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FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

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capitulo 20

El sonido de la puerta del Apartamento 4B al cerrarse tras nosotros no fue el de una liberación; fue el de una sentencia. El eco del portazo resonó en el pasillo de techos altos, rebotando en las paredes de ladrillo visto y perdiéndose en el silencio denso de la estancia. Julián soltó mi brazo y dejó las llaves sobre la mesa de cristal con un golpe metálico que me hizo dar un respingo.

Fuera, la ciudad seguía rugiendo bajo la lluvia, ajena al hecho de que mi mundo acababa de reducirse a sesenta metros cuadrados de diseño industrial y arrepentimiento.

—Ya estamos en casa, Elena —dijo él, su voz era plana, despojada de la urgencia que tenía en el coche—. Aquí nadie va a juzgarnos. Aquí no hay padres decepcionados ni hermanas con complejos de mártir.

Se quitó la chaqueta y la lanzó sobre el sofá de cuero negro. Se veía cansado, pero sus ojos seguían brillando con esa chispa de posesividad que ahora me resultaba aterradora. Caminó hacia el mueble bar y se sirvió un whisky doble, sin hielo, bebiéndolo de un trago mientras miraba por el gran ventanal.

Yo me quedé de pie junto a la puerta, todavía con el abrigo puesto, sintiéndome como una intrusa en mi propio refugio. Miré a mi alrededor. Las paredes seguían cubiertas con mis retratos. Cientos de mis ojos me miraban desde el carboncillo, recordándome quién era yo para él: un estudio, una obsesión, una pieza de su inventario personal.

—No te quedes ahí como si fueras una visita —murmuró Julián, girándose hacia mí—. Quítate eso. Estás en tu casa.

—Esta no es mi casa, Julián —respondí, y mi voz sonó pequeña, quebrada—. Mi casa es la que acabamos de dejar atrás. Mi casa es donde están las fotos de mis padres y donde Sofía me esperaba para desayunar. Esto... esto es solo tu escondite.

Julián dejó el vaso con una lentitud que me heló la sangre. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal hasta que mi espalda chocó contra la madera de la puerta. Puso una mano a cada lado de mi cabeza, acorralándome.

—Esa casa ya no existe para ti, Elena. Acéptalo. Tu "hermanita" se encargó de quemar todos los puentes. Tus padres... bueno, tus padres ya no están para darte permiso. Lo único que tienes es esto. Lo único que tienes es a mí.

Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Su aliento olía a alcohol y a una determinación feroz.

—¿No es lo que querías? —preguntó, su pulgar recorriendo mi labio inferior con una presión dolorosa—. ¿No es esto lo que buscabas cuando venías aquí a escondidas? Ahora tienes todo mi tiempo, todo mi espacio y todo mi deseo. No deberías estar llorando. Deberías estar celebrando que finalmente somos libres.

—¿Libres? —solté una risa amarga que terminó en un sollozo—. He perdido a la única familia que me quedaba. He humillado a Ana y al señor Martínez, que me abrieron su corazón. He destrozado a Sofía. Si esto es la libertad, Julián, prefiero estar presa.

Él se separó de mí, con un gesto de impaciencia.

—Deja de ser tan dramática. Sofía es una niña malcriada que no soporta que le quiten su juguete favorito. Y mis padres... bueno, mis padres se olvidarán de esto en cuanto gane el próximo premio de arquitectura. Lo que importa es que ahora puedo dibujarte sin prisa. Puedo tenerte aquí, a mi disposición, sin horarios ni mentiras.

Los días siguientes fueron una espiral de silencio y control. Julián no volvió a la oficina. Trabajaba desde el apartamento, rodeado de planos y bocetos, moviéndose como un león enjaulado en un espacio que de repente le quedaba pequeño. Yo intentaba ocupar el mínimo espacio posible. Me sentaba en un rincón con un libro, pero las palabras bailaban ante mis ojos sin sentido.

El peso del silencio en el Apartamento 4B era físico. No era el silencio cómodo de la casa de los Martínez; era un silencio cargado de reproches no dichos. Julián controlaba cada uno de mis movimientos. Si me acercaba a la ventana para mirar la calle, él aparecía detrás de mí, rodeándome con sus brazos y preguntándome qué buscaba fuera que no tuviera dentro. Si tomaba mi teléfono, él me lo quitaba "para que no me angustiara con los mensajes de Sofía".

—No necesitas hablar con ella, Elena —decía, guardándose mi teléfono en el bolsillo—. Solo va a herirte. Yo soy el único que sabe lo que te conviene ahora.

Me sentía como un pájaro en una jaula de oro y cristal. Julián me compraba ropa cara, me traía comida de los mejores restaurantes y me hacía el amor con una intensidad que rayaba en lo violento, como si quisiera borrar cualquier rastro de mi pasado con su propio cuerpo. Pero en sus ojos ya no veía la admiración de antes; veía la satisfacción del coleccionista que finalmente ha conseguido la pieza más difícil de su catálogo.

Una tarde, mientras Julián dormía la siesta —agotado por una noche de pasión que a mí me había dejado vacía—, logré recuperar mi teléfono de su chaqueta. Tenía veintidós llamadas perdidas de Sofía y un solo mensaje de texto:

> "Mañana recogen las cosas de tus padres del almacén de la casa. Mi padre ha dicho que si no vienes a por ellas, las donarán a la caridad. Elena, por favor... es tu última oportunidad de despedirte de ellos con dignidad."

>

El corazón me dio un vuelco. Las pertenencias de mis padres. Sus libros, sus fotos, el reloj de mi padre, las joyas de mi madre... todo lo que quedaba de mi vida antes de Julián estaba a punto de ser borrado.

Me levanté de la cama con cuidado de no despertarlo. Me vestí con lo primero que encontré y busqué mis zapatos. Necesitaba ir a esa casa. Necesitaba ver a Sofía. Necesitaba recordar quién era antes de convertirme en la "estructura" de un arquitecto obsesivo.

Pero cuando llegué a la puerta, me encontré con que no se abría.

Julián había cambiado la cerradura el día anterior, instalando un sistema electrónico que solo se abría con un código que yo no conocía.

—¿A dónde crees que vas, Elena?

La voz de Julián, ronca y cargada de una autoridad fría, vino desde el pasillo. Estaba apoyado en la pared, mirándome con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Tengo que ir a la casa, Julián. Mañana se llevan las cosas de mis padres. Tengo que recogerlas.

—No vas a ir a ninguna parte —dijo él, caminando hacia mí con una lentitud amenazante—. Esa casa es territorio hostil. Mi padre te odia, Sofía solo quiere manipularte. Lo que hay en ese almacén son trastos viejos, Elena. Recuerdos de una vida que ya no te pertenece.

—¡Son mis padres, Julián! —le grité, perdiendo los estribos—. ¡Es lo único que me queda de ellos!

—Me tienes a mí —respondió él, tomándome por los hombros y sacudiéndome—. Yo soy tu familia ahora. Yo soy tu padre, tu madre, tu hermano y tu amante. Todo lo que necesites, te lo daré yo. Pero no voy a permitir que vuelvas a ese lugar para que te humillen otra vez.

—¡Me estás reteniendo aquí! ¡Esto es un secuestro!

Julián soltó una carcajada seca y me atrajo hacia su pecho, abrazándome con una fuerza que me impedía respirar.

—No seas ridícula. Es protección. Te estoy protegiendo de ti misma y de tu estúpida nostalgia. Mañana mandaré a alguien a recoger esas cajas y las traeremos aquí. Pero tú te quedas conmigo. En nuestro mundo.

Me derrumbé en sus brazos, llorando de pura impotencia. Comprendí entonces que la "Fantasía Real" se había convertido en una prisión perfecta. Julián había diseñado cada centímetro de nuestra vida para que yo no tuviera escapatoria. Él era el arquitecto, y yo era el material atrapado en su cimiento.

Esa noche, mientras él me dibujaba de nuevo bajo la luz de un flexo, me di cuenta de que el peso del silencio no era por la falta de palabras. Era el silencio de una tumba. La tumba de la Elena que alguna vez soñó con ser libre, y que ahora solo era un boceto a carboncillo en la pared de un hombre que amaba más su propia creación que a la mujer real que tenía delante.

Miré la llave dorada que seguía sobre la mesa. Ya no abría nada. Era un adorno inútil en un mundo donde el código de salida solo lo tenía él.

—Sonríe, Elena —murmuró Julián, sin levantar la vista de su cuaderno—. Estás preciosa cuando pareces una estatua de mármol.

Cerré los ojos, sintiendo que el mármol empezaba a cubrirme de verdad, aislándome de la lluvia, de Sofía y del recuerdo de mis padres. El Apartamento 4B era mi final, y Julián era el único testigo de mi lenta desaparición.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
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