La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
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Capitulo 20
El neón morado y azul de la entrada del bar "La Cueva" parpadeaba con un zumbido eléctrico molesto, proyectando sombras largas sobre el pavimento mojado del estacionamiento. Eran las diez de la noche de un viernes helado. El ruido de los bajos retumbando desde el interior del local hacía vibrar los cristales de las ventanas, trayéndome una ráfaga instantánea de recuerdos de una vida que ahora se sentía como si le hubiera pertenecido a otra persona en una dimensión completamente lejana.
Me quedé unos segundos parado frente a la puerta de cristal, vistiendo mi chamarra de mezclilla limpia y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Ahí dentro estaban reunidos varios antiguos compañeros de la facultad de economía, gente con la que solía pasar madrugadas enteras entre vasos rojos, risas vacías y conversaciones que no llevaban a ningún lado. Me habían escrito por la tarde a través de un grupo de mensajes que llevaba meses silenciado, insistiendo con mensajes entusiastas: "¡Vente un rato, Esteban! ¡Llevas siglos desaparecido con tu papel de papá perfecto! Vamos a revivir los viejos tiempos, las cervezas van por nuestra cuenta".
Respiré hondo, empujé la puerta y entré al recinto.
El olor denso a cerveza derramada, humo de cigarrillo electrónico y perfume barato me golpeó la nariz de inmediato. La música estaba tan alta que sentí una presión incómoda en los oídos. En la barra del fondo, recargados contra la barra de madera pegajosa, vi a Mateo y a Diego, dos de los chicos que solían organizar los viajes de fin de semana durante el primer año de carrera.
Al verme avanzar hacia ellos, Mateo abrió los ojos con sorpresa y soltó un grito eufórico por encima del volumen de las bocinas.
—¡No mames, el mismísimo Esteban Anderson en carne y hueso! —gritó Mateo, dándome un abrazo estrecho que olía a ron con cola, mientras Diego le pedía al barman un shot de tequila para cada uno—. ¡Sabíamos que no podías resistirte! Por fin dejaste los pañales en la casa para volver al club de los vivos. Tómate esto con nosotros, hermano, hoy se bebe hasta el amanecer como en los viejos tiempos.
Diego me extendió el vaso de caballito lleno de líquido transparente con una sonrisa confiada, esperando que lo tomara sin pensarlo dos veces.
Miré el vaso de cristal por un segundo. El reflejo de las luces de neón bailaba sobre la superficie del licor. Por un brevísimo instante, mi mente viajó hacia atrás, recordando la falsa ligereza de aquellas noches donde no había responsabilidades, ni cuentas por pagar, ni preocupaciones por el futuro. Pero esa ilusión duró exactamente un parpadear de ojos. La sensación de vacío y superficialidad que siempre venía después de esas noches me vino a la mente con una claridad aplastante.
Con una sonrisa tranquila y educada, levanté la mano abierta, negando despacio con la cabeza, y rechacé el vaso sin rozarlo.
—Les agradezco mucho la invitación, chicos, de verdad —dije con la voz firme pero calmada, hablando lo suficientemente alto para que me escucharan por encima del ruido—. Pero paso. Solo vine un momento porque me escribieron y quería saludarlos de frente, para que sepan que todo está bien.
Mateo frunció el ceño, confundido, y bajó el brazo lentamente.
—¿Cómo que pasas, Esteban? —preguntó Diego con una mueca de incredulidad despectiva—. Es solo una noche, viejo. No seas amargado. Tu hija seguro está dormida con tus papás. ¿Vas a volver a tu casa un viernes a las diez de la noche?
—Sí —respondí sin un solo segundo de duda, mirando a Diego directamente a los ojos con la seguridad de quien no tiene absolutamente nada que demostrar—. Me voy a mi casa. Mi hija me está esperando para su baño antes de dormir, y no cambio eso por nada de este lugar. Pasen una buena noche, muchachos. Nos vemos en el campus.
Sin esperar a que intentaran convencerme de nuevo o empezaran con las típicas burlas infantiles, me di media vuelta y caminé hacia la salida. Al empujar la puerta de cristal y salir a la calle, el aire fresco de la noche me limpió los pulmones. Subí a mi auto, encendí el motor y dejé atrás el humo, la música ensordecedora y los falsos festejos. Prefería mil veces el olor a talco, a jabón neutro y a crema de bebé que el olor a bar rancio. La tentación de "revivir los viejos tiempos" no era más que un fantasma sin valor; mi presente estaba en casa.
Quince minutos después, crucé la puerta principal de mi hogar. El silencio cálido y acogedor de la sala me recibió como un abrazo reconfortante.
Fui directo a mi habitación, donde mi mamá estaba terminando de preparar la tina de plástico azul con agua tibia sobre la mesa auxiliar. Isabella, sentada en el centro de mi cama con su pijama de ositos, gateó a toda velocidad hacia la orilla en cuanto me vio cruzar el marco de la puerta, agitando los brazos con una emoción desbordante.
—¡Papá! —chilló con su vocecita aguda, soltando una risa cristalina.
—Hola, mi vida... ya llegó papá —le dije con una sonrisa enorme que me nació desde el centro del alma, tomándola en brazos para llenarle las mejillas de besos mientras ella pataleaba de la felicidad.
Mi mamá me miró con una sonrisa complacida, tomó su bata de descanso y se despidió con un guiño antes de dejarnos a solas.
El resto de la noche se convirtió en nuestro momento sagrado. Metí a Isabella en la tina de agua tibia, y ella no tardó ni dos segundos en empezar a chapotear con las manos, haciéndome saltar gotas por todos lados y mojándome la playera por completo. Le lavé el cabello oscuro con champú suave, haciendo espuma con la que le formé un peinado cómico de piquitos en la cabeza, sacándole carcajadas que resonaban por toda la habitación. La sequé con una toalla suave de algodón, le puse talco en las piernas regordetas y la vestí con un mameluco limpio.
A la una de la mañana, la casa entera dormía profundamente, pero Isabella y yo seguíamos despiertos en medio de mi cama grande, iluminados únicamente por la luz dorada y tenue de la lámpara de noche.
La pequeña, con sus ocho meses y medio de pura curiosidad, estaba acostada sobre la espalda juguetando con una de mis manos. Me agarraba el dedo índice con sus dos manitas y intentaba llevárselo a la boca para rascarse las encías donde le estaban brotando sus pequeños dientecitos nuevos.
Me apoyé sobre un codo, quedando recostado a su lado, y la observé con detenimiento bajo la luz tenue.
Conforme pasaban los meses y la cara de recién nacida se disipaba, los rasgos de Isabella se habían vuelto infinitamente más claros y definidos. Ya no era un misterio a quién se parecía. Miré la forma redonda de sus ojos oscuros, la curva idéntica de sus cejas finas, la pequeña fosita que se le formaba en la mejilla izquierda cada vez que sonreía y hasta la manía de fruncir la nariz exactamente igual a como yo lo hacía cuando algo me daba curiosidad.
Era mi retrato hablado. Era una versión pequeñita, pura y hermosa de mí mismo.
Extendí la mano y le acaricié suavemente el cabello oscuro y suave, sintiendo una ola de amor inmenso y una paz absoluta inundándome el pecho.
—Eres igualita a mí, pequeña... no hay duda de eso —susurré con la voz temblorosa de la emoción, mirándola fijamente a los ojos.
Isabella soltó un pequeño suspiro cansado, soltó mi dedo y rodó hacia un lado, pegando su cabecita contra mi costado y buscando el calor de mi cuerpo para acomodarse. Cerró los ojitos despacio, manteniendo una pequeña sonrisa de tranquilidad pintada en sus labios rosados.
La rodeé con el brazo con mucho cuidado, trayéndola hacia mí para protegerla del frío de la madrugada. En el silencio de la habitación, escuchando su respiración constante y sintiendo los latidos de su corazón pegados al mío, comprendí que rechazar la fiesta de esa noche no había sido ningún sacrificio. Mi juventud no se había perdido entre paredes oscuras y copas de alcohol; mi juventud había encontrado su verdadero sentido allí mismo, en esa cama, cuidando de la persona que llevaba mi sangre, mis rasgos y mi corazón entero.