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La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Navira

El silencio en mi alcoba era un refugio frágil. Tras el espectáculo de esta mañana en la habitación de Declan, me había retirado a mis aposentos con la firme intención de no volver a verle la cara hasta que el invierno se derritiera. Me sentía ridícula. Mi corazón todavía latía con una fuerza traidora cada vez que recordaba su voz ronca pidiéndome "incentivos visuales".

—Es un animal —me dije por décima vez, pasando la página de mi libro de historia sin leer una sola palabra—. Un animal con demasiada suerte.

Me acurruqué en el sillón junto al ventanal, envuelta en una manta de lana gruesa. La noche en Vaelkoria era un manto de terciopelo negro salpicado por la nieve que golpeaba suavemente el cristal. Estaba a mitad de un capítulo sobre las antiguas dinastías cuando un crujido sutil en el balcón me hizo tensar los hombros.

No era el viento. El viento no hacía que la madera del marco de la puerta crujiera bajo un peso humano.

Dejé el libro sobre mi regazo, con la mano deslizándose instintivamente hacia la pequeña daga que ahora siempre guardaba bajo el cojín. Mi pulso se aceleró. ¿Un asesino? ¿Un espía del Consejo?

La puerta del balcón se abrió con un gemido metálico, dejando entrar una ráfaga de aire gélido que hizo bailar las llamas de las velas. Y entonces, una figura alta y envuelta en una capa de pieles entró tambaleándose, cerrando la puerta tras de sí con un esfuerzo evidente.

—¿Pero qué demonios…? —me puse de pie de un salto, soltando el libro.

Era él. Declan.

Estaba pálido, más de lo que recordaba esta mañana. No llevaba el uniforme, sino una camisa de lino delgada bajo la capa, y sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y esa terquedad absoluta que me daban ganas de golpearlo.

—Hola, nena —susurró, apoyándose contra la pared. Respiraba con dificultad, y un pequeño rastro de sangre fresca empezaba a manchar la venda blanca de su hombro, visible a través del lino—. No me mires así. El médico dijo que necesitaba aire fresco.

—¡El médico dijo que te quedaras en la maldita cama! —exclamé, corriendo hacia él antes de que terminara de desplomarse en el suelo. Lo sujeté por la cintura, sintiendo el calor abrasador de su cuerpo a través de la camisa—. ¡Eres un demente! ¡¿Cómo has llegado hasta aquí?! El balcón está a tres metros del saliente de la torre.

—Escalé —dijo, soltando una risotada que terminó en un quejido de dolor cuando lo obligué a sentarse en mi cama—. Bueno, técnicamente me arrastré por la cornisa. Mis guardias son muy eficientes, Navira. No me dejaban salir por la puerta.

—¡Porque tienen cerebro, cosa que a ti te falta! —le quité la capa de pieles con movimientos bruscos, furiosa y aterrorizada a partes iguales—. Mira esto… te has abierto los puntos. ¡Eres un animal, Declan! ¡Un animal estúpido y suicida!

—Vine a pedirte perdón —murmuró, observándome mientras yo buscaba frenéticamente el botiquín que guardaba en el tocador. Su mirada era suave, despojada de su habitual arrogancia por un momento—. Te fuiste muy enojada esta mañana. No podía dormir pensando que estabas aquí sola, odiándome más de lo habitual.

—Te odio lo suficiente como para dejar que te desangres aquí mismo —le espeté, regresando a su lado con vendas y alcohol. Me arrodillé frente a él en la cama, obligándolo a enderezarse—. Quítate la camisa. Ahora.

Declan sonrió, aunque sus labios estaban blancos.

—¿Ves? Al final has conseguido lo que querías. Me estoy quitando la ropa para ti de nuevo.

—¡Cállate la boca antes de que te cosa los labios también! —lo fulminé con la mirada, pero mis manos temblaban mientras desabrochaba los botones.

Al exponer su hombro, vi que el esfuerzo de escalar por la fachada de piedra había desgarrado la piel. Limpié la sangre con manos que intentaban ser firmes pero que fallaban miserablemente. Estaba tan cerca de él que podía sentir el aroma de su piel, ese olor a bosque y acero, mezclado con el olor metálico de la sangre.

—Me duele, Navira —dijo, y esta vez no era el chantaje emocional de la mañana. Su voz era pequeña, cansada—. De verdad me duele.

—Te lo mereces —respondí, aunque mi voz se quebró un poco—. Me asustaste, Declan. ¿Qué habría pasado si te hubieras caído? ¿Qué se supone que iba a hacer yo, ver tu cuerpo destrozado sobre la nieve desde mi ventana?

Él estiró su mano sana y me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos claros estaban fijos en los míos, cargados de una verdad que ya no podía negar con burlas.

—Habrías bajado corriendo para insultar a mi cadáver, supongo —bromeó a medias—. Pero no podía quedarme allí. Necesitaba verte. Necesitaba saber que seguías siendo mi pequeña rebelde, y no una de esas damas de la corte que me miran con miedo.

—No te tengo miedo, Declan —le dije, terminando de limpiar la herida.

—Lo sé. Es lo que más me gusta de ti. Eres la única persona en Vaelkoria que me trata como a un hombre común, y no como a un monstruo. Aunque… —hizo una pausa, y esa chispa de malicia regresó a sus ojos—, sigo pensando que ese "incentivo" que te pedí me ayudaría mucho con la cicatrización. Es ciencia, nena.

Le di un tirón al vendaje con saña, haciéndolo sisear de dolor.

—¡Eres incorregible! ¡Acabas de escalar una torre con un tajo en el hombro y sigues pensando en mis pechos! ¡Jódete, Declan!

—Es que son unos pechos muy inspiradores —se rió, recostándose contra mis almohadas con una confianza que me ponía enferma—. Vamos, Navira. Admítelo. Te mueres de ganas de que me quede aquí. Hace frío fuera, y tu cama parece mucho más cálida que la mía.

—Te vas a ir ahora mismo por donde viniste —dije, aunque sabía que era imposible. No podía dejar que volviera a salir al balcón en ese estado—. O mejor aún, voy a llamar a Kael para que te lleve a rastras.

—Si llamas a Kael, tendrá que arrestarme por conducta indecorosa en la habitación de una dama. ¿Quieres que el Comandante Supremo sea el hazmerreír de la Ciudadela? —puso su cara de "víctima" de nuevo, esa que yo ya conocía bien—. Tengo mareos, Navira. Creo que me voy a desmayar.

—¡Miro a los ojos a la muerte todos los días y tú eres el único que me hace querer rendirme! —exclamé, dejándome caer en el borde de la cama, derrotada—. Te vas a quedar. Pero te vas a quedar quieto, callado y en ese lado de la cama. Si intentas algo, te juro que la daga de cristal no va a fallar.

Declan se acomodó entre mis sábanas con un suspiro de pura satisfacción, cerrando los ojos.

—Eres un ángel, Navira. Un ángel con una boca de cloaca y un genio de mil demonios, pero mi ángel al fin y al cabo.

Me quedé allí, mirándolo. Su respiración se volvió lenta y profunda. Estaba agotado. Realmente había arriesgado su vida solo para escabullirse en mi alcoba y seguir provocándome. Una parte de mí quería gritar, pero la otra… la otra sentía un calor extraño que se extendía desde mi pecho hasta la punta de mis dedos.

Me acosté a su lado, manteniendo una distancia prudencial, pero en la oscuridad de la habitación, el espacio entre nosotros parecía vibrar.

—Navira… —murmuró él, sin abrir los ojos.

—¿Qué quieres ahora, animal?

—Gracias por no dejarme caer.

Me quedé en silencio, mirando al techo. Las sombras de la nieve bailaban en las paredes.

—Cierra la boca y duerme, Declan. Mañana tengo que ver cómo te saco de aquí sin que el reino entero piense que hemos pasado la noche planeando tu próximo edicto… o algo peor.

—Oh, planearemos cosas peores, primor —susurró él con una sonrisa perezosa antes de quedarse dormido—. Te lo prometo.

Cerré los ojos, sintiendo el ritmo de su respiración calmada. Estaba en mi cama. El Comandante Supremo de Vaelkoria estaba durmiendo en mi alcoba, herido y vulnerable, porque no podía soportar estar lejos de mí.

Lo odiaba. Realmente lo odiaba por hacerme sentir que este lugar, este reino de hierro y sangre, empezaba a sentirse como un hogar solo porque él estaba en él. Pero mientras el sueño me vencía, no pude evitar acercarme un centímetro más hacia su calor, pensando que, después de todo, la geografía y la política podían esperar.

La guerra entre nosotros, sin embargo, estaba lejos de terminar. Y yo empezaba a sospechar que la rendición iba a ser la batalla más dulce de todas.

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Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
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