Más allá de la tormenta es la historia de Juan Manuel, un hombre noble y humilde que se enamora de Adela, una joven que trabaja en una casa de placer, Pero la vida no los deja estar juntos. todo cambia cuando nuestro protagonista recibe una herencia de su padre y por vueltas del destino, se casa con Elena, una joven un poco rebelde y de ciudad, que debe adecuarse a la vida en el campo.
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CAPITULO 8: HABLADURÍAS
CAPITULO 8: HABLADURÍAS
Francisco Robledo rápidamente de agachó para socorrer a su esposa desvanecida, dándole pequeños golpecitos en la cara para despertarla.
-¡Ustedes dos quédense allí!- exclamó mirando a los dos jóvenes, mientras se guía asistiendo a la señora Catrina, aunque, estos no atinaban a moverse.
De a poco, la mujer se fue recomponiendo. En seguida, Francisco les ordenó a dos empleadas que la acompañen a su recámara, seguidas por sus otras dos hijas.
-Bueno, creo que el evento se ha terminado, aquí no hay nada más que ver.- dijo Armand a todos los invitados, tratando de ayudar a su futura familia política.
Juan Manuel atinó a moverse, Pero menos mal que ni lo hizo porque, una vez solos, Robledo se lanzó sobre el muchacho tomándolo del cuello.
-¡QUE TE HAS CREÍDO!- grito y la chica se interpuso, tratando de separarlos, Pero el hombre se dio vuelta y le dio un bofetón de revés que la hizo caer al piso.
De forma inmediata, Armand y Juan Manuel, se interpusieron en dos zancadas, tomando a cada uno de los caballeros, tratando de apaciguar la situación.
-¡YO LA AMO!- grito Pedro.
-¡NO HABLES!- se ofuscó el hombre, tratando de lanzarse nuevamente sobre el chico, Pero Armand, quien lo sostenía, pudo impedirlo.
-¡No!- grito Elena, levantándose y parándose en frente del joven -Por favor, Pedro, vete.-
-No te dejaré sola con esto...- respondió el muchacho.
-¡QUE TE MARCHES!- grito el hombre, Pero su futuro yerno lo sostenía con fuerza.
Juan Manuel se paró en frente del chico y le hablo con calma.
-Creo que lo mejor, en este momento, es que se marche, joven.-
-Está bien, pero volveré por ti.- respondió mirando a Elena.
Cuando Pedro se marchó, Francisco tomo a Elena del brazo.
-¡Eres una descarada! ¡Una inconsciente!- le decía mientras la llevaba, prácticamente, a rastras hacia el medio de la sala.
-Padre, yo lo amo...- quiso decir ella, Pero el hombre en un ataque de ira la arrojo al piso con fuerza.
Juan Manuel se apresuró en ponerse entre ambos.
-Señor Robledo, por favor, le ruego que se calme.-
-¿Es que no te has dado cuenta de que cuesta madre enferma?! Con todos los invitados! ¡Mañana serás el comentario entre nuestros círculos de amistades!- le respondió el padre furioso.
-Por favor, padre…- dijo Elena llorando desconsoladamente.
-¡Matarte debería!- exclamó Francisco entre dientes tratando de abalanzarse nuevamente sobre ella, pero Juan Manuel lo detuvo.
Apareció Rosalía corriendo y se agachó junto a su protegida.
-Señor, señor.- dijo.
-¡Llévatela antes de que vuelva a perder la compostura!- contesto el padre -Y te dejo claro esto, Rosalía, en consideración por tantos años de servicio en esta familia te permitiré quedarte, Pero tu nieto no volverá a pisar está casa.-
-Sí, señor.- respondió la mujer mayor mientras ayudaba a la chica a levantarse y se la llevaba ahogada en llanto.
Una vez solos, Armand y Juan Manuel, ayudaron al afectado hombre a sentarse en un sillón.
-Calmase, no creo que sea para tanto.- dijo Juan Manuel.
-Sí, lo es. Rifas nuestras amistades estaban aquí. Seremos la comidilla de todos en Madrid. Esto matará a mi catrina.- dijo Francisco tapándose los ojos con la mano -Y pensar que me negué a la petición de maní de Pánfilo por ser tan grande para mi pequeña.-
Con Esto, ahora, entendía la actitud de Miranda en estos últimos días, sintió repulsión al pesar que un "Viejo" de 60 años aspire a casarse con una jovencita de tan solo 15 años.
-De mi futuro yerno ya lo sabía, pero de usted, señor Placeres, me ha demostrado más generosidad que otros, a los cuales consideraba mis amigos.- comento Francisco, dándole la mano.
-No es nada, señor, para lo que necesite estoy.- respondió él -Me quedaré hasta asegurarme de que se encuentre bien.-
-Oh, no, no. Amigo mío.- tercio Armand -Vete a descansar, yo me quedaré.-
-¿Seguro?- pregunto.
-Sí, sí.- respondió él más joven de los hombres.
Entonces, se despidió y se marchó. Al bajar por la escalinata de la gran casa, no pudo evitar mirar hacia la ventana en dónde había una gran lumbre y pensar en como estaría esa pobre niña.
En su cuarto, Elena, no podía dejar de llorar.
-Cálmese, mi niña.- decía Rosalía, sentándose junto a ella, en la cama, tratando de que tome un vaso de agua.
-¡Ay, ranita! ¡He provocado tu desdicha y la de Pedro!- clamaba sumergida en un ataque de nervios.
-Pequeña, me hubierais dicho...-.
-¿Que será de Pedro?- preguntaba.
-No se preocupe por él.- dijo la mujer seca dile las lágrimas -Irá a vivir con su madre y conseguirá, muy pronto, trabajo nuevo. Si algo que es mi Pedro, es muy hábil para trabajar.-
-¡Ay, Nanita! Abrázame y no me sueltes.- dijo la chica aferrándose al cuello de la mujer.
Dos días después del desafortunado evento, Juan Manuel, regreso a la casa del señor Robledo, con la excusa de firmar algunos papeles. No había podido ir antes, Pero ya lo había ido a visitar Armand, para informarle del tenso ambiente en la casa de la familia de su futura esposa. De cómo Francisco había dado la orden de no dejar entrar bajo a ningún medio a Pedro, y que mantenía recluida a Elena en su habitación.
Llego muy entusiasmado porque cada vez faltaban menos para regresar a su tierra. Pero cuando entro a la sala vio a Pánfilo Miranda y su humor cambio. Le desagradaba cada vez más ese hombre.
-He venido por los papeles de los alemane, peroo si están ocupados, regreso luego.- dijo.
-No, no. Tome asiento.- respondió Robledo, pero la expresión de Miranda reflejaba incomodidad.
-Mejor dejo los legajos y regreso más tarde...- estaba diciendo cuando tocaron la puerta y entro Elena muy desmejorada.
-¿Me ha mandado a llamar, padre?- pregunto la chica.
Juan Manuel miró a Elena y luego a Pánfilo, el panorama no le agradaba para nada. Imaginaba que una tormenta se avecinaba. Sabía que tendría que haberse marchado, pero sentía que debía de estar allí, quizás la pequeña damisela necesite ser rescatada.
-Claro, mejor si hay testigos...- comenzó a decir si padre -El señor Miranda está aquí para pedir tu ma...-
-¡Claro que no!- exclamó ella, sin dejar que termine la frase.