Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 8
Bárbara
Nunca imaginé que dolería así.
No fue el evento. No fueron las luces ni los flashes ni las sonrisas ensayadas.
Fue verlos juntos.
Alexander no caminaba así conmigo. No colocaba la mano con esa precisión silenciosa. No inclinaba el cuerpo de esa manera sutil, como si estuviera marcando territorio sin necesidad de palabras. Yo había sido un acuerdo. Un accesorio caro. Una extensión conveniente de su imagen.
Luciana Ríos era otra cosa.
Ella no buscaba aprobación. No actuaba fragilidad. Caminaba como si el lugar le perteneciera, como si Alexander fuera una elección… no un premio.
Eso me quemó.
Observé cómo las cámaras los seguían, cómo ella sonreía apenas, segura, cómo él bajaba ligeramente la cabeza para escucharla. Demasiado cerca. Demasiado natural.
Apreté la copa entre mis dedos.
—Míralos —murmuré—. Qué conveniente.
Saqué el teléfono sin pensarlo demasiado y marqué el único número que todavía respondía cuando lo necesitaba.
—Rodrigo —dije apenas contestó—. Necesito que muevas una pieza.
—¿Ahora? —preguntó—. ¿Contra quién?
—Contra ella.
Silencio.
—¿Qué tan peligrosa?
Sonreí. No con alegría. Con rabia.
—Lo suficiente para que Luciana Ríos entienda que no todo se negocia.
Colgué sin despedirme.
Si yo había perdido estatus, alguien más tenía que perder estabilidad.
Alexander
No debí asistir a ese evento.
Lo supe en el instante en que cruzamos la entrada y sentí cómo el ambiente se tensaba. Luciana caminaba a mi lado con una calma peligrosa, su mano enlazada a la mía con una naturalidad que no había ensayado.
No actuaba.
Y eso fue el primer error.
—Relájate —susurró—. Estás demasiado rígido.
—No me gusta improvisar —respondí.
—Entonces deja de mirar como si esperases un ataque.
Intenté hacerlo. No funcionó.
Vi a Bárbara antes de que ella notara que la había visto. La rigidez de su postura. La mandíbula apretada. El brillo equivocado en sus ojos.
Esto no era solo celos.
Era intención.
Cuando un periodista se acercó más de lo debido, reaccioné antes de pensarlo. Rodeé la cintura de Luciana con firmeza. No para la prensa.
Para mí.
Ella alzó la vista, sorprendida apenas un segundo, pero no se apartó, por el contrario puso su mano izquierda, la que lleva el anillo de compromiso, sobre mi pecho.
—¿Todo bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —mentí.
No lo estaba.
Un comentario lanzado con veneno, una insinuación disfrazada de análisis económico, bastaron para tensar algo dentro de mí que llevaba años dormido.
—Nos vamos —dije sin elevar la voz.
Luciana me observó con atención, como si notara el cambio.
En el auto, el silencio se volvió pesado. Demasiado.
—Alexander —dijo finalmente—, ¿de verdad todo está bien?
No respondí de inmediato.
Ella se acercó un poco más, sin invadir. Su mano tocó la mía con suavidad, apenas un gesto, pero consciente. No fue una caricia. Fue una pregunta silenciosa.
La miré.
Sus ojos no buscaban controlarme. Buscaban entender.
Sostuvimos la mirada un segundo más de lo necesario.
—Te noto distinto —añadió—. Más… tenso.
Respiré hondo.
—Alguien está moviendo piezas —dije—. Y no me gusta cuando no puedo anticiparlas.
—¿Tiene nombre?
Asentí apenas.
—Rodrigo Salazar.
Su expresión se endureció.
—Entonces no es solo un juego de poder —dijo.
—Nunca lo fue.
El auto se detuvo. Mi asistente se acercó de inmediato.
—Señor —informó—. Hay movimientos confirmados. Filtraciones cruzadas. Salazar está involucrado.
Luciana no retiró su mano de la mía.
Y fue entonces cuando lo entendí.
No había perdido el control por la prensa.
Ni por Bárbara.
Ni siquiera por Rodrigo.
Lo había perdido porque alguien había cruzado una línea invisible.
Y porque, por primera vez en años, no pensaba en proteger mi imperio… sino a la mujer sentada a mi lado.
Y eso era exactamente lo que mis enemigos iban a intentar usar contra mí.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/