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Te Encontré En Mis Sueños

Te Encontré En Mis Sueños

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance
Popularitas:687
Nilai: 5
nombre de autor: inkdreams

Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.

NovelToon tiene autorización de inkdreams para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: El silencio de la noche

Punto de vista: Alana

El peso del cansancio me aplastaba el cuerpo, pero mi mente no había tenido ni un segundo de paz.

Me desperté de golpe antes de que sonara la alarma. Me senté en la cama con la respiración agitada, pasándome las manos temblorosas por el rostro mientras buscaba desesperadamente en los rincones de mi memoria algún rastro de la noche anterior.

Nada.

Por primera vez en seis meses exactos, no había soñado con él.

No hubo terraza suspendida entre luces doradas, ni manos cálidas sujetando mis caderas, ni ese aroma a sándalo y lluvia fresca envolviéndome en la penumbra. Solo un vacío helado, denso y silencioso. Una nada absoluta que me dejó una opresión aplastante en medio del pecho.

«Se rompió», me dije con una punzada de amargura en la garganta, mirando las cortinas entreabiertas de mi habitación por donde se filtraba la luz grisácea del amanecer de Los Ángeles. «Mi propia mente destruyó la fantasía en el momento exacto en que la realidad se interpuso».

Saber que Alexander Hale estaba comprometido, ver a esa mujer rubia besándolo y presenciar la forma en que él aceptaba su destino corporativo había sido el veneno perfecto para matar mi refugio nocturno. Mi subconsciente finalmente había entendido que el hombre perfecto de mis noches no era más que un espejismo... y que el Alexander real le pertenecía a otra.

Me duché con agua casi helada, intentando congelar también cada pensamiento ridículo que me quedara sobre mi jefe. Me puse un pantalón de vestir de tiro alto color negro, una blusa de seda azul marino y me recogí el cabello en una coleta tirante y elegante. Si la vida real exigía profesionalismo, yo le daría una muralla impenetrable.

Cuando bajé al vestíbulo, Mateo me esperaba con dos vasos de café humeante y una expresión atenta.

—Buenos días, Alana —saludó, entregándome el café mientras me examinaba la cara con cierta preocupación—. No te ves muy bien... ¿Pudiste dormir algo?

—Lo suficiente, Mateo —respondí, esbozando una sonrisa tranquila para no alarmarlo—. Estuve repasando los cálculos de carga de las terrazas para la entrega de hoy.

Mateo frunció levemente el ceño, caminando a mi lado mientras cruzábamos la calle hacia la imponente torre corporativa.

—Ayer te noté muy alterada cuando bajaste a buscarme al vestíbulo —comentó en voz baja, tomándome del brazo al cruzar la avenida—. Sé que la presión de esta empresa es enorme y que Hale es un tipo difícil, pero no dejes que te afecte. Tienes más talento que cualquiera en esa sala.

—No voy a dejar que nada me afecte, Mateo —aseguré, clavando la vista en las puertas giratorias del edificio—. Vine a construir mi futuro, no a distraerme con tonterías.

A las ocho en punto entramos al taller de diseño del piso catorce.

El ambiente estaba en silencio. 

Los demás pasantes ya trabajaban en sus estaciones de dibujo, ajustando detalles y revisando impresiones. Me acomodé en mi mesa, desplegué los planos corregidos de la propuesta para Malibú y me concentré en la pantalla de mi computadora, negándome a levantar la mirada hacia la puerta principal.

Pero a las ocho y media, los pasos firmes y pesados que ya conocía de memoria resonaron en el pasillo exterior.

El pulso se me aceleró en contra de mi voluntad. La puerta de cristal se abrió y Alexander Hale entró a la sala seguido por Lucas Vance.

Traía un traje impecable de tres piezas en tono azul noche que resaltaba su imponente figura de 1.90m. Sin embargo, al observarlo de reojo, noté algo distinto en él: las sombras oscuras debajo de sus ojos azules revelaban un cansancio brutal. Su mandíbula estaba tensa, rígida, y su postura irradiaba una frialdad casi peligrosa.

Nuestras miradas chocaron en el aire durante un segundo fugaz.

Sentí una sacudida interna. No entendía por qué me miraba con esa mezcla de turbación y frustración contenida. Pensé que era el estrés de su compromiso o la molestia de haberme encontrado en el pasillo la noche anterior.

—Buenos días —la voz de Alexander resonó en el taller, grave, profunda y tan fría que pareció bajar la temperatura del lugar en varios grados—. Señor Vance, proceda a revisar la entrega de los cálculos estructurales. No quiero perder el tiempo hoy.

Lucas carraspeó, mirando a Alexander con una ceja levantada y una expresión llena de intriga, para luego avanzar hacia nuestras mesas.

—Muy bien, chicos —dijo Lucas, intentando aligerar el ambiente tenso—. Muestren sus ajustes.

Alexander se quedó parado a un par de metros de distancia, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, manteniendo una postura erguida y distante. Sin embargo, su mirada no se despegaba de mi rostro. Podía sentir el calor de sus ojos recorrer la línea de mi cuello, mi perfil, mis manos sobre la mesa.

Caminó despacio hacia mi estación de trabajo. Cada uno de sus pasos retumbaba en mi pecho.

Se detuvo justo al borde de mi mesa. El aroma a sándalo mezclado con un toque sutil de licor me envolvió de inmediato.

—Señorita Mendoza... —pronunció mi nombre con una voz rasposa, cargada de una tensión que me hizo contener el aliento—. ¿Terminó los cálculos para las terrazas voladas?

Me erguí en mi silla, sosteniéndole la mirada con una frialdad ensayada, obligándome a recordar que este hombre tenía una prometida esperándolo en casa.

—Están perfectamente terminados, señor Hale —respondí con voz impecable y profesional, entregándole la carpeta de archivos—. La estructura es completamente estable. El "alma" del edificio no corre ningún riesgo.

Alexander tomó la carpeta. Al hacerlo, nuestros dedos se rozaron intencionalmente durante una fracción de segundo.

La descarga eléctrica volvió a sacudirnos, dolorosa y adictiva. Él cerró levemente los ojos, apretando la carpeta con fuerza, como si tocarmela piel en la vida real fuera lo único que lo mantenía en pie.

—Comprobaré si es cierto... Alana —murmuró en un susurro casi inaudible para los demás, usando mi nombre sin el "señorita" por primera vez frente a todos.

A su lado, Mateo se tensó de inmediato, dando un paso al frente con la mandíbula apretada.

Alexander dio media vuelta sin decir más, pero la forma en que me miró antes de marcharse me dejó claro que, aunque mi fantasía nocturna se hubiera apagado... la tormenta en la vida real apenas comenzaba.

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