A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 19
El vestido negro que Zhi Zhi había elegido no era simplemente una prenda; era una declaración de guerra. Era de seda líquida, con un cuello alto que recordaba a las armaduras antiguas y una espalda descubierta que descendía en una curva peligrosa hasta la cintura. No llevaba joyas, a excepción de unos pendientes de diamantes negros que parecían gotas de tinta congelada. Al mirarse al espejo por última vez, se dio cuenta de que su rostro ya no era el de la niña que buscaba aprobación. Sus pómulos estaban más marcados, su mirada era más afilada. Había pasado siete años construyendo una fortaleza alrededor de su corazón, y esa noche, el restaurante *L'Elysée* sería el campo de batalla donde pondría a prueba sus muros.
Cuando el coche se detuvo frente a la fachada neoclásica del restaurante, el frío de febrero la recibió con un mordisco seco. El lugar estaba rodeado de fotógrafos de sociedad y coches que costaban más que una vida entera de trabajo en el Distrito Norte. Zhi Zhi inhaló el aire gélido, buscando el aroma a metal y asfalto que solía consolarla, pero solo encontró el perfume empalagoso de los lirios de invierno que adornaban la entrada.
Al entrar, el sonido de los violines y el tintineo del cristal de Bohemia la envolvieron. Era una atmósfera asfixiante de opulencia.
—¡Zhi Zhi! Sabía que no te lo perderías.
Lin Feng se acercó a ella con la confianza de quien se sabe dueño del mundo. Vestía un esmoquin a medida y sostenía una copa de champán con una elegancia que a Zhi Zhi siempre le había parecido ensayada, carente de la fuerza bruta que ella una vez conoció.
—Lin Feng —respondió ella, permitiendo que él le diera un beso protocolario en la mejilla que no le produjo ni el más mínimo escalofrío—. No sabía que este tipo de reuniones fueran de tu interés.
—Oh, por favor. Todo el mundo está aquí. La generación dorada de St. Jude reunida por... —bajó la voz, con un rastro de desdén— ...un tal Kuang. Es fascinante cómo el dinero puede comprar una invitación a la mesa de los adultos, ¿no crees?
Zhi Zhi sintió una punzada de irritación.
—Kuang siempre fue inteligente. Quizás más de lo que todos le dieron crédito.
Caminaron hacia el salón principal, donde los antiguos compañeros de clase se agrupaban en círculos de poder. Allí estaba Vivienne, su antigua rival, luciendo un vestido rojo sangre y una sonrisa que era más una mueca de envidia.
—Zhi Zhi, querida —dijo Vivienne, acercándose con paso felino—. Estás... muy sobria. ¿Es luto por tu última adquisición fallida en la bolsa o simplemente has decidido abrazar tu lado oscuro?
—Es un recordatorio, Vivienne —replicó Zhi Zhi sin pestañear—. De que el negro nunca pasa de moda, a diferencia de la desesperación por llamar la atención.
Zhi Zhi se alejó, dejando a Vivienne con la palabra en la boca. Su mirada recorrió el salón, buscando la figura que realmente le importaba. Fue entonces cuando lo vio. En una esquina del salón, cerca de la gran chimenea de mármol, estaba Kuang.
Pero no era el Kuang que recordaba. Ya no vestía camisetas rotas ni tenía el cabello revuelto. Llevaba un traje gris carbón perfectamente ajustado, aunque su postura seguía siendo la de un depredador que se siente incómodo en una jaula de oro. Seguía teniendo ese brillo burlón en los ojos, esa chispa de la calle que nada podía borrar.
Zhi Zhi se acercó a él, ignorando los saludos de otros compañeros. Kuang la vio venir y dejó su copa sobre una mesa auxiliar.
—Vaya, vaya —dijo Kuang, y su voz, profunda y cargada de un acento que intentaba suavizar, le trajo una avalancha de recuerdos—. La princesa ha salido de su torre. Siete años sin verte, Zhao. Te ves... costosa.
—Y tú te ves... fuera de lugar, Kuang —respondió ella, aunque sus labios temblaron apenas un milímetro—. ¿Qué es todo esto? ¿Por qué enviarme esa arandela?
Kuang se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, un gesto que delataba su antigua naturaleza.
—A veces es necesario recordar de dónde venimos para saber hacia dónde vamos. No te hagas la dura, Zhi Zhi. Sé que la guardaste. Sé que todavía te pica la piel cuando escuchas el rugido de un motor de cuatro tiempos.
—Esa vida terminó hace mucho tiempo —dijo ella, aunque su corazón latía con una violencia que amenazaba con romper sus costillas.
***
*Flashback: El verano antes del final.*
*Kuang y JiNian estaban sentados en el borde de un muelle, con las piernas colgando sobre el agua sucia. JiNian estaba intentando arreglar un carburador con una herramienta improvisada, mientras Kuang le pasaba latas de refresco.*
*—¿De verdad crees que va a funcionar, hermano? —preguntó Kuang, señalando el coche de Zhi Zhi que estaba aparcado un poco más allá—. Ella es de oro. Tú eres de barro. El barro solo mancha el oro.*
*JiNian se detuvo, con el rostro manchado de grasa pero con una determinación que daba miedo. Miró a Kuang y luego a la chica que leía un libro a pocos metros de distancia.*
*—Entonces me convertiré en diamante, Kuang. Porque los diamantes se forman bajo presión, y este mundo me está apretando con todo lo que tiene. No voy a mancharla. Voy a construirle un altar.*
***
Zhi Zhi regresó al presente, sintiendo el calor de la chimenea en su espalda.
—¿Dónde está él, Kuang? —preguntó, directa como una flecha—. Sé que tú no has pagado esta cena. Sé que este "Rey del Hierro" no eres tú.