Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 7: El Tablero de Julian
La mañana se presenta con una claridad implacable. Benerice se viste con un traje de chaqueta azul pálido, tratando de proyectar una seguridad que no siente. Sus manos tiemblan ligeramente mientras se coloca unos pequeños pendientes de perla. La orden de Julian de desayunar con él resuena en su mente como un eco ineludible.
Al bajar al comedor, el escenario es diferente al de otros días. Julian no está revisando su tableta ni leyendo informes financieros. Está sentado a la cabecera, con la espalda recta, observando el ventanal que da al jardín. Ante él, un desayuno continental perfecto.
Cuando Benerice entra, él desplaza su mirada hacia ella. La recorre con esa inteligencia calculadora que la hace sentir desnuda, pero esta vez hay un destello de aprobación casi imperceptible en la comisura de sus labios.
—Puntual. Es un buen comienzo —dice él, señalando la silla a su derecha con un gesto de su mano varonil.
Benerice se sienta, manteniendo la espalda rígida. El silencio se prolonga mientras Martha sirve el café. Julian espera a que la empleada se retire para hablar.
—He estado pensando en tu futuro, Benerice —empieza, su voz barítona llenando el espacio con autoridad—. Tu padre tiene razón en algo: el estancamiento es el primer paso hacia la irrelevancia. Pero se equivoca en el lugar. No irás a Londres. Te quedarás aquí, bajo mi supervisión.
Benerice aprieta su servilleta debajo de la mesa.
—¿Bajo tu supervisión? —susurra asustada.
—A partir de mañana, ocuparás un despacho en la sede central de mi firma. No como una Moretti decorativa, sino como la nueva responsable de bienestar corporativo —Julian toma un sorbo de café, ignorando la expresión de pánico de su esposa—. Es un área que combina tu formación en Recursos Humanos con esa extraña sensibilidad que tienes. Quiero un proyecto de mejora del clima laboral en la mesa de mi despacho para el final del mes.
—Julian, yo… no sé si puedo hacerlo. La gente allí me mira… saben quién soy —dice ella, con la voz quebrada.
Julian deja la taza y se inclina hacia ella, invadiendo su espacio personal. Su mirada es demandante, inteligente y amargada.
—Te miran porque tú te escondes, Benerice. Te miran porque dejas que el fantasma de Isabella camine delante de ti. En mi empresa, nadie te mirará así, porque yo estaré allí. Pero tú tienes que darme algo con lo que trabajar.
Benerice baja la mirada, sintiendo el peso de la exigencia.
—¿Por qué haces esto? —se atreve a preguntar—. Podrías simplemente ignorarme, como has hecho todo este año.
Julian suelta una risa corta y seca, un sonido carente de alegría.
—Porque eres mi esposa. Y porque anoche, en la gala, me di cuenta de que si no te obligo a salir a la superficie, terminarás ahogándote en la harina de esa cocina. Considera esto una prueba, Benerice. Si fallas, entonces quizás Londres sea tu único destino.
...Un recuerdo asalta a Benerice en medio de la tensión. Recuerda una tarde de adolescencia en la que intentó aprender a jugar al ajedrez con Julian y su padre. Ella se sentía abrumada por las reglas, por el miedo a perder una pieza. Julian, viéndola dudar, se inclinó y le susurró: "No juegues para no perder, Benerice. Juega para obligarlos a reaccionar". En aquel entonces, su tono había sido pícaro, casi alentador....
Ahora, él ha movido su pieza y ella no tiene más remedio que reaccionar.
—Está bien —responde ella, su voz ganando una pizca de firmeza que lo sorprende—. Acepto el puesto. Pero quiero una condición.
Julian arquea una ceja, intrigado por su repentina valentía.
—¿Una condición? Eres audaz hoy. Dime.
—Quiero permiso oficial para usar la cocina de casa. Sin secretos. Sin que Martha me vigile como a una criminal —Benerice sostiene la mirada de Julian por primera vez en mucho tiempo.
Julian la observa en silencio, calculando el valor de la concesión. Un destello de esa masculinidad dominante y pícara aparece en su rostro.
—Trato hecho. Siempre y cuando tus experimentos no afecten tu rendimiento en la oficina. Y Benerice… —él se levanta, ajustándose la chaqueta del traje—. Asegúrate de que esas trufas de anoche no hayan sido una excepción. Mi despacho siempre está abierto para el buen chocolate.
Él sale del comedor con paso firme, dejándola con el corazón latiendo a mil por hora. Julian es un hombre solitario y amargado, pero también es el único que parece estar dispuesto a sacarla del abismo de su propia timidez, aunque sea a empujones.
Benerice se queda sola ante su café, sintiendo que, por primera vez en un año, el tablero de su vida ha empezado a moverse. Mañana entrará en el imperio de Julian Blackwood, no como una sombra, sino como una mujer que tiene un proyecto que cumplir y una cocina que reclamar.