Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAPÍTULO 4 De cómo me convertí en el "Canelo" de la fantasía (y casi muero en el
Dicen que el miedo no anda en burro, pero en mi caso, el miedo andaba en unos Converse sucios y tenía muchas ganas de salir corriendo. Sin embargo, mi boca —que a veces funciona más rápido que mi cerebro— ya había cobrado el cheque, así que mi cuerpo tenía que pagarlo.
El elfo rubio, al que bauticé mentalmente como "Legolas de Polanco", no esperó a que sonara la campana. Se lanzó sobre mí con una velocidad que se vio borrosa.
Mi cerebro gritó: ¡Cúbrete, imbécil!
Y entonces, sucedió el milagro. No sé si fue la adrenalina, el instinto de supervivencia o esos dos meses que pagué de la promoción "Paga 1, entran 2" de Muay Thai en un gimnasio de la colonia Roma (al que solo fui para impresionar a Diana), pero mi cuerpo reaccionó.
Cuando el puño del elfo iba directo a mi nariz, hice un movimiento de cintura torpe pero efectivo y el golpe pasó zumbando. Aproveché el impulso, giré y solté un ¡toma chango tu banana!, conectándole un derechazo en la oreja.
El elfo trastabilló. La taberna entera contuvo el aliento.
—¡A huevo! —grité, sorprendido de mi propio éxito—. ¡Tengo los puños de la justicia!
Pero la alegría duró poco. Los dos amigos del elfo se unieron a la fiesta y, de repente, aquello se volvió una batalla campal. Kaia, por su parte, no estaba peleando; estaba haciendo arte abstracto con las caras de los elfos. Se movía como agua, esquivando golpes y respondiendo con codazos secos y precisos que sonaban crac, crac, crac. En menos de diez segundos, ya había dejado a uno durmiendo sobre la barra.
La cosa se puso fea cuando la clientela decidió que era buen momento para sacar sus frustraciones. Un enano le rompió una jarra a un hombre-árbol, y se armó la gorda. Sillas volando, mesas rotas y Trixie, el hada borracha, volando en círculos gritando: "¡Sangre! ¡Quiero ver dientes volar!".
Yo estaba ocupado tratando de que Legolas no me desfigurara el rostro. El tipo se recuperó de mi golpe de suerte y empezó a usarme de costal de boxeo. Me metió un gancho al hígado que me sacó el aire y las ganas de vivir. Caí de rodillas, boqueando como pez fuera del agua.
—Te lo dije, humano —siseó el elfo, preparándose para darme una patada final que seguramente me reiniciaría el Windows—. Eres basura.
Cerré los ojos esperando el impacto.
Pero nunca llegó.
—¡¡Nadie toca a mi mula de carga!! —se escuchó un chillido agudo.
Abrí un ojo. Ringo, el changuito, había saltado desde una viga del techo. En el aire, agarró un taburete de madera maciza y, con una fuerza que desafiaba las leyes de la física y la biología, se lo reventó en la espalda al elfo.
¡CRAAAAACK!
El elfo puso los ojos en blanco, se puso rígido como tabla y cayó de cara al suelo, noqueado.
Ringo aterrizó sobre el cuerpo inerte, se golpeó el pecho y aulló.
—¡Esto es por los chicles, oxigenado! —Luego miró a otro elfo que se acercaba y le lanzó una botella vacía a la cabeza con una puntería letal—. ¡Tengan para que aprendan! ¡Artes marciales simias, cabrones!
Me levanté a duras penas, sobandome las costillas.
—Gracias, Ringo —jadeé—. Me salvaste el pellejo.
—Cállate y levántate, flan —dijo el mono, jadeando—. No voy a cargar tu cadáver hasta la salida. Pesas mucho.
La pelea terminó tan rápido como empezó. Kaia había neutralizado a los otros dos elfos (básicamente los apiló uno encima del otro como ropa sucia) y el resto de la taberna se calmó al ver que los "nobles" estaban besando el suelo.
Quedamos de pie en medio del desastre: yo con un ojo morado, Kaia impecable (ni un pelo fuera de lugar, la muy maldita) y Ringo revisando los bolsillos de los elfos noqueados.
—¡Lárguense! —gritó alguien desde la cocina.
Pensé: "Ya valió. Nos van a correr y nos van a cobrar los daños".
Pero salió una mujer. Era anciana, pero no se veía vieja por las arrugas, sino antigua, como una piedra de río erosionada. Su piel tenía un tono azul verdoso pálido y su cabello parecía hecho de algas marinas húmedas que goteaban constantemente sobre sus hombros, pero el agua desaparecía antes de tocar el suelo.
Era una Ninfa del Agua, la dueña del lugar.
Se acercó a nosotros con paso firme, mirando el desastre. Miró a los elfos tirados. Miró la silla rota. Me miró a mí.
Y sonrió. Una sonrisa llena de dientes afilados como de piraña.
—¡Por fin! —exclamó la anciana, aplaudiendo con manos palmeadas—. ¡Llevaba meses queriendo echar a estos estirados de mi negocio! Siempre pidiendo "vino de luna importado" y quejándose de que el estofado huele a pantano. ¡Pues claro que huele a pantano, es mi receta familiar!
Nos quedamos parados, confundidos.
—¿No... no está enojada? —pregunté, tocándome el ojo hinchado.
—¿Enojada? —La anciana soltó una carcajada que sonó como agua burbujeante—. ¡Me han alegrado la semana, muchacho! Soy Nereida. Y la casa invita la primera ronda y el postre. ¡Siéntense, por el amor de los dioses!
Nos llevaron (o más bien nos empujaron) a una mesa limpia. Unos minutos después, se acercó alguien que me hizo olvidar momentáneamente que me dolía todo el cuerpo.
Era la hija de Nereida. Si la madre era un río antiguo, la hija era un manantial cristalino. Tenía la piel de un azul celeste brillante, el cabello líquido que fluía como una cascada viva y unos ojos grandes y oscuros que parecían pozos profundos. Olía a lluvia fresca y a flores de loto.
—Hola —dijo con una voz que sonó como música—. Mi madre dice que ustedes son los "limpiadores de basura". Soy Marina.
Me quedé mudo. Mi cerebro de hombre básico intentó procesar tanta belleza y falló.
—Ho-hola —tartamudeé, intentando alisarme el cabello despeinado—. Soy Alejandro. Él es Ringo, el mono psicópata, y ella es Kaia, la... eh... la gerente de seguridad.
Ringo, que estaba contando las monedas que le había robado a los elfos, levantó la vista.
—Cierra la boca, se te va a caer la baba en la mesa, Romeo.
Marina se rio y se sentó con nosotros. Nos trajo más estofado y un pay que olía a frutos rojos.
—Hicieron un buen trabajo —dijo Marina, sirviéndome agua en un vaso de barro—. Esos elfos creen que son dueños de Villa Raíz. Nadie se atreve a tocarlos. Tienes agallas, humano. O estás muy loco.
—Un poco de ambas —dijo Kaia, tomando un trago largo de su cerveza—. Alejandro tiene el instinto de supervivencia de una roca, pero hoy... hoy no fue tan inútil.
Miré a Kaia sorprendido. ¿Eso había sido un cumplido?
—Gracias... creo.
La cena transcurrió entre risas (principalmente de Marina y Ringo burlándose de mi técnica de pelea). Pero conforme la noche avanzaba y la taberna se vaciaba, el ambiente se volvió más tranquilo. Ringo se quedó dormido sobre la mesa, abrazando un salero, y Marina se fue a ayudar a su madre.
Nos quedamos Kaia y yo solos en la mesa, con la luz tenue de los faroles mágicos.
Me toqué el ojo morado, que ya empezaba a latir con fuerza.
—Te va a quedar una marca fea —dijo Kaia, rompiendo el silencio.
—Gajes del oficio de héroe accidental —bromeé, aunque hice una mueca de dolor—. Oye, Kaia... en serio, gracias. Si no fuera por ti, probablemente ahora sería tapete de elfo.
Kaia giró su vaso entre sus dedos callosos. Me miró, y por primera vez, no sentí esa barrera de hielo entre los dos.
—Te defendiste bien —admitió en voz baja—. Tu técnica es horrible, pareces un espantapájaros teniendo un ataque, pero no retrocediste. La mayoría de los hombres que conocí en la capital hubieran corrido al ver a tres elfos armados.
—Bueno, correr es mi especialidad —dije, encogiéndome de hombros—. Pero supongo que me cansé de correr. Ya corrí demasiado en mi mundo. De mis problemas, de mi ex... del perro del vecino.
Ella me sostuvo la mirada. Había algo en sus ojos ámbar, una curiosidad genuina.
—Ese mundo tuyo... la "Narvarte"... ¿es muy diferente a esto?
—Completamente —suspiré, mirando por la ventana redonda—. Allá no hay magia. No hay hadas borrachas ni ninfas guapas. Pero hay tacos al pastor. Y hay metro. Y hay... ruido. Mucho ruido. Aquí, a pesar de que casi me matan tres veces al día, hay algo... no sé. Algo real.
—Lo real duele —dijo Kaia, señalando mi ojo.
—Sí, pero al menos sabes que estás vivo —contesté.
Hubo un momento de silencio cómodo, como cuando la cuerda se afloja y deja de estrangularte.
—Eres raro, Alejandro —dijo ella finalmente, levantándose—. Vamos a dormir. Mañana tenemos que ver al Sabio del Pueblo para ver qué hacemos con tu libro. Y descansa, porque si roncas, te tiro al río con las ninfas.
—Entendido, jefa. Cero ronquidos.
La vi subir las escaleras hacia las habitaciones. Me quedé un momento más ahí, sobándome el golpe, con el chango roncando a mi lado.
Me dolía el cuerpo, apestaba a pantano y estaba a millones de kilómetros de casa.
Pero mientras recordaba cómo le rompí la cara al elfo rubio, no pude evitar sonreír.
Tal vez, solo tal vez, el chilango estaba empezando a adaptarse a la tierra salvaje.
—Ay, nanita —susurré, despertando a Ringo para subir—. Vámonos, campeón. Mañana será otro día para no morir.