Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 9: Leones en el Jardín de Invierno
El sol de la mañana se filtraba por las persianas del 12-A, creando un patrón de cebra sobre la alfombra de seda. Haru se despertó sobresaltado, con el corazón martilleando. Por un segundo, esperó el grito de Ren exigiendo el desayuno, pero solo encontró el silencio presurizado del apartamento de Kaito. Estaba dormido en el sofá, envuelto en la bata negra que aún olía intensamente a ese alfa: a madera, a poder y a una extraña seguridad.
Antes de que pudiera procesar su desorientación, la puerta principal se abrió con un estruendo que no correspondía a la elegancia del lugar.
—¡Kaito! ¡Si no abres la oficina, al menos abre la puerta de tu casa! —la voz de una mujer, clara y autoritaria, resonó en el pasillo.
Haru se puso de pie de un salto, envolviéndose en la bata como si fuera una armadura. Su instinto de presa le gritaba que corriera, pero no tenía a dónde ir. En el umbral de la sala aparecieron tres personas que parecían haber salido de una pesadilla de alta costura y peligro latente.
Kaito salió de su habitación, vistiendo solo unos pantalones de lino negro, con el torso desnudo mostrando las cicatrices y los tatuajes de dragones que trepaban por sus hombros. No se veía sorprendido, solo ligeramente irritado.
—Hana, Yuki... Padre. ¿Desde cuándo mi casa es una estación de tren? —dijo Kaito, cruzándose de brazos.
El grupo se detuvo en seco al ver a Haru. El silencio que siguió fue tan pesado que Haru sintió que sus rodillas cederían.
Frente a él estaba Akira Kuroda, el patriarca, un hombre cuya mirada era tan afilada que parecía capaz de diseccionar a una persona sin tocarla. A su lado, Hana, impecable en un traje sastre rojo sangre, y Yuki, que miraba a Haru con una curiosidad que no intentaba ocultar.
—Vaya... así que por esto no contestas el teléfono —dijo Yuki con una sonrisa ladeada—. No me dijiste que tenías un "invitado" tan delicado, hermano.
Haru retrocedió, bajando la cabeza, con los hombros hundidos. El miedo le cerraba la garganta. Eran alfas. Todos ellos. Incluso la mujer irradiaba una ferocidad que lo hacía temblar.
—No... yo... yo ya me iba —balbuceó Haru, buscando desesperadamente su ropa húmeda de la noche anterior.
—Quédate donde estás, Mizushima —la voz de Kaito fue una orden, pero no una cruel. Se acercó a Haru y, en un gesto que dejó a su familia en absoluto shock, puso una mano protectora en la parte baja de su espalda—. Él es Haru. Mi vecino. Y está bajo mi protección personal.
Akira Kuroda dio un paso adelante. Haru se encogió, esperando un insulto por ser un omega divorciado y "usado", como decía Ren. Pero el anciano alfa solo observó el hematoma que aún quedaba en el pómulo de Haru y las vendas en sus manos.
—Haru Mizushima —dijo Akira, su voz profunda como un trueno lejano—. He leído sobre tus pinturas. Tenías un trazo valiente. Es una lástima que los Ichijō confundan la fuerza con la brutalidad. En esta familia, respetamos el talento tanto como la lealtad.
Haru levantó la vista, asombrado. ¿Respeto? ¿De un jefe de la mafia?
—¿Tú... tú sabes quién soy? —preguntó Haru en un susurro.
—Sabemos todo lo que necesitamos saber —intervino Hana, acercándose a Haru. A pesar de su apariencia fría, sus ojos mostraron una chispa de empatía—. Kaito nos contó lo de ayer. Ese imbécil de Tatsuya no volverá a molestarte. Nos hemos asegurado de que su familia entienda que tocarte a ti es declararle la guerra a los Kuroda.
Haru sintió un mareo repentino. No entendía. Él era nadie. Era un estorbo que Ren había desechado. ¿Por qué estas personas, que dominaban la ciudad, hablaban de él como si fuera alguien que valiera la pena defender?
—Él no tiene familia, padre —dijo Kaito, mirando a Haru con una intensidad que lo quemaba—. Los Mizushima le dieron la espalda cuando Ren empezó a golpearlo. Creen que el "honor" de un contrato es más importante que la vida de un hijo.
—Entonces —dijo Akira, mirando fijamente a su hijo mayor—, si no tiene familia, y está bajo tu techo... significa que ahora es responsabilidad de nuestra sangre. Kaito, espero que seas un anfitrión a la altura. Un Kuroda no deja que sus tesoros sigan rotos por mucho tiempo.
Yuki soltó una carcajada y le lanzó una bolsa de papel a Haru. —Ropa nueva, pequeño artista. Hana la eligió. Nada de sudaderas baratas. Si vas a caminar por este edificio, hazlo como alguien que tiene a los leones de Tokio detrás de él.
Haru tomó la bolsa, confundido y abrumado. Miró a Kaito, buscando una explicación, un truco, la letra pequeña del contrato. Pero Kaito solo asintió levemente.
—Ve a cambiarte, Haru —dijo Kaito suavemente—. Luego desayunaremos todos. Tienes que acostumbrarte a ellos. Son ruidosos, peligrosos y carecen de modales, pero nunca te traicionarán.
Cuando Haru se retiró a la habitación, el ambiente en la sala cambió. La calidez fingida desapareció. Akira miró a su hijo con gravedad.
—¿Estás seguro de esto, Kaito? —preguntó el patriarca—. Ren Ichijō no se quedará de brazos cruzados si descubre que su "juguete" está en nuestras manos. Su orgullo es mayor que su cerebro.
Kaito apretó los puños, y por un momento, sus ojos ámbar brillaron con una luz salvaje. —Que lo intente. He pasado años construyendo este imperio para proteger lo que es mío. Y ese omega... aunque él aún no lo sepa, ya es mío. Si Ren pone un pie en este distrito, se asegurará de que su última cena sea con los peces del puerto.
Haru, detrás de la puerta de la habitación, escuchó todo. El miedo seguía ahí, pero por primera vez, estaba mezclado con algo nuevo: la embriagadora sensación de no estar solo en la oscuridad.