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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 8

Narrador: Mateo Ubicación: Instituto San Lorenzo / Calles aledañas

El martes amaneció con ese tipo de calor húmedo que hace que la ropa se te pegue al cuerpo antes de salir de casa. Mi camisa del uniforme, planchada con esmero por mi madre en un intento de "empezar de cero", ya se sentía como una segunda piel asfixiante.

Esperé a Leo en la esquina de su calle, como habíamos acordado. Cuando apareció, noté inmediatamente que algo había cambiado. No en su ropa —llevaba el mismo pantalón desgastado y la camisa una talla más grande—, sino en su forma de caminar. El sábado por la noche, en el coche de vuelta de La Caldera, Leo parecía expandirse. Hoy, volvía a ser una tortuga retrayéndose en su caparazón.

—Buenos días —dije, intentando inyectar una energía que no sentía del todo. Me ajusté la mochila al hombro—. ¿Listo para el regreso triunfal de los exiliados?

Leo me miró. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos.

—No sé si "triunfal" es la palabra, Mateo. Mi madre ha estado rezando el rosario toda la mañana. Dice que tuvo un mal sueño.

—Tu madre es genial, pero se preocupa demasiado. —Le pasé un brazo por los hombros y empecé a caminar, obligándolo a seguir mi ritmo—. Escúchame. Ya no somos los mismos del lunes pasado. Le rompí la nariz a Bruno. Tú te enfrentaste al director. Saben que no somos presas fáciles. Eso impone respeto.

—O venganza —murmuró Leo, mirando las grietas de la acera.

—Que vengan. Estoy fresco. He dormido diez horas y me he comido tres tostadas. Que venga el ejército entero del San Lorenzo.

Caminamos hacia la entrada del instituto. El bullicio habitual de la mañana estaba en su apogeo: coches pitando, estudiantes gritando, vendedores ambulantes ofreciendo empanadas y jugos en bolsas de plástico.

Pero en cuanto cruzamos la verja de hierro forjado, ocurrió.

Fue sutil al principio. Como cuando bajas el volumen de la televisión poco a poco.

Un grupo de chicos de segundo año estaba riendo cerca de la entrada. En cuanto pasamos a su lado, las risas se cortaron en seco. Se giraron. No nos miraron con odio. Nos miraron con... curiosidad morbosa. Y luego, se dieron la vuelta y empezaron a susurrar.

—¿Lo has notado? —preguntó Leo en voz baja, pegándose a mi codo.

—Son paranoias tuyas —dije, aunque un escalofrío me recorrió la espalda—. Vamos a los casilleros.

Entramos en el pasillo principal. Normalmente, esto es un campo de batalla de empujones, gritos y saludos. Hoy, el mar se abría ante nosotros. Pero no era el respeto que yo había imaginado. Era la distancia que se le da a un animal enfermo.

La gente se apartaba. Literalmente. Unos chicos que estaban apoyados en los casilleros de al lado del mío recogieron sus mochilas y se movieron tres metros más allá en cuanto me vieron sacar la llave.

—¡Eh, tú! —llamé a uno de ellos, un chico con gafas que solía pedirle a Leo los apuntes de Historia—. ¿Se te ha caído algo o es que huelo mal?

El chico no me contestó. Ni siquiera me miró. Aceleró el paso, con la cabeza gacha, como si mi voz fuera contagiosa.

—Esto es raro —admití, abriendo mi taquilla. Encontré un papel doblado dentro.

Lo desdoblé esperando un insulto. "Maricón". "Muérete". Lo típico.

Pero el papel estaba en blanco. Totalmente en blanco.

—¿Qué dice? —preguntó Leo, con la voz temblorosa.

—Nada. No dice nada. —Arrugué el papel y lo tiré al suelo con rabia—. Juegos mentales. A la mierda con ellos.

—Mateo... mira allí.

Leo señaló hacia el final del pasillo. Allí estaba Sam. El mismo Sam que nos había ayudado en el baño. El único tipo decente de todo el equipo de fútbol. Estaba hablando con una chica, riendo.

—Sam nos saludará —dije, sintiendo un alivio repentino—. Él estuvo allí. Él sabe la verdad.

Caminé hacia él con paso firme, arrastrando a Leo conmigo.

—¡Hey, Sam! —grité, levantando la mano—. ¿Qué tal el fin de semana?

Sam se giró. Su sonrisa se congeló en el acto. Miró a su alrededor, como comprobando quién nos estaba mirando. Vio a Javi al otro lado del pasillo, apoyado en una columna, vigilando.

Sam bajó la vista. Se ajustó la mochila.

—Sam, te estoy hablando —llegué a su altura—. Gracias por lo del otro día, tío. No te lo pudimos decir bien con todo el lío del director.

Sam dio un paso atrás, poniendo distancia física entre nosotros.

—No me hables, Velázquez —dijo en voz baja, casi entre dientes.

Me quedé de piedra.

—¿Qué?

—Lo que has oído. No te me acerques. No me hables. No existo para ti.

—Pero... ¿de qué vas? —Sentí que la ira empezaba a calentarme las orejas—. Tú nos ayudaste. Viste lo que hizo Bruno.

—Eso fue antes de saber... lo demás —Sam miró a Leo con una expresión que no pude descifrar. ¿Decepción? ¿Asco?—. Mira, solo aléjate. Tengo una beca deportiva en juego. No voy a perderla por... gente como vosotros.

Se dio la vuelta y se fue, dejándome con la palabra en la boca y la mano extendida en el aire.

—¿Gente como nosotros? —repetí, girándome hacia Leo—. ¿Qué demonios significa eso?

Leo estaba pálido, apretando los libros contra su pecho como si fueran un escudo antibalas.

—Significa que Bruno ha estado trabajando estos tres días, Mateo. Mientras nosotros bailábamos, él estaba tejiendo.

—Pues voy a destejerle la cara otra vez —gruñí.

—No —Leo me agarró del brazo—. Eso es lo que quieren. Vamos a clase. Por favor. Todo el mundo está mirando.

Tenía razón. El pasillo entero estaba en silencio, observando el espectáculo. Cientos de ojos. Sentí la presión de sus miradas como un peso físico.

Entramos en el aula de Literatura. El Sr. Martínez estaba escribiendo en la pizarra. Al entrar, el murmullo de la clase cesó instantáneamente.

Había dos pupitres libres. Los nuestros. Pero alguien —probablemente Javi o alguno de sus secuaces— había movido los pupitres de alrededor, creando un círculo de espacio vacío de casi un metro alrededor de nuestras sillas. Una zona de cuarentena.

Bruno estaba sentado al fondo. No tenía la nariz vendada, solo un pequeño apósito color carne. Me miró. No sonrió. No hizo gestos obscenos. Simplemente me sostuvo la mirada con una calma absoluta, una serenidad de monje budista que me dio ganas de vomitar.

Nos sentamos. El rechinar de las sillas sonó estruendoso en el silencio.

—Buenos días —dije en voz alta, desafiante, mirando a la clase.

Nadie respondió. Vanessa, la chica del chicle, miraba su manicura con una concentración fascinante. El chico de delante se encogió de hombros y siguió escribiendo.

—Señor Velázquez —la voz del Sr. Martínez cortó el aire—. Si ya ha terminado de intentar llamar la atención, le agradecería que sacara el libro por la página cuarenta y cinco. Y en silencio. Ya ha causado suficientes problemas en esta institución.

—¿Yo he causado problemas? —salté, incapaz de contenerme—. ¿Me está hablando en serio? Me atacaron tres tipos en el baño.

—Siéntese y cállese, o puede volver a la oficina del director —dijo Martínez sin levantar la vista de sus papeles—. Aquí no nos interesan sus versiones de los hechos. Nos interesa el orden. Y usted altera el orden.

Me senté, sintiendo que la sangre me hervía en las sienes. Leo me dio una patada suave por debajo de la mesa. Cálmate, decían sus ojos.

La clase fue una tortura china. Cada vez que intentaba participar, el profesor me ignoraba o me daba respuestas monosílabas. Cada vez que Leo intentaba pedir un bolígrafo prestado al compañero de al lado, este fingía no oírlo.

Era un boicot perfecto. Organizado. Meticuloso.

Cuando sonó el timbre del recreo, salí del aula como un toro liberado en la plaza. Necesitaba confrontar a alguien. A quien fuera.

—¡Bruno! —grité en el pasillo.

Bruno se detuvo. Estaba rodeado de su corte habitual. Se giró despacio.

—¿Sí, Mateo? —preguntó. Su voz era suave, educada.

—Deja de hacerte el idiota. ¿Qué les has dicho? ¿Por qué nadie nos habla?

—No sé de qué me hablas —Bruno se encogió de hombros—. Quizás la gente simplemente se ha dado cuenta de quién eres. La gente tiene derecho a elegir sus amistades, ¿no? Es un país libre.

—Les has amenazado —acusé, señalándole con el dedo—. Les has dicho que si nos hablan, les pegarás a ellos también.

—Yo no pego a nadie, Mateo. Soy un deportista. Estoy en contra de la violencia —Bruno sonrió, y esa sonrisa fue lo más violento que había visto en mi vida—. Además, no hace falta amenazar a nadie para que se alejen de la basura. El olor es suficiente.

Dio un paso hacia mí. Bajó la voz para que solo yo y Leo pudiéramos oírle.

—Disfrutad del recreo. He oído que el menú de hoy es soledad con patatas.

Se fue, y las risas de sus amigos resonaron en el pasillo.

—Hijo de puta —mascullé.

—Mateo, vámonos —suplicó Leo—. Vamos al aula de arte. O detrás del gimnasio. Donde no haya nadie.

—No —dije, terco—. No nos vamos a esconder. Vamos a la cafetería. Vamos a sentarnos en el puto centro. Que nos miren. Que vean que nos da igual.

—A mí no me da igual —susurró Leo, y su voz estaba tan rota que me detuve—. A mí me duele, Mateo.

Lo miré. Sus ojos estaban aguados. Para él, esto no era un juego de poder. Era su vida. Era la confirmación de todos sus miedos: que no pertenecía, que era un error del sistema.

—Lo siento —suavicé el tono—. Tienes razón. Pero necesitamos comer. Vamos a buscar a Clara. Ella no tendrá miedo de Bruno. Ella tiene el video.

Fuimos a la cafetería. El ruido era ensordecedor, el olor a fritura y sudor adolescente llenaba el aire. Entramos y, de nuevo, el efecto Mar Rojo. Las conversaciones bajaban de volumen a nuestro paso.

Buscamos la mesa de Clara. Ella solía sentarse cerca de la ventana con las chicas del club de debate y los "alternativos".

Allí estaba. Pero no estaba sola. Estaba discutiendo acaloradamente con una chica de pelo rojo.

Nos acercamos.

—¡Clara! —llamé.

Clara se giró. Su cara era un poema de frustración y alivio al vernos. Se levantó de un salto y vino hacia nosotros, ignorando las miradas de su propia mesa.

—Chicos, menos mal. Os he estado buscando. Tenéis que salir de aquí.

—¿Qué? —pregunté, confundido—. ¿Por qué? Tenemos hambre.

—No entendéis nada —Clara nos empujó hacia la salida, lejos de las orejas curiosas—. Vámonos al patio trasero. Ahora.

Salimos al calor sofocante del mediodía. Nos sentamos bajo la sombra raquítica de un árbol de mango, lejos de la multitud.

—¿Qué pasa, Clara? —preguntó Leo, abrazando sus rodillas—. ¿Por qué Sam no me habla? ¿Por qué nadie nos habla?

Clara suspiró y sacó un paquete de chicles. Nos ofreció uno, pero negamos con la cabeza.

—Es... es una historia, chicos. Una narrativa. Bruno y su pandilla han estado muy ocupados en las redes sociales y en los grupos de WhatsApp del colegio este fin de semana.

—¿Qué han dicho? —pregunté—. ¿Que somos novios? Eso ya lo saben.

—Ojalá fuera eso —Clara negó con la cabeza—. Eso sería fácil. La homofobia es clásica, la sabemos manejar. Esto es diferente. Han mezclado verdades con mentiras muy sucias.

—¿Qué mentiras? —insistí, sintiendo un nudo en el estómago.

Clara me miró a los ojos, dudando.

—Dicen... dicen que te expulsaron de España por tráfico de drogas. Y por agresión sexual.

El mundo se detuvo un segundo. El ruido de los grillos pareció amplificarse.

—¿Qué? —mi voz salió estrangulada.

—Dicen que eres peligroso, Mateo. Que en tu anterior colegio mandaste a un chico al hospital en coma y que vendías pastillas a menores. Y... —miró a Leo con pena—... dicen que Leo es tu... tu camello. O tu víctima. Depende de a quién le preguntes. Dicen que Leo te ayuda a mover cosas a cambio de protección.

Me levanté de un salto, dando una patada al tronco del árbol.

—¡Eso es mentira! ¡Es una puta locura! Me expulsaron por pintar grafitis en la fachada del ayuntamiento y por pelearme con un profesor fascista. ¡Nunca he tocado las drogas! ¡Y nunca he agredido a nadie sexualmente! ¡Dios!

—Yo lo sé, Mateo —dijo Clara con calma—. Y Leo lo sabe. Pero la gente... la gente es estúpida. Y les encanta el drama. Bruno ha sido muy listo. No ha atacado vuestra sexualidad directamente, porque eso podría meterle en problemas con las nuevas normativas de inclusión del colegio. Ha atacado vuestra integridad. Os ha convertido en criminales.

—Por eso Sam me miraba así —murmuró Leo, escondiendo la cara entre las manos—. Sam tiene una beca. No puede relacionarse con... traficantes.

—Exacto —dijo Clara—. Y los profesores... bueno, el rumor ha llegado a la sala de profesores, pero "extraoficialmente". No pueden hacer nada porque no hay pruebas, pero os vigilan. Esperan que cometáis un error.

Me pasé las manos por el pelo, tirando de los rizos con frustración. Esto era peor de lo que pensaba. No era una pelea de patio. Era un asesinato de reputación.

—¿Y qué hacemos? —pregunté, sintiéndome impotente por primera vez—. ¿Cómo luchas contra algo que no existe? No puedo pegar a un rumor.

—No puedes —confirmó Clara—. Tienes que demostrar que es mentira. Con el tiempo. Siendo... perfecto. Sin meterte en líos.

—¿Perfecto? —Me reí con amargura—. Bruno me va a buscar las cosquillas cada cinco minutos. Si respiro fuerte, dirán que estoy drogado. Si le miro mal, dirán que le estoy amenazando.

—Es una trampa —dijo Leo. Levantó la cara. Estaba llorando en silencio, lágrimas gordas rodando por sus mejillas—. Quieren que estalles, Mateo. Quieren que les des la razón. Si le pegas a alguien ahora, confirmas la historia del chico violento. Si te encuentran algo raro en la mochila...

—¿Me van a poner cosas en la mochila? —La paranoia me golpeó.

—Yo revisaría mi taquilla cada hora si fuera tú —aconsejó Clara—. Bruno juega sucio.

Me dejé caer sentado en la hierba seca. Miré el edificio del instituto. Parecía una prisión. Una prisión donde yo era el recluso número uno y Leo mi cómplice involuntario.

—Lo siento, Leo —dije en voz baja—. Te he arrastrado a esto. Antes solo eras el chico raro. Ahora eres el socio del narco.

—No es culpa tuya —dijo Leo, secándose las lágrimas con la manga—. Es culpa de ellos. Pero... Mateo, tengo miedo. Mi madre... si mi madre se entera de estos rumores... en el barrio todo se sabe. Podría perder su trabajo en la panadería si creen que su hijo anda en cosas turbias.

Eso fue el golpe final. La realidad de Leo no era la mía. Si a mí me echaban, mis padres se enfadarían, me mandarían a otro sitio. Si a Leo le manchaban así, destruían la vida de su familia.

—Tenemos que arreglar esto —dije, poniéndome serio—. Clara, ¿tienes el video de la pelea del baño?

—Sí, claro. Lo tengo guardado en la nube y en tres memorias externas.

—Publícalo —ordené.

—¿Qué? —Clara abrió los ojos como platos—. Mateo, si lo publico, nos expulsan a todos. Está prohibido grabar en los baños. Y se ve cómo le rompes la nariz.

—Me da igual. Se ve que ellos empezaron. Se ve que son tres contra uno. Se ve que se ríen mientras nos pegan. Si la gente ve que son unos abusones cobardes, tal vez empiecen a dudar de sus mentiras.

—Es arriesgado —dijo Clara, mordiéndose el labio—. Muy arriesgado. El director podría expulsarte definitivamente.

—Ya estoy condenado, Clara. Al menos quiero llevarme la verdad conmigo.

—No —intervino Leo.

Nos giramos hacia él. Leo se había puesto de pie. Estaba temblando, pero su mandíbula estaba apretada.

—No vamos a publicar el video —dijo Leo con firmeza—. No todavía. Eso sería... sería desesperado. Y no quiero que te expulsen, Mateo. No quiero quedarme solo aquí.

—¿Entonces qué hacemos? ¿Dejamos que nos hundan?

—No —Leo miró hacia el edificio, donde sonaba el timbre de fin del recreo—. Vamos a hacer lo que dijiste en mi habitación. Vamos a hacer que les importe una mierda. Vamos a ir a clase. Vamos a sentarnos juntos. Y no vamos a bajar la cabeza. Si quieren creer que somos criminales, que lo crean. Pero no les vamos a dar el espectáculo de vernos derrotados.

Me quedé mirando a Leo. Había una dignidad nueva en él. Una resistencia silenciosa que era más fuerte que mis ganas de gritar.

—Está bien —accedí—. Lo haremos a tu manera. Resistencia pasiva.

—Por ahora —añadió Clara—. Pero mantendré el video listo. Como botón nuclear.

Volvimos a entrar. El pasillo seguía siendo hostil. Las miradas seguían siendo cuchillos. Al pasar cerca de los baños, vi a Javi.

Estaba solo, bebiendo agua de la fuente. Me vio y se tensó. Esperaba un insulto, un empujón. Esperaba al "Mateo violento" del rumor.

Me detuve frente a él. Javi se limpió la boca, nervioso.

—¿Qué quieres? —preguntó, mirando a los lados buscando refuerzos.

—Nada, Javi —dije con calma, canalizando toda la frialdad que pude—. Solo quería decirte que tienes un poco de sangre de Bruno en la camiseta. Deberías lavarla. Huele a miedo.

Javi se miró la camiseta instintivamente. No había nada, por supuesto.

Le sonreí, le guiñé un ojo a Leo y seguimos caminando.

—Eso ha estado bien —susurró Leo, y vi el fantasma de una sonrisa en sus labios.

—Vamos a sobrevivir a esto, Leo.

Pero la tarde fue larga. Muy larga.

En clase de Química, nadie quiso ser nuestra pareja de laboratorio. Tuvimos que trabajar solos en la mesa del fondo, con los reactivos viejos que nadie quería.

—Cuidado con el ácido, Velázquez —dijo el profesor al pasar por nuestro lado, con un tono de advertencia innecesario—. No queremos... accidentes explosivos.

—Solo estamos haciendo la práctica, profesor —respondí, midiendo el líquido con precisión—. La química no miente. Las personas sí.

El profesor frunció el ceño y siguió caminando.

A la salida, el sol de la tarde caía pesado y naranja sobre la ciudad. Estábamos agotados. Mentalmente exhaustos. Luchar contra el vacío cansa más que correr una maratón.

En la puerta principal, Bruno estaba allí. Sentado sobre el capó del coche de su padre, un sedán negro brillante. Llevaba gafas de sol. Parecía un rey observando sus dominios.

Al vernos salir, se bajó las gafas un poco. Nos miró. Y luego, muy despacio, levantó la mano y nos hizo un pequeño saludo. Un movimiento de dedos burlón. Adiós, perdedores.

Sentí el impulso de correr hacia él. De arrancarle las gafas y hacerle tragar sus mentiras. Mis puños se cerraron solos.

Pero sentí la mano de Leo en mi brazo.

—No —dijo Leo—. Eso es lo que quiere. Mira.

Miré alrededor. Javi estaba grabando con el móvil disimuladamente. Otros chicos miraban expectantes. Estaban esperando el show. Esperaban al monstruo.

Respiré hondo. Solté el aire despacio. Abrí las manos.

—Vámonos a casa, Leo —dije.

Pasamos por delante de Bruno sin detenernos. Sin mirarlo. Le ignoramos con una fuerza de voluntad que me dolió físicamente.

Caminamos dos calles en silencio. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, Leo se detuvo y se apoyó contra una pared, respirando agitadamente, como si hubiera estado conteniendo el aire durante horas.

—Esto va a ser horrible, Mateo —dijo, cerrando los ojos—. Va a ser un infierno. Todos los días.

—Lo sé —admití, apoyándome a su lado—. Pero estamos juntos en el infierno. Y el diablo tiene la nariz rota. Eso cuenta algo, ¿no?

Leo abrió los ojos y me miró. Y en medio de esa calle sucia, con el ruido del tráfico y el peso de las mentiras sobre nuestros hombros, se echó a reír. Una risa nerviosa, histérica, pero real.

—Eres un idiota —dijo.

—Soy tu idiota —respondí.

—Sí... supongo que sí.

—Oye, Leo —me puse serio un momento—. Lo que ha dicho Clara... sobre tu madre y el trabajo. Lo siento. De verdad. No pensé que mi reputación te salpicaría así.

Leo negó con la cabeza.

—Mi madre me cree a mí. Siempre me ha creído. Y si el mundo quiere pensar que soy un criminal por ser tu amigo... pues que se joda el mundo. Prefiero ser un criminal contigo que un santo solo.

Me quedé sin palabras. Ese chico, que temblaba si alguien le levantaba la voz, acababa de decir la cosa más valiente que había oído en años.

—Vamos —dije, empujándole suavemente con el hombro—. Te invito a un helado. De esos de coco que te gustan. Los criminales también comen helado.

Seguimos caminando. La guerra acababa de empezar, y el enemigo tenía las armas nucleares de la mentira y el miedo. Pero nosotros teníamos helado de coco y una verdad que, aunque nadie más la viera, era suficiente para mantenernos de pie. Por ahora.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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