**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 18 Rosas para mi reina
—Nicolás.
—Sí, señor.
Nicolás era la mano derecha de Adrián, su hombre de confianza y una de las pocas personas que podían permanecer a su lado sin sentir la necesidad de medir cada palabra que pronunciaban. Llevaba años trabajando para él y conocía perfectamente su carácter.
Si Adrián daba una orden, Nicolás se encargaba de cumplirla.
Si Adrián guardaba silencio, Nicolás aprendía a no hacer preguntas innecesarias.
Y si Adrián sonreía mientras daba una orden, lo más sensato era asegurarse de que nadie hubiera cometido un error imperdonable.
—¿Está todo listo? —preguntó Adrián.
—Sí, señor. El personal está preparado y la seguridad de la propiedad ha sido reforzada. También hemos confirmado que el camino estará despejado.
Adrián asintió y tomó una fotografía que descansaba sobre su escritorio.
En ella aparecían Sofía y Zhener jugando juntas. Su pequeña hija tenía los brazos alrededor del cuello de su madre, mientras Zhener fingía que no podía soportar las cosquillas que le hacía la niña.
Ambas sonreían.
Adrián contempló la imagen durante unos segundos.
Una expresión de satisfacción suavizó sus facciones.
Aquellas dos mujeres eran su familia. Las únicas personas por las que estaba dispuesto a reorganizar su vida entera sin considerarlo una molestia.
—Bien. Ya que está todo listo, no perdamos el tiempo. Quiero ir con mi mujer y nuestra hija.
—Como ordene, señor.
Adrián guardó la fotografía en el bolsillo interior de su chaqueta y se levantó.
Tenía demasiados asuntos pendientes, demasiados enemigos y una lista interminable de personas que esperaban algo de él.
Pero nada de eso le interesaba en aquel momento.
Zhener estaba de vacaciones.
Sofía estaba con ella.
Y él había decidido que era hora de reunirse con sus dos personas favoritas.
El viaje transcurrió sin inconvenientes durante la primera hora.
Adrián revisaba algunos mensajes en su teléfono mientras Nicolás conducía. En el asiento delantero, otro de sus hombres vigilaba la carretera.
Entonces llegó un informe.
Nicolás leyó el mensaje que acababa de recibir y su expresión cambió.
—Señor.
Adrián levantó la mirada.
—Habla.
—Me informan que varios hombres están vigilando los movimientos de la señora.
El ambiente dentro del vehículo cambió de inmediato.
Adrián dejó el teléfono sobre su pierna.
—¿Los mismos que teníamos identificados?
—Todavía estamos confirmándolo. Sin embargo, parecen estar relacionados con la filtración de información que descubrimos en la mansión.
Adrián miró por la ventanilla.
No necesitaba demasiadas explicaciones para comprender lo que estaba sucediendo. Su cuñada había decidido continuar con sus juegos y, aparentemente, había contratado a personas que no sabían cuándo detenerse.
Su mandíbula se tensó.
—¿Han conseguido acercarse a Zhener?
—No, señor. Nuestros hombres los detectaron antes.
Adrián permaneció en silencio unos segundos.
Después, volvió la cabeza hacia Nicolás.
—Que los entierren vivos en el jardín.
Nicolás no mostró sorpresa.
—¿En qué propiedad, señor?
—En esta.
—Entendido.
Adrián regresó la mirada a la carretera.
—Y quiero saber quién les pagó. No pienso permitir que nadie siga a mi mujer como si fuera una presa.
—Me encargaré personalmente.
La conversación terminó ahí.
Para Adrián, el asunto estaba resuelto.
Ahora solo tenía que llegar a la playa, abrazar a Zhener y averiguar por qué demonios su mujer seguía enviándole fotografías de bebidas en lugar de fotografías de ella.
Porque, sinceramente, aquello último le parecía una falta de consideración.
—¡Mamá, mira! ¡Una concha!
Sofía levantó su pequeño tesoro con ambas manos.
Zhener se agachó para examinarlo.
—¡Es preciosa, mi amor! Podemos llevarla a casa y guardarla en tu habitación.
—¿Y papá?
—Papá puede comprarte una playa entera si se lo pides.
La niña abrió mucho los ojos.
—¿Una playa entera?
—No le des ideas —intervino Adrián detrás de ellas.
Zhener se volvió con una sonrisa.
—¡Cariño!
Adrián apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que ella se acercara para abrazarlo.
Él la estrechó contra su pecho y le besó la frente.
—¿Me extrañaste, preciosa?
—Muchísimo.
—¿Más que a la comida?
Zhener se separó lo suficiente para mirarlo con indignación.
—No arruines nuestro reencuentro haciendo preguntas estúpidas.
Adrián soltó una carcajada.
—Te extrañé también.
La besó suavemente antes de agacharse para recibir el abrazo de Sofía.
La niña se lanzó a sus brazos y él la levantó sin esfuerzo.
—¡Papá!
—Mi princesa.
—¡Mamá dijo que puedes comprarme una playa!
Adrián miró a Zhener.
Ella levantó las manos, fingiendo inocencia.
—No dije eso exactamente.
—¿Ah, no?
—Dije que podías comprarla si ella te lo pedía.
Adrián volvió la mirada hacia su hija.
—¿Quieres una playa, princesa?
Sofía asintió con entusiasmo.
—¡Sí!
—Entonces tendrás que conformarte con esta por hoy.
La pequeña rio y le rodeó el cuello con los brazos.
Zhener contempló la escena con una sonrisa satisfecha.
Aquel hombre podía ser un monstruo para el resto del mundo, pero con Sofía tenía una paciencia que ella jamás habría imaginado cuando lo conoció.
Y, aunque nunca lo admitiría delante de él, verla así le derretía el corazón.
Pasaron la tarde caminando por la playa, construyendo castillos de arena y persiguiendo pequeñas olas.
Adrián dejó que Sofía lo enterrara hasta las rodillas, soportó que Zhener le dibujara una cara ridícula en la arena junto a su mano y terminó comprándoles helados a ambas.
Durante unas horas, no hubo negocios, amenazas ni enemigos.
Solo risas.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, Zhener apoyó la cabeza en el hombro de Adrián.
—Deberíamos hacer esto más a menudo.
Él le besó el cabello.
—Podemos hacerlo cuando quieras.
—¿Incluso si tienes trabajo?
—El trabajo puede esperar.
Zhener sonrió, sin saber que él hablaba completamente en serio.
Para Adrián, ningún negocio era tan importante como regresar a casa y encontrarlas esperándolo.
Y ningún enemigo merecía más atención que el que intentara arrebatárselas.
Cuando regresaron a la propiedad, Sofía ya estaba medio dormida en brazos de su padre.
Zhener caminaba a su lado, entretenida contándole una historia sobre una turista que había confundido su bolso con el de otra persona.
Entonces vio movimiento en el jardín.
Varios hombres estaban trabajando junto a unos arbustos. La tierra estaba removida y uno de ellos llevaba una pala.
Zhener se detuvo.
—¿Qué hacen?
Adrián siguió su mirada.
Por un instante, Nicolás, que se encontraba a varios metros, dejó de moverse.
Adrián, en cambio, no mostró la menor inquietud.
—Están plantando flores, mi amor.
Zhener observó el terreno.
—¿A estas horas?
—Decidieron aprovechar el espacio antes de que llueva.
Ella pareció considerar la explicación y después sonrió.
—Ah, ya veo. ¿Qué van a plantar?
Adrián miró las rosas rojas que los jardineros habían colocado cerca de la entrada.
—Rosas.
Los ojos de Zhener se iluminaron.
—¡Me encantan las rosas rojas!
Adrián la contempló con una ternura que habría resultado desconcertante para cualquiera que conociera las órdenes que acababa de dar durante el viaje.
—¿Sí, mi reina?
—Sí. Son mis favoritas.
Él inclinó la cabeza y le besó la mejilla.
—No digas más, mi reina.
Después hizo una discreta señal con la mano.
Nicolás la vio y asintió inmediatamente.
Los hombres continuaron trabajando.
Zhener, completamente ajena a lo que ocurría, se acercó para acariciar una de las rosas.
—Quiero algunas en nuestra habitación.
—Tendrás todas las que quieras.
—¿Y en la sala?
—También.
—¿Y en el comedor?
Adrián arqueó una ceja.
—¿Piensas convertir mi casa en un jardín?
—Nuestra casa, cariño.
Él sonrió.
—Por supuesto. Nuestra casa.
Zhener volvió a tomarlo del brazo y entraron juntos, mientras Nicolás se quedaba atrás para supervisar que nadie cometiera errores.
Solo cuando la puerta se cerró, el hombre se permitió mirar hacia el jardín.
Debajo de la tierra removida no había semillas ni raíces esperando crecer.
Allí estaban enterrados los hombres que habían seguido a Zhener.
Adrián no quería que su mujer lo descubriera. No todavía.
No quería ver el miedo en sus ojos ni que comenzara a preguntarse de qué era capaz el hombre al que amaba.
Porque, aunque jamás fingiría ser un buen hombre, había algo que todavía deseaba conservar intacto.
La confianza de Zhener.
Y si podía evitar que ella conociera ciertas partes de su mundo, lo haría.
Nicolás observó las rosas rojas que adornaban el jardín y después miró hacia las ventanas iluminadas de la mansión.
La señora había dicho que le encantaban.
Su marido acababa de asegurarse de que aquel jardín estuviera lleno de ellas.
Zhener dormiría aquella noche creyendo que su esposo le había preparado una hermosa sorpresa.
Y Adrián se acostaría a su lado, la abrazaría por la cintura y le daría un beso de buenas noches, sin decirle que, bajo las rosas que tanto le gustaban, descansaban los hombres que habían cometido el imperdonable error de seguir a su mujer.
Porque Adrián podía tolerar muchas cosas.
Pero jamás permitiría que alguien confundiera su amor por Zhener con una debilidad.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción