Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 20
La paciente llegó al final del día, casi junto con la noche. Joven, 24 años, ocho meses de embarazo y un susto que la trajo a la emergencia con fuertes contracciones.
Gabriel estaba de guardia, y Miguel acababa de llegar con café.
—¿Bebé adelantado? —preguntó él, leyendo la ficha.
Gabriel asintió, con una sonrisa discreta.
—María Luísa. Está nerviosa. Primer embarazo.
—¿Vas con ella al parto?
—Ella pidió por mí. Parece que una amiga la recomendó.
¿Y sabes lo que dijo?
Miguel lo miró, curioso.
—“Mi madre me abandonó cuando era pequeña. Quiero a alguien con mirada calmada a mi lado”.
Miguel no respondió de inmediato.
Solo le tomó la mano, allí en el pasillo lleno de voces y olores de hospital.
—Y la tendrá —respondió por fin—. El médico con la mirada más humana de este lugar.
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Horas después, María Luísa apretaba la mano de Gabriel con fuerza, sudada, temblorosa, el rostro tenso.
—Puedes hacerlo, Luísa —decía él, con voz firme—. Estoy aquí. No suelto tu mano.
Y ella lo logró.
Un llanto alto llenó la sala.
Y Gabriel sonrió, incluso con los ojos llorosos.
—Es una niña.
Luísa miró al bebé, y después a él.
—¿Puedo contarte un secreto?
—Claro.
—Su nombre… es Esperanza.
Gabriel tragó saliva.
—Bello nombre.
—Mi madre me dejó. Pero quise darle a mi hija algo que me hiciera creer de nuevo.
Gabriel sonrió con lágrimas en los ojos.
—Ya nació llena de luz.
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Al final de la guardia, Miguel esperaba a Gabriel en la recepción.
Ya era madrugada, y los dos estaban exhaustos.
—¿Cómo fue?
—Nació.
Con nombre y todo: Esperanza.
Miguel lo miró con cariño.
—Nombre fuerte.
—Nombre que carga futuro.
Silencio.
—¿Ya pensaste… en tener hijos?
Miguel parpadeó.
—Pensé. Mucho. Pero creía que era un sueño imposible. O prohibido.
Gabriel miró hacia adelante, el pecho lleno de algo que aún no sabía nombrar.
—Hoy, sosteniendo a esa niña, pensé:
“¿Y si fuera nuestra?”
Miguel sonrió despacio.
—Entonces quizás sea hora de dejar que ese sueño crezca. Con tiempo. Con calma. Pero con verdad.
Gabriel lo encaró.
—¿Crees que podríamos lograrlo?
—Ya sobrevivimos al hospital, al dolor, a la familia, al pasado. Creo que criar a un hijo sería el capítulo más bonito de nuestra historia.
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En esa noche, acostados uno al lado del otro, los dedos entrelazados bajo la sábana, Gabriel susurró:
—Si es niña, quiero que se llame Ana.
Por mi abuela. La única persona de la familia que me amó como era.
Miguel cerró los ojos.
—¿Y si es niño?
Gabriel sonrió.
—¿Qué tal… Lucas?
—Lucas Alecrim. Tiene cara de niño terco.
—Igual a nosotros.
Ellos rieron.
Y en medio de la madrugada, con la ciudad adormecida allá afuera, dos hombres soñaron juntos por primera vez… sin miedo de despertar.
Era sábado, y por primera vez en semanas, Gabriel y Miguel durmieron hasta tarde.
El olor a café invadía el apartamento mientras Miguel freía huevos y canturreaba bajito.
Gabriel surgió en la cocina con el cabello desordenado y un buzo ancho.
—Ya me está gustando este marido de sábado.
—Y a mí este perezoso con cara de domingo —Miguel respondió, riendo.
Tocaron a la puerta.
—¿Quién será? —murmuró Gabriel, frunciendo el ceño.
Abrió.
Era André.
—¿Los desperté?
—No. Solo estábamos… viviendo. —Gabriel sonrió, invitándolo a entrar—. Entra. El café está listo.
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Se sentaron a la mesa.
Miguel sirvió las tazas, y el silencio entre ellos no era incómodo… era solo… lleno de no dichos.
Hasta que André respiró hondo.
—Vine porque… ayer, conversé con nuestros padres. De nuevo.
Gabriel se congeló.
—¿Y?
—Y por primera vez… no discutí. Hablé.
Hablé de ti. Hablé de cuánto has cambiado, de cuánto estás vivo ahora. Y de cuánto Miguel te devolvió la luz que ellos apagaron.
Miguel levantó los ojos, sorprendido.
André continuó.
—No sé si ellos van a cambiar. Pero ellos me escucharon.
Y eso ya es un comienzo.
Gabriel apretó los dedos contra la taza.
—¿Y si es solo eso? ¿Un comienzo que nunca avanza?
—Entonces seguimos andando sin ellos.
Pero con dignidad.
Silencio.
—Hay algo más —dijo André, sacando un sobre del bolsillo.
—¿Qué es eso? —preguntó Miguel.
—Un contacto de una abogada.
Especializada en adopción por parejas homoafectivas.
La conocí en el trabajo, y cuando escuché su nombre… pensé en ustedes.
Gabriel encaró el sobre como si estuviera frente a un espejo.
—¿Esto es real?
—Lo es.
Y si es para que ustedes den ese paso un día… ahora tienen a dónde mirar.
Los ojos de Gabriel se llenaron.
Miguel tomó su mano por debajo de la mesa.
—Ni siquiera sé qué decir —murmuró Gabriel.
—Entonces no digas nada. Solo vive. Y déjame estar a tu lado, esta vez… de verdad.
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Después de que André se fue, el apartamento quedó silencioso. Pero no un silencio vacío. Era lleno. Vivo.
—Una abogada de adopción —dijo Miguel, casi sin creer.
Gabriel miró el sobre en las manos.
—Nunca imaginé tener esto en mis manos.
Ni un novio, mucho menos un amor de esos.
Y ahora… ¿quizás un hijo?
—Podemos comenzar pequeño —sugirió Miguel—. Una visita, una conversación.
Sin prisa.
—Sin miedo —completó Gabriel—. O, al menos, enfrentándolo de la mano.
Miguel sonrió.
—Gabriel Alecrim… ¿tú quieres…?
Gabriel se giró de frente, los ojos brillando.
—Yo quiero. Todo. Tú. La vida. Y un hijo corriendo en ese piso de madera dentro de unos años.
Miguel rió, con la voz entrecortada.
—Entonces está decidido.
Gabriel juntó su frente con la de él.
—Hoy no vencimos al mundo.
Pero vencimos una parte de nosotros.
—Y a veces… es solo eso lo que basta.
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Y mientras el sobre reposaba en la mesa, entre dos tazas y una mañana de decisiones,
el futuro comenzaba a nacer.
Pequeño.
Frágil.
Pero posible.
Porque ahora ellos no solo soñaban con amor.
Ellos construían un hogar.