Ella reencarna en el segundo libro de una saga, es la protagonista que perdona al infiel de su esposo, pero ella no esta dispuesta ni a casarse, así que hará todo lo que pueda por cambiar su historia.
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Capitulo 8
La conversación con Cassian había dejado a Iris con un sabor extraño en los labios. El hombre, altivo como siempre, se había ofrecido a acompañarla a las ruinas del desierto en busca de la flor demoniaca. Sin embargo, ella no tenía intención alguna de aceptar. No era por desconfianza —aunque bien podía desconfiar de Cassian, con ese aire arrogante que siempre cargaba—, sino porque aquella expedición debía ser suya, completamente suya.
Una flor con energía demoniaca, capaz de crecer únicamente sobre las arenas malditas de un palacio en ruinas… ¿cómo no sentir fascinación? El simple hecho de que todos la temieran era el mejor de los alicientes para Iris. Su instinto le susurraba que nada grande se conseguía caminando sobre seguro, y aquello era justo lo que necesitaba: un reto que la colocara más allá del alcance de la multitud que ya la aclamaba en su tienda.
Mery fue la primera en darse cuenta de su obsesión. Había notado el modo en que Iris pasaba horas mirando los pétalos secos de flores comunes, comparándolos con los grabados antiguos de la flor prohibida que Cassian le había descrito. También había visto esa sonrisa en sus labios, un gesto que mezclaba emoción y peligro.
—Ya lo decidiste, ¿verdad? —preguntó Mery una tarde, mientras cerraban la tienda.
—Lo decidí en el momento en que Cassian pronunció las palabras "nadie regresa con vida". —La respuesta de Iris fue seca, casi cortante, pero sus ojos brillaban.
Mery suspiró. Había trabajado junto a Iris desde que era una niña, ambas unas jovencitas, Iris una noble, mientras que Mery era su criada y la conocía mejor que nadie. Sabía que intentar detenerla sería inútil. Si ella había puesto sus ojos en la flor maldita, entonces no quedaba más que asegurarse de que volviera con vida.
Los días siguientes fueron una danza silenciosa entre ella y Mery. No podían llamar la atención, así que cada preparación se disfrazaba de rutina. Mery seguía atendiendo la tienda con la misma sonrisa discreta, mientras que Iris dedicaba las noches enteras a los libros, buscando referencias de rutas hacia el sur, hacia el temido Valle Oscuro.
Algunos textos eran contradictorios: unos hablaban de dunas que tragaban hombres enteros, otros de tormentas de arena que cegaban incluso a los pájaros. Pero todos coincidían en lo mismo: en lo más profundo de aquel desierto yacían las ruinas de un palacio, y bajo sus cimientos dormía un demonio. De esa presencia oscura brotaban las flores rojas, tan raras como prohibidas.
Mery, aunque nerviosa, se mostró más útil de lo que Iris esperaba. Fue ella quien recordó que en el mercado de los mercaderes extranjeros se vendían mapas antiguos, de caravanas que habían cruzado esas tierras en otros tiempos. Una tarde, con la excusa de comprar especias, ambas caminaron hasta allí. Entre puestos polvorientos y pergaminos amarillentos, encontraron un mapa incompleto, dibujado por manos temblorosas. No marcaba el palacio, pero sí rutas que bordeaban el Valle Oscuro.
—Con esto, al menos no iremos a ciegas —susurró Mery mientras lo enrollaba y lo escondía entre sus ropas.
De regreso en la mansión, cada noche lo extendían sobre la mesa de la sala privada, iluminadas solo por una vela. Iris trazaba las rutas con el dedo, pensativa, y hacía anotaciones en un cuaderno propio: lugares donde podían detenerse, fuentes de agua que aún se mencionaban en los relatos, y zonas de arena movediza que debían evitar.
Además de mapas, Iris comenzó a preparar provisiones especiales. No bastaba con pan seco y agua. Necesitaban tónicos de resistencia contra el calor, brebajes para mantener la mente alerta en medio de la fatiga, y ungüentos para curar heridas rápidas. La farmacia de su tienda se convirtió en el taller perfecto para todo aquello, aunque trabajaba a puerta cerrada, después de atender a los clientes.
—Pareces más alquimista que una noble —bromeó Mery una noche, viendo cómo Iris medía con precisión gotas de un líquido verde oscuro.
—Iré a un lugar donde ni los médicos ni los alquimistas sobreviven. Así que necesito ser ambos y no una simple noble —respondió Iris sin levantar la vista.
El plan se consolidaba poco a poco. Si todo salía bien, escaparían una noche en silencio. Iris calculaba que el viaje hasta el inicio del desierto tomaría al menos tres días, y otros tantos para alcanzar las ruinas. Había decidido llevar lo mínimo indispensable: ropa ligera y oscura, un par de armas pequeñas y los brebajes más valiosos que había creado. Todo lo demás era peso inútil.
La tensión estaba en el aire. Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, Iris temía que Edrian o Cassian entraran y descubrieran los mapas extendidos. Por eso trabajaban con tanta cautela. Nada debía delatarla.
—¿Y si descubren que no estás en tu habitación? —preguntó Mery en voz baja, doblando un pergamino.
—Tú estarás allí. Abrirás la ventana, encenderás la lámpara, moverás las cortinas… harás creer que sigo dentro. No necesito que cubras mis huellas, solo que ganes tiempo —contestó Iris con seguridad.
Mery la miró con una mezcla de orgullo y preocupación. Sabía que Iris no estaba improvisando, que cada paso estaba calculado. Y aun así, no podía evitar pensar que la mujer que había llegado a ese mundo con ideas modernas ahora se estaba hundiendo en los misterios más antiguos y oscuros de la tierra.
Cuando la última noche de preparación llegó, Iris enrolló el mapa con cuidado y lo guardó en un cilindro de cuero. Sobre la mesa quedó su cuaderno lleno de anotaciones, la lista final de provisiones y un par de dagas afiladas. El viento del sur comenzó a soplar otra vez. Las arenas del desierto llamaban.
La noche era perfecta. El cielo estaba limpio, la luna oculta tras nubes pasajeras, y el bosque se alzaba oscuro y silencioso como un cómplice fiel. Iris, con la capucha sobre la cabeza, sostenía las riendas de su caballo y avanzaba ligera entre los árboles. Su corazón latía con fuerza, pero no por miedo, sino por emoción. Por primera vez sentía que todo dependía solo de ella. Nadie más.
Y mientras el caballo cruzaba un claro del bosque, Iris no pudo evitar que una sonrisita orgullosa se dibujara en su rostro. Lo había logrado: había burlado la mansión, las criadas, los sirvientes y hasta a su propia familia. O al menos eso creyó. Un chasquido seco, como de ramas quebrándose bajo un pie humano, la obligó a tensar las riendas. El caballo bufó y se agitó, pero Iris lo contuvo. Entonces, de entre la penumbra, dos figuras emergieron con total calma, como si llevaran allí horas esperándola.
—¿Disfrutando de tu pequeña aventura nocturna, hermanita? —dijo Edrian con esa voz tranquila que tanto la irritaba.
Iris abrió los ojos con sorpresa, pero enseguida frunció el ceño.
—¿Qué demonios…? —masculló, intentando mantener la compostura.
Cassian, apoyado en el tronco de un roble, la observaba con una sonrisa ladeada. Sus ojos brillaban con la misma chispa que cuando le hablaba de espadas y combates.
—Sabíamos que algo tramabas. ¿De verdad creías que podías engañarnos? —preguntó, casi divertido.
Iris apretó los labios. Había sido tan cuidadosa, tan meticulosa, que la idea de que sus hermanos hubieran descubierto todo le resultaba insoportable.
Edrian dio un paso al frente, sus manos cruzadas detrás de la espalda, tan impecable como siempre.
—Escucha bien, Iris. No estamos aquí para detenerte. No soy tan cruel como padre, ni tan ciego como madre. —Hizo una pausa, clavando sus ojos en los de ella—. Pero no vas a ir sola.
Cassian se adelantó entonces, levantando el mentón con esa seguridad arrogante que lo caracterizaba.
—Iré contigo. Yo.
—¿Qué? —Iris casi se atragantó con sus propias palabras—. ¡No! Este es mi viaje. No necesito ni quiero compañía.
Cassian rió bajo, una carcajada ronca y breve.
—¿En serio crees que vas a sobrevivir sola a las ruinas del desierto? Te lo digo con franqueza: no durarías ni una noche.
—Ya lo veremos —replicó ella con frialdad.
Edrian levantó la mano, cortando la discusión antes de que escalara.
—Cassian tiene razón. No puedes hacerlo sola. Además… —respiró hondo, como si las palabras fueran un peso— …el Marqués Valerius ha solicitado conocerte. Padre está presionando para organizar una cena privada en tu honor. Si alguien nota tu ausencia, será el escándalo perfecto para destruir nuestra reputación.
Los dedos de Iris se crisparon sobre las riendas. El nombre de Valerius era como veneno en su oído.
—Ese… hombre —escupió con desprecio— no me interesa lo más mínimo.
—A nosotros tampoco —dijo Edrian con calma, aunque en su mirada había un destello de irritación—. Pero entiéndelo: debo quedarme y cubrirte. Convencer a padre de que aún no estás en condiciones, distraer a Valerius… todo lo necesario para ganar tiempo.
Iris tragó saliva, sorprendida por el tono protector de Edrian. Aun así, no podía dar su brazo a torcer.
—¿Y si me niego a que Cassian me acompañe? —preguntó, desafiante.
—Entonces iré detrás de ti igualmente —contestó Cassian sin vacilar, con esa testarudez que lo hacía insoportable—. Puedes odiarme todo lo que quieras, pero no voy a dejar que mi hermana menor se adentre sola en un cementerio de demonios.
Iris los miró a ambos, sintiendo cómo la frustración ardía en su pecho. Había planeado todo con tanto cuidado… y aun así, allí estaban ellos, desbaratando su independencia con un par de frases. Pero tampoco podía negar que, en el fondo, había una extraña seguridad en saber que no estaba del todo sola.
—Muy bien —dijo al fin, bajando un poco la voz—. Pero te advierto algo, Cassian: no interfieras más de lo necesario. Este viaje es mío, y si llegamos vivos al palacio, la flor la tomaré yo.
Cassian inclinó la cabeza, divertido.
—Trato hecho.
Edrian suspiró, aliviado, y dio un paso atrás hacia la penumbra.
—Entonces está decidido. Cassian irá contigo. Yo me encargaré de que nadie sospeche tu ausencia… y de mantener lejos a Valerius el mayor tiempo posible.
Iris alzó la barbilla, decidida, aunque por dentro aún hervía. No era el plan perfecto que había imaginado… pero el viaje había comenzado, y nada ni nadie la detendría.
estoy igual que Cassian...
quién es Teresa?
ha pasado el tiempo...
sus padres la ignoran al grado de no sospechar nada...
Samantha está convaleciente...
además de infiel, inútil, bueno para nada, debe estar de seguro enfermo, infectado de alguna ETS...
no le hagas caso protagonista, que no te convenza...
sólo te quiere de sirvienta y administradora sin sueldo...
mentira que está enamorado...
no te hubiera humillando de ninguna manera...