Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 4: La ciudad donde nadie conoce su nombre
El olor a humo, pan recién horneado y metal caliente golpeó los sentidos de Aelion antes incluso de que pudiera ver la ciudad.
Se detuvo en lo alto de una colina baja, apoyando una mano contra el tronco de un árbol para recuperar el aliento. Su cuerpo aún era débil; cada paso le recordaba los años de hambre, frío y encierro. Frente a él, protegida por murallas de piedra gris, se extendía una ciudad pequeña pero viva. Carros entrando y saliendo, comerciantes alzando la voz, el murmullo constante de personas que seguían con sus vidas sin saber nada de la suya.
—Una ciudad… —susurró, casi con miedo de que fuera una ilusión.
El lobo plateado se detuvo a su lado. Su pelaje reflejaba la luz como si no perteneciera del todo a este mundo. Aelion lo miró, y por primera vez desde su huida, una emoción cálida le apretó el pecho.
—Gracias… —dijo con voz quebrada—. Si no fuera por ti…
El lobo lo observó en silencio. No hubo palabras, solo una mirada profunda, antigua. Luego, dio media vuelta y se internó entre los árboles, desapareciendo sin hacer ruido.
Aelion permaneció allí varios segundos, con la sensación de haber sido abandonado y protegido al mismo tiempo.
—Prometo vivir —murmuró—. Aunque no sepa cómo.
Respiró hondo y comenzó a descender hacia la ciudad.
Entrar no fue tan sencillo como imaginó.
Un omega solo llamaba demasiado la atención, sobre todo uno con cabello blanco como la nieve y rasgos delicados. Aelion bajó la cabeza, cubrió parte de su rostro con la capucha gastada y trató de imitar el paso despreocupado de otros viajeros.
—¿Nombre? —preguntó el guardia sin mirarlo.
El corazón de Aelion dio un salto.
Por un instante, sintió que si decía su verdadero nombre, todo se derrumbaría. La torre, el hambre, la muerte escrita.
—Elion —respondió finalmente.
Un nombre simple. Seguro. Un nombre que no pertenecía a nadie importante.
El guardia asintió y lo dejó pasar.
Aelion cruzó la puerta sin mirar atrás.
Dentro, el mundo parecía… real. Demasiado real. Mercaderes ofrecían piedras mágicas y brebajes de alquimia. Un herrero discutía con un alquimista sobre la fusión correcta de acero y runas. Niños corrían riendo, persiguiendo pequeñas criaturas luminosas que flotaban en el aire como luciérnagas encantadas.
La magia aquí no era miedo. Era vida.
Aelion sintió que los ojos se le humedecían.
—Así que este es el mundo… —susurró.
Consiguió trabajo en una posada pequeña, cercana al mercado. El dueño, un beta robusto de barba espesa, lo observó de arriba abajo.
—No preguntas, no problemas —dijo—. Limpias mesas, ayudas en la cocina y comes.
Aelion inclinó la cabeza profundamente.
—Gracias.
No pidió más.
Esa noche, se sentó en un rincón de la cocina con un plato caliente entre las manos. El vapor le nubló la vista. Al primer bocado, su cuerpo tembló. No recordaba cuándo había comido así por última vez.
Lloró en silencio, con los hombros encogidos, como si aún temiera ser castigado por ello.
Los días siguientes pasaron lentos, pero seguros.
Aelion aprendió los ritmos de la ciudad: los horarios del mercado, las patrullas, las zonas donde los rumores viajaban más rápido. Escuchaba más de lo que hablaba. Sonreía poco, pero ya no temblaba al dormir.
Sin embargo, algo dentro de él no encontraba descanso.
Por las noches, soñaba con la torre. Con la cadena. Con una figura alta observándolo desde la sombra.
Y a veces… con el niño de ojos negros que lo había abrazado una vez, prometiéndole que todo estaría bien.
—¿Quién eres ahora…? —susurró una madrugada.
No sabía que esa pregunta pronto tendría respuesta.
Muy lejos de allí, en una torre muy distinta —lujosa, iluminada y cubierta de tapices—, el Duque Vhalderion Morthaine observaba el suelo vacío.
La cadena rota colgaba aún del muro.
—Desapareció… —murmuró.
Su rostro, siempre controlado, se tensó. La calma se quebró como cristal fino.
—Registren cada bosque. Cada ciudad. Cada posada —ordenó—. Que nadie lo note.
Uno de los sirvientes tragó saliva.
—¿Y si… el omega habla?
Vhalderion sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—Entonces no habrá lugar donde esconderse.
Apretó el puño con fuerza.
—El emperador no debe enterarse. Jamás.
Esa misma noche, Aelion despertó sobresaltado.
El aire se sentía pesado.
No era un sonido. No era un olor.
Era una certeza.
Alguien…
lo estaba buscando.
Y esta vez, huir no sería tan fácil.