"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 1
El sonido de la tierra golpeando la madera es algo que nunca te abandona. No es un estruendo, ni siquiera un golpe seco; es un susurro sordo, rítmico, el sonido definitivo de un "adiós" que no pediste y para el que nadie te prepara a los diecinueve años. Dicen que el duelo es un proceso, pero para mí fue una amputación. Un martes cualquiera, un semáforo en rojo que alguien no respetó, y de repente, mi universo se redujo a una caja de roble y un silencio que quemaba los oídos.
Sofía, mi mejor amiga desde que usábamos trenzas y rodilleras, no soltó mi mano en todo el funeral. Su mano estaba cálida, la mía era un trozo de hielo. A nuestro alrededor, el resto del mundo seguía girando con una indiferencia insultante. El viento movía las hojas de los cipreses, alguien tosía a lo lejos, y el sacerdote recitaba palabras sobre la vida eterna que a mí me sonaban a ceniza. Mis padres no estaban en el cielo; estaban en ese agujero, y yo me sentía como si una parte de mis pulmones se hubiera quedado allí abajo con ellos.
—Vienes con nosotros, Elena. No hay discusión —me había dicho la señora Martínez esa misma mañana, mientras me ayudaba a abrocharme el vestido negro que me quedaba grande de pura tristeza.
No fue una invitación, fue un rescate. Mi casa, la que había sido mi refugio, era ahora un museo de ausencias: el cepillo de dientes de mi madre todavía húmedo, la chaqueta de mi padre colgada en el perchero, el olor a café que nadie volvería a preparar. Aceptar irme a vivir con los Martínez no era solo una necesidad logística; era una huida desesperada de los fantasmas que me acechaban en cada esquina de mi propia vida.
El trayecto en el coche fue un borrón de árboles, semáforos y calles que conocía de memoria pero que ahora me parecían extrañas, como si las estuviera viendo a través de un cristal empañado. Yo iba en el asiento trasero con Sofía, apoyando mi cabeza en su hombro. Ella no decía nada, y se lo agradecía. Sabía que cualquier palabra de consuelo se rompería antes de llegar a mis oídos.
Cuando el coche se detuvo frente a la casa de los Martínez, un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de otoño me recorrió la espina dorsal. Conocía esta casa. Había pasado veranos enteros aquí, saltando en el jardín y escondiéndome en el ático. Pero hoy, la estructura de ladrillo y hiedra se sentía diferente. Se sentía como el escenario de mi nueva e incierta realidad.
—Llegamos, cariño —murmuró el señor Martínez, apagando el motor.
Bajé del coche con las piernas temblorosas. Mis pertenencias cabían en dos maletas grandes y una mochila; una vida entera resumida en cremalleras y tela. Caminamos hacia la entrada, y fue entonces cuando el aire se me escapó de los pulmones por una razón que no tenía nada que ver con el luto.
Julián estaba apoyado en el marco de la puerta.
Hacía casi cinco años que no lo veía de cerca. Para mí, Julián siempre había sido una figura mítica: el hermano mayor de Sofía que se fue a estudiar arquitectura a otra ciudad, el chico que me ayudaba con las fracciones cuando yo tenía diez años y él quince, el protagonista absoluto de mis diarios secretos de adolescente. En mi mente, él seguía siendo ese chico flaco de rodillas huesudas y sonrisa burlona. Pero el hombre que me miraba desde el umbral era una versión corregida y aumentada de mis fantasías más profundas.
Había crecido. Sus hombros se habían ensanchado, llenando la camiseta negra que vestía con una autoridad que me hizo sentir pequeña. Su mandíbula, antes suave, estaba ahora marcada por una barba de varios días, perfectamente descuidada. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos. Eran oscuros, como pozos de agua profunda, y en ese momento estaban cargados de una mezcla de piedad y algo más... algo que me hizo arder la piel a pesar del frío.
—Siento mucho tu pérdida, Elena —dijo él.
Su voz había bajado un octavo desde la última vez que la escuché. Era una voz de barítono, profunda, que parecía vibrar directamente en mi pecho. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre nosotros, y me rodeó con sus brazos.
Fue un abrazo de pésame, se suponía. Pero para mí fue una explosión sensorial. Mi cara quedó hundida en el hueco de su cuello, y el aroma me golpeó como una ola: madera, sándalo y ese olor limpio a piel de hombre que nunca había experimentado tan de cerca. Mis manos, de forma instintiva, se aferraron a su espalda, sintiendo los músculos firmes bajo la tela de su camiseta. Por un segundo asqueroso y maravilloso a la vez, el dolor por mis padres retrocedió un centímetro, eclipsado por el chispazo de electricidad que me recorrió el vientre.
Sentí una culpa inmediata, corrosiva. ¿Cómo puedes estar sintiendo esto hoy?, me recriminé. Mis padres estaban bajo tierra y yo estaba contando los latidos del corazón del hombre que siempre había sido mi fruto prohibido.
—Gracias, Julián —susurré, con la voz quebrada.
Él no me soltó de inmediato. Sus manos bajaron por mis brazos con una lentitud que no parecía accidental, acariciando la piel de mis hombros antes de apartarse. Sus ojos bajaron a mis labios un microsegundo —o quizás fue mi imaginación alimentada por años de deseo contenido— antes de volver a encontrarse con los míos, que estaban empañados por las lágrimas.
—Estamos aquí para lo que necesites —añadió, y su tono tenía una seguridad que me hizo sentir protegida, pero también peligrosamente expuesta. Él sabía que yo lo miraba. Lo había sabido siempre, incluso cuando yo era solo la "niñita amiga de su hermana".
Entramos en la casa y el caos de la mudanza comenzó. Los Martínez se desvivieron por hacerme sentir cómoda. Me instalaron en la habitación de invitados, una estancia luminosa con paredes de color crema y una ventana que daba al jardín trasero. Pero había un detalle que hacía que mi pulso no bajara de las cien pulsaciones por minuto: la habitación estaba justo al lado de la de Julián. Compartíamos la misma pared. Compartíamos el mismo pasillo.
Sofía me ayudó a sacar la ropa de las maletas. Hablábamos de cosas triviales, tratando de evitar el elefante en la habitación: el hecho de que mi vida anterior se había desintegrado.
—Mi hermano se queda un par de meses mientras termina un proyecto del estudio —me comentó ella mientras doblaba una de mis sudaderas—. Espero que no te moleste, ya sabes que a veces pone la música alta, pero si te fastidia, solo dale un golpe a la pared. Su cama está justo al otro lado de la tuya.
Tragué saliva. Su cama está justo al otro lado de la tuya. Esa frase se quedó grabada en mi mente como una marca a fuego.
—No te preocupes, Sofi. No creo que me moleste —dije, tratando de que mi voz sonara normal, aunque sentía que el corazón me iba a salir por la boca.
Cuando cayó la noche, la casa se sumergió en ese silencio denso de las afueras. Me puse un camisón de seda negro, uno que mi madre me había regalado por mi cumpleaños y que ahora se sentía como un uniforme de luto. Me metí entre las sábanas frías, pero el sueño no venía. Cada vez que cerraba los ojos, veía las luces del coche, oía el estallido del cristal, y luego... la cara de Julián.
Me sentía como una traidora. El luto debería ser un espacio sagrado, un tiempo de purificación y tristeza pura. Sin embargo, mi mente era un campo de batalla. Por un lado, la desolación de ser huérfana; por el otro, la adrenalina de saber que a menos de tres metros de distancia, Julián estaba durmiendo. O quizás estaba despierto.
De repente, oí un sonido. Un crujido en el pasillo, seguido de un golpe suave en mi puerta.
—¿Elena? ¿Estás despierta?
Era él. Su voz era apenas un susurro, pero en el silencio de la noche sonó como un trueno. Me incorporé en la cama, el corazón martilleando contra mis costillas.
—Sí, pasa —dije, con la voz ronca de tanto llorar... y de no hablar.
La puerta se abrió lentamente y la luz tenue del pasillo dibujó su silueta. No llevaba camiseta, solo unos pantalones de pijama de cuadros que colgaban bajos de su cadera. La luz perfilaba sus abdominales, el vello que bajaba hacia su ombligo y la fuerza de sus brazos. Me quedé sin respiración. Era la fantasía cobrando vida en el momento más inoportuno de mi existencia.
—Te he oído dar vueltas —dijo, entrando un par de pasos en la habitación. No encendió la luz, lo cual agradecí y temí al mismo tiempo—. Sé que las primeras noches son las peores. He pensado que quizás... bueno, te he traído un vaso de agua y algo para dormir, si quieres.
Se acercó a la mesita de noche y dejó el vaso. Al hacerlo, se sentó un momento en el borde del colchón. El peso de su cuerpo hizo que el mío se inclinara ligeramente hacia él. Podía sentir el calor que emanaba de su piel.
—Gracias, Julián. No tenías que molestarte.
—No es molestia —respondió, y en la oscuridad, su mirada parecía devorarme—. Elena, sé que soy el hermano de tu mejor amiga. Sé que nos llevamos cinco años. Y sé por lo que estás pasando. Pero quiero que sepas que en esta casa no estás sola. Nunca vas a estar sola si yo puedo evitarlo.
Extendió la mano y, por un instante que pareció durar una eternidad, me acarició la mejilla con el pulgar. Su piel era rugosa, cálida, eléctrica. Fue un gesto de consuelo, sí, pero hubo algo en la forma en que su mano se demoró en mi mandíbula que no tenía nada de fraternal.
—Descansa —susurró.
Se levantó y salió de la habitación, cerrando la puerta con una suavidad exquisita. Me quedé allí, mirando al techo, con la piel de la cara ardiendo donde él me había tocado. El silencio de las cenizas seguía ahí, pero ahora, entre el humo de mi dolor, empezaba a brillar un fuego que me daba miedo y vida a partes iguales.
Estaba en la casa de mi amor prohibido. Mis padres se habían ido, pero Julián estaba aquí. Y la fantasía, esa que había alimentado en la soledad de mi cuarto durante años, empezaba a sentirse peligrosamente real.