarse con compañía ajena.
Las cartas comenzaron a llegar con regularidad.
August le escribía sobre la universidad.
Arya releía cada carta varias veces antes de responder.
Sus palabras eran cuidadas, sinceras, llenas de anhelo.
Pero el papel no podía reemplazar la presencia.
Extrañaba su voz.
El calor de su mano.
La manera en que inclinaba la cabeza cuando intentaba convencerla de algo.
August también lo sentía.
En sus cartas comenzó a deslizar confesiones más íntimas.
Hasta que, un día, llegó una carta distinta.
Había un receso a mitad del semestre.
Iba a ir a verla.
Arya leyó esa frase más de una vez para asegurarse de no estar interpretándola mal.
Desde entonces, cada día era una cuenta regresiva.
Se preguntaba cómo estaría él.
Si habría cambiado su expresión.
Si la universidad lo habría endurecido.
Si ella misma le parecería distinta.
El día llegó finalmente.
Arya consiguió el permiso para salir apenas terminaron las clases. Apenas el último timbre resonó, recogió sus cosas con manos temblorosas y salió casi corriendo.
El banco en la plaza principal estaba bajo la sombra de un árbol grande, el mismo donde meses atrás todo parecía más simple.
August estaba sentado allí.
Más recto.
Más adulto.
Pero inconfundible.
Cuando escuchó pasos apresurados sobre la piedra, levantó la vista.
Se puso de pie de inmediato.
Y entonces se vieron.
Por un segundo, el mundo quedó suspendido.
Arya sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho. August también pareció olvidar cómo respirar.
Fue él quien rompió la distancia.
Caminó rápido, casi sin elegancia, movido por algo más fuerte que la compostura.
Arya no esperó a que llegara del todo.
Se encontraron a mitad de camino.
El abrazo fue inmediato.
Intenso.
Lleno de semanas acumuladas.
—Te extrañé —dijo él contra su cabello.
—Demasiado —respondió ella, aferrándose como si temiera que se desvaneciera.
Las dos horas que tenían pasaron con una rapidez cruel.
Caminaron sin rumbo fijo, pero sin soltarse las manos. Sus dedos entrelazados parecían una afirmación constante de que aquello seguía siendo real.
Hablaron, sí.
Pero muchas frases quedaron inconclusas.
Había demasiadas cosas que decir y, al mismo tiempo, ninguna que pudiera resumir lo que sentían.
Arya levantó la mano para apartarle un mechón que caía sobre la frente. Sus dedos se demoraron allí más de lo necesario, como si estuviera confirmando que era tangible.
—Has cambiado un poco —susurró.
—¿Para bien? —preguntó él, con una leve sonrisa.
—Para… más serio.
August dejó escapar una risa breve.
— Es así como debe verse un abogado...
Luego su expresión se suavizó.
Deslizó los dedos por el contorno del rostro de Arya con cuidado reverente, como si temiera que fuera un recuerdo frágil.
El pulgar se detuvo bajo su mentón.
Con suavidad, giró su rostro hacia él.
Esta vez no hubo duda.
La besó.
No fue apresurado.
Fue profundo y contenido a la vez, cargado de todo lo que habían guardado en cartas.
Arya sintió que el mundo volvía a encajar por un instante.
Hasta que el reloj volvió a imponerse.
El momento de despedirse regresó demasiado pronto.
Se quedaron de pie frente a frente, aún tomados de las manos.
—Volveré antes de que termine el receso —prometió August.
—Te estaré esperando.
Ninguno quería soltar primero.
Pero lo hicieron.
August dio un paso atrás.
Luego otro.
Arya lo observó hasta que la distancia volvió a abrirse entre ellos.
No lloró esta vez.
Solo apretó la carta más reciente que llevaba en el bolsillo del abrigo.
Porque ahora sabía algo con claridad dolorosa.
La distancia no apagaba lo que sentían.
Pero lo ponía a prueba.