«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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La última advertencia
La séptima llama se extinguió sin hacer ruido.
Kaelith permanecía frente al altar de obsidiana cuando la última luz dorada desapareció. No hubo una explosión, ni un estremecimiento de las paredes, ni una voz que anunciara el cumplimiento de la amenaza.
Solo quedó un espacio vacío entre las seis llamas restantes.
Durante unos segundos, el soberano de Nocthar no se movió.
Había observado aquella llama durante días, siguiendo cada cambio en su luz, cada temblor y cada reducción de su tamaño. Aurelian había sido claro: cuando se extinguía, Kaelith ya no podría alegar que no había sido advertido.
El momento había llegado.
Y todavía ignoraba qué significaba realmente.
—Majestad.
Darius apareció en el umbral. Su expresión bastó para indicarle que no había acudido únicamente para confirmar lo evidente.
Kaelith apartó la mirada del altar.
—¿Qué ha ocurrido?
—Las llamas de los corredores se apagaron durante unos instantes. Después, varias puertas del ala oriental se cerraron por sí solas.
—¿Y ahora?
—Han vuelto a abrirse, pero los sellos de las cámaras inferiores ya no responden a nuestras órdenes.
Kaelith frunció el fruncido.
—¿Están dañados?
—No esencialmente. Simplemente han dejado de reconocer nuestras autorizaciones.
El soberano volvió la mirada hacia el altar.
—Que nadie intente forzarlos. Quiero un informe de cada cámara afectada. Registren lo que encuentren antes de tocar cualquier objeto.
—Cree que Aurelian ha provocado esto?
—Creo que su advertencia se ha cumplido. Eso no significa que conozcamos la causa de cada cambio.
Darius inclinó la cabeza.
—Entendido.
—Y una cosa más. No quiero conclusiones basadas únicamente en coincidencias. Si encontramos algo fuera de lugar, documentaremos su estado y su ubicación antes de relacionarlo con cualquier otra investigación.
—Me encargaré personalmente.
Cuando el general se retiró, Kaelith permaneció frente a las seis llamas.
El plazo había terminado. Sin embargo, la amenaza todavía no tenía una forma que pudiera combatir.
Y eso era precisamente lo que más le inquietaba.
Tomó su teléfono y escribió a Seraphine.
Kaelith: La séptima llama se ha extinguido.
La respuesta tardó unos minutos.
Seraphine: ¿Qué ha pasado?
Kaelith contempló la pantalla antes de contestar.
Kaelith: Los sellos de algunas cámaras inferiores han dejado de responder. Darius está investigándolo. Todavía no sabemos por qué.
Seraphine: ¿Estás bien?
La pregunta lo hizo detenerse.
Incluso ante una amenaza que podía alcanzar a ambos, ella seguía preocupándose por él.
Kaelith: Sí. Por ahora.
Seraphine: No me gusta ese «por ahora».
Kaelith: A mí tampoco.
La siguiente respuesta llegó casi de inmediato.
Seraphine: No tomes decisiones precipitadas. Y no me oculta nada con la excusa de protegerme.
Kaelith dejó escapar una sonrisa tenue.
Kaelith: No lo haré.
Seraphine: Bien. Tenemos un expediente que consultar y no pienso abandonarlo porque Aurelian haya decidido apretar el cerco.
Él leyó el mensaje dos veces.
Kaelith: Nunca pensó que fueras a hacerlo.
Seraphine: Entonces nos vemos en la universidad.
Kaelith guardó el teléfono.
No podía prometerle que el peligro no la alcanzaría. Tampoco podía decidir por ella cuánto estaba dispuesta a arriesgar.
Pero sí podía cumplir una promesa más sencilla.
No volvería a confundirla para protegerla con elegir por ella.
En Vespera, la mañana comenzó con el sonido de una impresora atascada y Eveline declarando que los archivos universitarios habían sido diseñados por alguien que odiaba profundamente a los estudiantes.
—Estoy empezando a pensar que el verdadero misterio de esta universidad es cómo sigue funcionando —murmuró, intentando liberar una hoja arrugada.
Seraphine apenas sonrió.
La noticia de Kaelith seguía rondándole la cabeza. No sabía qué significaba la extinción de la séptima llama ni hasta dónde podían extenderse sus consecuencias. Pero había una cosa que tenía clara: no permitiría que el miedo decidiera qué investigaciones debían abandonar.
La puerta de la sala se abrió.
Lucien entró con una carpeta delgada bajo el brazo.
—Tengo una respuesta sobre el expediente asociado al registro de recepción.
Eveline abandonó inmediatamente la impresora.
—¿Existe?
—Existe una referencia a él —aclaró Lucien—. Eso no significa que el expediente esté completo.
Dejó la carpeta sobre la mesa y extrajo una copia de la respuesta administrativa.
La solicitud había sido revisada. El archivo correspondiente al registro de recepción no estaba incorporado al catálogo general, pero se conservaba una referencia a una carpeta complementaria dentro de la documentación pendiente de clasificación.
Debajo aparecía una anotación:
«Consulta autorizada únicamente para verificar la correspondencia entre el registro de recepción y su documentación complementaria. No autoriza la reproducción ni la separación de los documentos asociados».
Seraphine leyó la frase dos veces.
—Al menos nos permitirán consultarla.
—Siempre que la carpeta siga en el lugar indicado —respondió Lucien—. La autorización no garantiza que todo su contenido se haya conservado.
Eveline señaló la última línea.
¿Por qué restringir la reproducción?
—Puede haber varias razones administrativas. No debemos atribuirle una intención sin conocer el expediente.
Lucien sacó una segunda hoja.
—La consulta debe realizarse con un responsable del archivo presente. Además, cualquier anotación original debe permanecer en su posición. La autorización es específica: verifique la correspondencia entre los documentos, no separe el conjunto.
Seraphine observó la copia con atención.
No era una prohibición absoluta, pero tampoco una invitación a investigar sin límites. Tendrían que respetar las condiciones si quisieran obtener acceso a otros registros.
— ¿Cuándo podemos ir? —preguntó.
—Mañana por la mañana. Es el primer horario disponible.
Eveline suspiró.
—Naturalmente. Hasta los documentos antiguos necesitan una cita previa.
Lucien le dirigió una mirada paciente.
—La supervisión protege el conjunto documental. Si queremos que nos permitan consultar otros registros, será mejor que respetemos las condiciones.
—No he dicho que no vaya a respetarlas —replicó ella—. Solo estoy criticando el sistema.
Seraphine volvió a leer la autorización.
—No vamos a tocar nada que no esté permitido.
Lucien avanzó y guardó la respuesta administrativa. Sin embargo, antes de cerrar la carpeta, extrajo una última hoja.
—Hay algo más. La referencia de la carpeta complementaria no incluye el nombre del solicitante original.
La expresión de Seraphine cambió.
—Tampoco aparece en el registro que consultamos?
—No en la documentación disponible hasta ahora. Tendremos que comprobar si figura en el expediente.
Eveline se inclinó sobre la mesa.
—Entonces mañana podremos descubrir quién hizo la solicitud.
—Podríamos —corrigió Lucien—. No lo demostramos de hecho.
Seraphine fotografió la autorización y guardó la imagen en su teléfono.
Por primera vez en varios días, tenían una fecha, un lugar y permiso para examinar una pieza concreta de aquella historia.
No era la verdad que buscaban.
Pero era un paso que, por fin, podía dar.
En Nocthar, Darius regresó antes del anochecer.
Kaelith lo esperaba en la sala de mapas, donde varios planos de las cámaras inferiores ocupaban la mesa central.
—Los sellos no presentan daños físicos —informó el general—. Sin embargo, las marcas de autorización han desaparecido de tres puertas.
Kaelith levantó la vista.
—¿Desaparecido?
—No están borradas ni parecen haber sido alteradas. Simplemente ya no están.
— ¿Qué hay detrás de esas puertas?
—Una cámara de almacenamiento, una sala vacía y un depósito de documentos antiguos.
—Documentos relacionados con el juramento?
—No puedo confirmarlo. Los inventarios del depósito están incompletos y algunos fueron transferidos hace siglos.
Kaelith recorrió con la mirada los planos.
— ¿Encontraste algo que no estaba registrado?
Darius hizo una pausa.
—En el depósito había una caja sellada. Ninguna figura en el inventario actual.
—¿La abriste?
-No.
Por primera vez desde que había comenzado el informe, Kaelith relajó ligeramente los hombros.
—Bien. ¿Qué sabemos de ella?
—Es una caja de piedra negra, sin cerradura visible. Tiene una inscripción grabada en la tapa. No la movido ni he intentado abrirla.
—¿Pudiste leerla?
—Solo parcialmente. Reconocí dos palabras.
Darius guardó silencio un instante antes de pronunciarlas.
—«Registro» y «testigo».
La expresión de Kaelith permaneció impasible, pero su atención se concentró por completo en el general.
Otra vez aquella palabra.
El testigo.
Había aparecido en anotaciones incompletas y documentos de procedencia incierta. Cada referencia añadía una pregunta, pero ninguna ofrecía todavía una respuesta sólida.
Y ahora estaba grabada en un objeto que no figuraba en los inventarios de su propio reino.
— ¿Qué dice el resto de la inscripción? —preguntó.
—No, consiguió traducirlo con seguridad. Necesitaría examinarla con más tiempo, y preferiría hacerlo sin tocar la caja.
—No la abras. Tampoco las traslades. Asegura la cámara y registra quién entra y quién sale.
—Y si los sellos vuelven a cambiar?
—Me lo comunicarás de inmediato.
Darius reconoció los planos, pero no se marchó todavía.
—Hay otra posibilidad que deberíamos considerar.
—Te escucho.
—Tal vez la desaparición de las marcas de autorización no sea un ataque. Podría tratarse de un mecanismo que ha respondido a una condición que desconocemos.
—¿Y qué condición sería esa?
—No lo sé, majestad.
Kaelith lo observó durante unos segundos.
—Al menos no estás intentando convertir una sospecha en una certeza.
Darius aceptó el comentario sin protestar.
—He aprendido que las conclusiones precipitadas pueden costarnos más de lo que creemos.
La confianza entre ambos seguía marcada por los secretos y los recuerdos que Darius no podía recuperar. Sin embargo, en aquella ocasión había actuado con prudencia: encontró un objeto desconocido y se detuvo antes de intervenir.
Kaelith no olvidaba lo ocurrido entre ellos, pero tampoco ignoraba la diferencia.
—Mantén la cámara vigilada —ordenó—. No intentaremos abrir esa caja hasta comprender mejor lo que ha sucedido con los sellos.
Darius inclinó la cabeza y salió.
Kaelith volvió a examinar los planos.
La séptima llama se había extinguido. Tres puertas habían perdido sus marcas de autorización y, bajo su propio reino, había aparecido una caja cuya existencia desconocía.
Registro.
Testigo.
No tenía pruebas de que aquellos acontecimientos estuvieran relacionados. Ni siquiera sabía si la inscripción se refería al mismo testigo mencionado en los documentos que Darius había investigado.
Pero ignorar la coincidencia habría sido tan imprudente como darla por cierto.
En el Reino Celestial, Aurelian Soltheris contemplaba las seis llamas que permanecían encendidas.
El espacio de la séptima seguía vacío.
Un guardia guardaba frente a él, inmóvil, mientras la luz blanca del salón se reflejaba sobre las columnas.
—El plazo ha concluido —anunció—. El soberano de Nocthar no ha cumplido la condición.
-Lo sé.
—¿Debemos proceder?
Aureliano no respondió de inmediato.
—Los cambios en las cámaras inferiores ya han comenzado.
El guardia levantó ligeramente la cabeza.
—¿Está seguro de que son consecuencias del incumplimiento?
Aurelian volvió lentamente el rostro hacia él.
—¿He dicho que lo esté?
—No, mi señor.
—Entonces no confundas una coincidencia con una explicación.
El guardia inclinó la cabeza.
Aurelian extendiendo una mano hacia el espacio vacío del altar. Durante un instante, apareció una chispa dorada entre sus dedos. Intentó sostenerla, pero la luz se apagó antes de convertirse en una llama.
Su expresión se duró.
—Prepara una audiencia. Quiero que el soberano de Nocthar responda por el incumplimiento del ultimátum.
—¿Y Seraphine Veyrath?
—Su participación será evaluada cuando sepamos qué ha descubierto y qué pretendemos hacer con ello.
— ¿Debemos llevarla ante el tribunal?
—Todavía no.
Aurelian retiró la mano del altar.
—La convocatoria debe llegar a Nocthar antes del próximo anochecer.
El guardia se retiró para cumplir la orden.
Aurelian permaneció solo ante las seis llamas.
El plazo había terminado. Kaelith tendría que responder por su decisión y el equilibrio que el juez pretendía preservar comenzaba a mostrar señales de cambio.
Sin embargo, había algo que Aureliano no podía permitirse ignorar.
La séptima llama había desaparecido, pero la chispa que intentó invocar tampoco había logrado mantenerse encendida.
Por primera vez, el altar no le había devuelto exactamente aquello que esperaba.
Y esa incertidumbre le desagradaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La advertencia había terminado.
Ahora comenzaban las consecuencias.
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