Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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EL PROGRAMA DE TELEVISIÓN – "PIEL, PASIÓN Y PODER"
TRES DÍAS DESPUÉS
Me puse un vestido negro escotado, ajustando los tirantes finos que resaltaban mis hombros, y me preparé para ir al programa. Mirándome al espejo, sonreí – estaba lista para mostrar al mundo lo que éramos capaces de lograr.
Ofelia:
El set de "Moda y Más" brillaba con luces de neón rosa y dorado. Yo me sentaba frente a la conductora, con un muestrario de nuestra piel sintética extendido sobre la mesa – desde tonos tierra hasta vibrantes colores metálicos que parecían cobrar vida bajo las cámaras.
«Ofelia, esta innovación es revolucionaria. ¿Qué la hace tan especial?» preguntó la conductora.
«Es más que tela», respondí, levantando un panel de piel sintética azul marino que brillaba con destellos sutiles, «es un símbolo: como las mujeres, parecemos frágil a simple vista, pero es resistente, adaptable y única. Creé esta fórmula pensando en todas nosotras – en la abuela que teje tradiciones, en la joven que rompe moldes, en la trabajadora que construye sueños. Nos han dicho que somos "demasiado" – demasiado fuertes, demasiado sensibles, demasiado audaces. Pero ese "demasiado" es nuestro superpoder. La piel sintética no se rasga con el esfuerzo, no se decolora con el sol, no pierde su forma cuando la vida nos pone a prueba… igual que nosotras. Las mujeres no somos flores delicadas – somos árboles con raíces profundas y ramas que alcanzan el cielo. ¡Así es como debe ser la moda, así es como debe ser la vida!»
El público estalló en aplausos. En ese momento, la cámara cortó a un plano de Bruno en el backstage, quien acababa de expulsar a Lara de las oficinas de Díaz Fashion Group.
«No hay lugar para traidoras en esta casa», le dijo Bruno, señalando la puerta, «toma tus cosas y no vuelvas a aparecer. Sasha Owen puede estar detrás de ti, pero nunca tendrá el coraje de enfrentarnos cara a cara.»
Lara salió con la cabeza baja, una sombra sin voz ni rostro propio.
En su penthouse de lujo con vistas al mar, Sasha vio la entrevista en una pantalla gigante. Cuando escuchó mis palabras y vio el aplauso del público, su rostro se contorsionó en una mueca de rabia.
«¡Esa perra! ¡Me robó lo que es mío!» gritó, arrojando un jarrón de cristal contra la pared. Su sirvienta, María, se acercó tímidamente para limpiar los restos.
«Señora, quizás deberíamos…» empezó María, pero no llegó a terminar.
«¡Cállate, sirvienta inútil!» gritó Sasha, con los ojos desorbitados, «si no fuera por ustedes todos, ella no habría ganado. ¡Todos están en mí contra!»
Después de su arranque de locura, cogió su teléfono y marcó un número.
«Quiero que encuentren a Ofelia después de su entrevista», dijo con voz rasposa, «la violen, la humillen, la destrocen. No quiero que vuelva a aparecer en la industria. Pagaré lo que sea.»
Salí del estudio solo, dirigiéndome hacia mi auto deportivo negro. Cuando llegué al estacionamiento subterráneo, cinco hombres de aspecto amenazante se acercaron a mí, bloqueando el camino.
«Alguien nos pidió que te diéramos un aviso, cariño», dijo uno de ellos, acercándose con una sonrisa malvada.
Sin decir palabra, saqué el bate de béisbol que guardaba en el portaequipajes – un regalo de Bruno. En segundos, moví el bate con precisión letal: un golpe en la pierna de uno hasta oír el crujido de hueso, otro en la rodilla de otro que la dejó destrozada, un tercero en la cadera de un más alto, hasta que los cinco yacían en el suelo gritando de dolor, algunos inconscientes.
«¿Quién los mandó?» pregunté, pisando con fuerza la pierna rota de uno de ellos, haciendo que él gritara a los cuatro vientos.
«¡Sasha! ¡Fue Sasha Owen!» confesó él, entre jadeos y lágrimas, «ella nos dijo que eras una ladrona y que teníamos que hacerte pagar… ¡pagó 50 mil dólares por esto!»
Grabé su confesión con mi celular, incluyendo el monto y todos los detalles. No llamé a la policía – decidí que la justicia que le daría a Sasha sería mucho más contundente. Me dirigí furiosa hacia la casa de Sasha, apretando el volante hasta que mis nudillos quedaron blancos.
Al llegar, la llamé a gritos desde la puerta, golpeando con el bate contra el hierro forjado.
«¡Sasha! ¡Sal aquí, cobarde de mierda! ¡No te escondas como la rata que eres!»
Ella salió con aire altivo, pero su rostro palideció hasta quedar cianótico al ver mi mirada llena de furia y el bate en mi mano. En un instante, lancé el bate cerca de su pie, rompiendo el adoquín del camino de entrada. Antes que pudiera reaccionar, la agarré con fuerza del pelo, tirándola hacia adelante hasta que sus rodillas golpearon duro contra el suelo.
«¿Te acuerdas que quisiste que me violaran?» le grité a los oídos, mientras la arrastraba por el jardín hasta que su vestido de seda quedó rasgado y sucio de tierra, «¡Ahora vas a pagar por cada una de tus mierdas!»
Le di treinta bofetadas seguidas – cada una más fuerte que la anterior – hasta que su rostro quedó hinchado, morado y ensangrentado por la nariz y los labios rotos. Cuando intentó taparse la cara con las manos, la agarré por los dedos y los doblé hacia atrás con fuerza, escuchando el crujido de cada uno de ellos.
«Tú crees que eres una gata astuta», le dije, sujetándola por el mentón con tanta fuerza que sus mejillas se hundieron, «pero yo soy una pantera que acaba de salir de la jungla. Las panteras no solo tienen garras – tenemos colmillos que pueden desgarrar hasta lo más duro.»
Con mis uñas largas y afiladas, le arañé la cara, el cuello y los brazos, dejando marcas profundas que sangraban profusamente. Cuando ella intentó escapar gateando, la pateé fuerte en el costado, haciendo que se doblegara sobre sí misma gritando de dolor. Pisé su mano derecha con mi tacón de aguja hasta que el hueso de la muñeca se rompió, y luego le aplasté un dedo del pie hasta que quedó irreconocible.
«¡Mira esto, perra!» le grité, acercándole el celular con la grabación, «tus matones ya están en el hospital – no solo les destrozé las piernas, sino que les rompí los dedos de las manos para que nunca más puedan agarrar a una mujer contra su voluntad. Y tú… ¡tú vas a llevar mis marcas para siempre!»
Le arrastré hasta la pileta de su jardín y la sumergí por completo en el agua fría durante varios segundos, sacándola solo cuando ya no aguantara más el aire.
«¡Jajaja!» reí, con voz fría y despiadada, «eres más patética de lo que pensé. ¿Vas a denunciarme? ¡Hazlo! ¡Que todo el mundo sepa que la gran Sasha Owen es una sicópata que contrata matones para atacar a sus rivales! Este audio lo tengo guardado en cinco lugares diferentes – y además tengo los mensajes que te envió Lara contándote cómo robaste los diseños falsos.»
Sasha miraba hacia mí con odio ciego, pero también con miedo – era la primera vez que alguien le daba la vuelta a su juego con tanta crudeza. Me levanté y le di un último puntapie en el estómago antes de irme:
«La basura siempre será basura. Solo eres un desperdicio sucio que acabo de enterrar en tu propio jardín. Y si alguna vez te atreves a meterte conmigo o con los míos de nuevo… ¡te desmembraré pedazo por pedazo y te tiraré al río para que los peces se coman lo que quede de ti!»
En el colegio "El Jardín de las Mariposas", Mateo, Santiago y Valentína – los tres trillizos de 5 años sobrinos de Bruno – estaban causando el caos más divertido en la clase de educación física.
El profesor había puesto una carrera de sacos, pero los pequeños tenían otros planes.
«¡Planeta trillizos en acción!» gritó Valentína, poniéndose una cinta de pelo rosa como "bandera de mando".
«¡Soy un satélite que va a la luna!» gritó Mateo, metiendo el saco en su cabeza como un casco y empezando a dar vueltas en círculo, chocando suavemente contra los otros niños.
«¡Shhhh! ¡El mar está calmado, vamos a la isla del tesoro!» dijo Santiago, decidiendo que los sacos eran "barcos piratas" y empezando a remarlos por el suelo.
Cuando el profesor se volvió para tomar agua, los tres se reunieron en un rincón.
«Vamos, llenemos los sacos de hojas para celebrar a la tía Ofelia», propuso Valentína.
«¡Sí! ¡Será como confeti de fiesta!» dijeron Mateo y Santiago al unísono.
Rápidamente llenaron los sacos con hojas secas que habían recogido en el patio. Cuando empezó la carrera, cada vez que un niño saltaba, las hojas volaban por todos lados como confeti.
«¡Estamos celebrando la victoria de la tía Ofelia!» gritaron los trillizos en coro, mientras toda la clase se reía a carcajadas y las hojas cubrían el suelo de color marrón dorado.
La profesora entró corriendo y se quedó mirándolos, pero incluso ella no pudo contener la risa.
«Vamos, pequeños traviesos», dijo, riendo, «primero limpiamos, y después les cuento a sus padres cómo han convertido la clase en un parque de atracciones.»
palabras de la autora:
¡Madre mía Ofelia es tremenda!
🙏🙏