"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 2: La Mansión de los Lobos
El autobús me dejó a tres cuadras de la mansión Vance.
No podía permitirme llegar en la limusina que Alexander había enviado. Necesitaba tiempo. Tiempo para procesar lo que acababa de descubrir, tiempo para respirar, tiempo para pensar en un plan. Cada minuto que pasaba era un regalo que me daba a mí misma antes de sumergirme en la jaula dorada que sería mi hogar durante el próximo año.
Caminé despacio, sintiendo el peso de la ciudad sobre mis hombros. Las calles de Silver Creek eran un contraste extraño: edificios modernos de cristal y acero se alzaban junto a antiguos árboles centenarios, como si la naturaleza y la civilización hubieran firmado una tregua incómoda. Los lobos habían construido este lugar, lo habían moldeado a su imagen y semejanza, y los humanos que vivían aquí lo hacían bajo su protección... o su yugo, dependiendo de a quién le preguntaras.
Yo era ambas cosas. Humana y loba. Mestiza. Una aberración para algunos, una curiosidad para otros. Y ahora, la esposa del Alfa más poderoso de la región.
El sol se había puesto por completo cuando llegué a las rejas de hierro forjado que marcaban el límite de la propiedad Vance. Eran altas, intimidantes, coronadas por puntas afiladas que brillaban bajo la luz de las farolas. Más allá, un camino de grava serpenteaba entre árboles podados con precisión militar, conduciendo hacia una mansión que parecía sacada de una novela gótica.
La casa era enorme. Tres pisos de piedra gris y ventanales iluminados, con torres en las esquinas y balcones de hierro que se asomaban como gárgolas vigilantes. Un jardín cuidadosamente diseñado se extendía frente a la fachada, con rosas rojas que parecían gotas de sangre contra la oscuridad.
Me detuve frente al timbre, mi mano temblando ligeramente. Podía sentir las feromonas de los lobos que patrullaban la propiedad, marcando su territorio, advirtiendo a cualquier intruso que se atreviera a acercarse. Eran fuertes, dominantes, y mi loba interior, aún adormilada por el supresor, se removió inquieta.
Antes de que pudiera tocar el timbre, la reja se abrió con un zumbido mecánico.
—Bienvenida a casa, señora Vance.
Un mayordomo de mediana edad me esperaba al otro lado, vestido con un traje impecable y una expresión neutra que no revelaba nada. Era humano, noté con cierto alivio. Al menos alguien en esta casa no podía oler mis emociones.
—Gracias —murmuré, cruzando el umbral.
El mayordomo, que se presentó como Thomas, me guio por el camino de grava hacia la entrada principal. Mientras caminábamos, no pude evitar mirar hacia atrás, hacia la reja que acababa de cerrarse a mis espaldas. El sonido del metal al encajar fue definitivo, como el cierre de una tumba.
La puerta principal se abrió antes de que llegáramos, revelando un vestíbulo de proporciones catedralicias. Un candelabro de cristal colgaba del techo abovedado, proyectando prismas de luz sobre el suelo de mármol blanco y negro. Retratos de lobos antiguos adornaban las paredes, sus ojos pintados parecían seguirme mientras avanzaba.
—El Alfa Vance ha dispuesto que se le muestre su habitación —dijo Thomas, su voz ecoando en el espacio vacío—. La cena se servirá en el comedor principal a las ocho. Se espera su presencia.
—¿Se espera? —repetí, incapaz de ocultar el tono amargo en mi voz.
Thomas no respondió. Simplemente me condujo hacia una escalera de caracol que subía hacia el segundo piso. Mientras subíamos, no pude evitar fijarme en los detalles de la casa: los jarrones de porcelana china, las alfombras persas, las esculturas de bronce que representaban lobos en diversas poses. Todo era opulento, frío, calculado para impresionar. No había calidez en esta casa. No había amor.
Finalmente, Thomas se detuvo frente a una puerta doble al final de un pasillo largo.
—Estos serán sus aposentos, señora. El Alfa Vance ocupa el ala opuesta de la casa. —Hizo una pausa, como si sopesara sus siguientes palabras—. Si necesita algo, puede usar el intercomunicador junto a la cama. Una doncella vendrá a atenderla.
—¿Una doncella? —Pregunté, arqueando una ceja.
—Sí, señora. El Alfa ha asignado a una sirvienta personal para usted. Se llama Marta. Llegará mañana por la mañana.
Asentí, sin saber qué más decir. Thomas abrió las puertas y me dejó sola en lo que sería mi habitación durante el próximo año.
Era... hermosa. No podía negarlo.
Una cama king-size dominaba el centro de la habitación, vestida con sábanas de seda color marfil y una colcha de terciopelo azul medianoche. Grandes ventanales daban a un balcón privado con vistas al jardín trasero y, más allá, a los bosques que rodeaban la propiedad. Un tocador de madera oscura con un espejo de cuerpo entero ocupaba una pared, mientras que un sofá de terciopelo y una chimenea de mármol creaban un rincón acogedor junto a la ventana.
Pero lo que realmente captó mi atención fue la puerta que había al fondo de la habitación. La abrí lentamente, revelando un baño privado igualmente lujoso, con una bañera de hidromasaje, una ducha de lluvia y espejos por todas partes.
Cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama, sintiendo cómo el colchón se hundía bajo mi peso. El silencio de la casa era ensordecedor. Ni un solo ruido, ni una sola voz. Solo el latido de mi corazón y el débil eco del segundo latido que crecía dentro de mí.
Me llevé una mano al vientre.
—¿Qué voy a hacer con nosotros? —susurré al vacío.
La respuesta no llegó.
Me levanté y caminé hacia el balcón. El aire nocturno era fresco, limpio, con un leve aroma a pino y tierra húmeda. Cerré los ojos, permitiéndome por un momento olvidar dónde estaba, quién era, qué me esperaba.
Fue entonces cuando lo oí.
Un aullido. Lejano, pero inconfundible. Provenía de los bosques más allá de la propiedad. Era un sonido profundo, melancólico, lleno de una soledad que resonó en mi pecho como un eco familiar.
Mi loba interior se estremeció, y por un instante, sentí el impulso irracional de responder. De aullar de vuelta, de unirme a esa voz en la oscuridad.
Me aferré a la barandilla del balcón, obligándome a respirar. No podía permitirme eso. No podía dejar que mi naturaleza me delatara. El supresor de feromonas que llevaba puesto desde hacía años mantenía mi loba dormida, pero no la hacía desaparecer. Y con el embarazo, todo era más complicado. Mi cuerpo estaba cambiando, mis hormonas alterándose. ¿Cuánto tiempo más podría mantener el engaño?
El aullido se repitió, más cerca esta vez. Y luego otro, y otro. Una manada. Los lobos de la Sangre de Acero, patrullando su territorio.
Me alejé del balcón y cerré las puertas corredizas, asegurándome de echar el pestillo. No serviría de nada contra un lobo determinado, pero me hacía sentir mejor.
Miré el reloj en la mesita de noche. Las siete y media. Tenía treinta minutos antes de la cena.
Treinta minutos antes de verlo de nuevo.
Mi estómago se revolvió, y no solo por las náuseas matutinas que ahora parecían durar todo el día. Era miedo. Miedo puro y primitivo. Alexander Vance era un depredador, y yo acababa de entrar voluntariamente en su guarida.
Pero mientras abría el armario y descubría un vestuario completo que alguien había preparado para mí —vestidos de diseñador, zapatos de tacón, joyas que valían más que todo lo que mi familia adoptiva había poseído en su vida—, algo dentro de mí se endureció.
No iba a ser una víctima.
Me quité la ropa de trabajo y me metí en la ducha, dejando que el agua caliente me limpiara el sudor y el cansancio del día. Mientras el vapor llenaba el baño, repasé mentalmente todo lo que sabía sobre Alexander Vance.
El CEO de Vance Enterprises, el conglomerado más poderoso de Silver Creek. Controlaba sectores enteros: tecnología, bienes raíces, energía. Su fortuna era incalculable, su influencia, ilimitada. Pero lo que lo hacía verdaderamente peligroso no era su dinero, sino su posición como Alfa de la Manada Sangre de Acero. Una de las manadas más antiguas y respetadas de la región, conocida por su brutalidad en los negocios y su lealtad inquebrantable a su líder.
Había rumores sobre él. Que había ascendido al poder tras la muerte misteriosa de su padre. Que había repudiado a su propia madre, desterrándola de la manada cuando él tenía apenas dieciséis años. Que no había conocido el amor, solo la ambición.
Y ahora, ese hombre era mi esposo.
Salí de la ducha y me sequé con una toalla suave como una caricia. En el espejo, mi reflejo me devolvió la mirada. Ojos verdes, grandes, con largas pestañas. Piel clara, casi pálida bajo la luz fluorescente. Cabello castaño oscuro, húmedo y pegado a mi rostro. Un rostro que no llamaba la atención, que no gritaba "loba poderosa". Un rostro que había aprendido a ser invisible.
Pero había algo diferente en mis ojos esta noche. Algo que no había estado allí antes.
Determinación.
Me vestí con uno de los vestidos que encontré en el armario. Un modelo sencillo, de color verde esmeralda, que caía hasta las rodillas y se ajustaba a mi cintura de manera favorecedora. No era llamativo, pero tampoco mediocre. Era... apropiado. Para la esposa de un CEO, para la Luna de una manada.
El pensamiento me hizo sonreír con amargura. Luna. Ni siquiera era un nombre, era un título. Un recordatorio de mi lugar en el universo de Alexander Vance.
Me miré en el espejo de cuerpo entero, evaluando mi apariencia. El vestido me quedaba bien, pero había algo en mi postura que no me gustaba. Los hombros caídos, la mirada baja. La postura de una sumisa.
Enderecé la espalda. Levanté la barbilla. Forcé mis ojos a mirar directamente al espejo, sin vacilar.
—No eres una víctima —me dije en voz alta—. Eres una cazadora. Y los cazadores esperan.
El intercomunicador junto a la cama zumbó.
—Señora Vance, la cena está servida.
La voz de Thomas, neutral como siempre.
Respiré hondo. Un último vistazo al espejo. Una última mirada a la mujer que había sido.
Y salí de la habitación.
El comedor principal estaba en la planta baja, al final de un pasillo adornado con tapices que representaban escenas de caza. Lobos persiguiendo ciervos, lobos luchando entre sí, lobos aullando a una luna llena. La historia de mi especie, contada en hilo y seda.
Las puertas dobles estaban abiertas, y desde el umbral pude ver la mesa. Era larga, capaz de sentar a veinte personas, pero solo había dos lugares puestos: uno en la cabecera, y otro a la derecha de este.
Alexander ya estaba sentado.
Llevaba un traje gris oscuro, sin corbata, con la camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto sus facciones angulosas, su mandíbula fuerte, sus ojos grises que se posaron en mí en cuanto entré.
No sonreía. No se levantó. Solo me observó acercarme, con la intensidad de un depredador evaluando a su presa.
—Llegas tarde —dijo, cuando me detuve frente a la silla que me correspondía.
—Llegas temprano —respondí, antes de poder detenerme.
Sus ojos se entrecerraron. Por un momento, el silencio se espesó entre nosotros, cargado de algo que no supe identificar. Luego, algo que podría haber sido diversión cruzó por su rostro.
—Siéntate —ordenó, aunque su tono era menos cortante que antes.
Obedecí, deslizándome en la silla. La mesa estaba cubierta con un mantel de lino blanco y cubertería de plata. Un centro de mesa de rosas rojas —las mismas que había visto en el jardín— emanaba un aroma dulce que me revolvió el estómago.
—Espero que tu habitación sea de tu agrado —dijo Alexander, mientras un sirviente nos servía vino tinto en copas de cristal tallado.
—Es... generosa —respondí, eligiendo mis palabras con cuidado.
—Generosa —repitió, como si saboreara la palabra—. Es una forma interesante de describirla.
Levantó su copa y bebió, sus ojos nunca abandonando los míos. Había algo en su mirada que me hacía sentir desnuda, vulnerable. Como si pudiera ver a través de mis capas, de mis mentiras, de mis secretos.
—¿Tienes algo que decirme, Elena? —preguntó de repente.
Me sobresalté. Era la primera vez que usaba mi nombre. No "Luna". No "señora Vance". Elena.
—¿A qué te refieres? —pregunté, manteniendo mi voz firme.
—A esta noche. A nuestra... situación. —Dejó la copa sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Firmaste un contrato sin leerlo completo. No preguntaste por los términos. No negociaste. Simplemente... aceptaste.
—No tenía opción —dije, y el amargor de la verdad me quemó la lengua.
—Todos tenemos opciones —respondió, su voz baja y profunda—. La cuestión es si estamos dispuestos a pagar el precio.
No supe qué responder a eso. Afortunadamente, no tuve que hacerlo. Los sirvientes trajeron la primera entrada: una sopa de calabaza con crema y semillas de calabaza tostadas. El aroma era delicioso, pero mi estómago protestó. Respiré profundamente y tomé la cuchara, forzándome a comer.
—¿No tienes apetito? —preguntó Alexander, observándome.
—Estoy... nerviosa —admití, lo cual era cierto, aunque no por las razones que él podía imaginar.
—No tienes por qué estarlo. No voy a hacerte daño.
Sus palabras eran tranquilizadoras, pero su tono no. Había algo en su voz, una promesa oscura, que me hizo dudar.
—¿Y qué vas a hacerme, entonces? —pregunté, mirándolo directamente a los ojos.
Él sonrió. Fue una sonrisa lenta, depredadora, que no llegó a sus ojos.
—Nada que no hayas aceptado ya.
El resto de la cena transcurrió en un silencio incómodo, roto solo por el tintineo de los cubiertos y las preguntas superficiales sobre mi día. Alexander parecía más interesado en observarme que en comer, y yo me sentía como un espécimen bajo un microscopio.
Cuando terminamos el postre —un pastel de chocolate que apenas toqué—, Alexander se levantó.
—Te acompañaré a tu habitación.
—No es necesario —dije rápidamente, levantándome también—. Puedo encontrar el camino.
—Insisto.
Su tono no dejaba lugar a discusión. Caminamos juntos por el pasillo, en silencio, nuestras pisadas resonando en el mármol. Podía sentir su presencia a mi lado, el calor de su cuerpo, el aroma profundo de su feromona Alfa. Mi loba interior se removió, y tuve que apretar los puños para mantenerla bajo control.
Frente a la puerta de mi habitación, Alexander se detuvo. Se giró hacia mí, y por un momento, pensé que iba a decir algo. Algo importante. Algo que cambiaría todo.
Pero no lo hizo.
—Descansa, Elena —dijo simplemente—. Mañana empezaremos con los preparativos de la boda.
Y se fue, dejándome sola en el pasillo, con el corazón latiéndome desbocado y la mente llena de preguntas sin respuesta.
Entré en mi habitación y cerré la puerta con llave. Me apoyé contra ella, dejándome resbalar hasta el suelo, y finalmente permití que las lágrimas que había estado conteniendo cayeran libres.
No era por miedo. No era por tristeza.
Era por rabia.
Rabia hacia Alexander, hacia su familia, hacia el mundo que me había tratado como una mercancía. Rabia hacia mí misma por haber aceptado, por haber creído que no tenía otra opción.
Pero mientras lloraba, algo dentro de mí seguía removiéndose. Algo antiguo. Algo feroz.
Mi loba.
Y en lo más profundo de mi ser, una voz —mi voz— susurró una promesa:
Esto no es el final. Es el principio.
Me levanté del suelo, me sequé las lágrimas y caminé hacia el balcón. La luna llena brillaba en el cielo, bañando los bosques en plata. En algún lugar, un lobo aulló.
Esta vez, no me contuve.
Abrí la boca y, por primera vez en años, dejé que mi loba hablara.
El aullido que escapó de mi garganta no era humano. Era salvaje, poderoso, lleno de una fuerza que había estado dormida durante demasiado tiempo. Resonó en la noche, desafiando a la oscuridad, desafiando a la manada, desafiando a Alexander Vance.
Cuando terminó, el silencio que siguió fue absoluto.
Y luego, desde algún lugar de la mansión, oí un segundo aullido. Más profundo. Más poderoso. Una respuesta.
Alexander.
Sonreí, a pesar de las lágrimas que aún brillaban en mis mejillas.
El aullido que escapó de mi garganta no era humano. Era salvaje, poderoso, lleno de una fuerza que había estado dormida durante demasiado tiempo. Resonó en la noche, desafiando a la oscuridad, desafiando a la manada, desafiando a Alexander Vance.
Cuando terminó, el silencio que siguió fue absoluto.
Y luego, desde algún lugar de la mansión, oí un segundo aullido. Más profundo. Más poderoso. Una respuesta.
Alexander.
Sonreí, a pesar de las lágrimas que aún brillaban en mis mejillas. Que sepa que estoy aquí. Que sepa que no soy tan sumisa como cree.
Pero lo que no sabía —lo que ninguno de los dos sabía— era que alguien más nos había oído. Alguien que había estado esperando. Alguien que, en algún lugar de las sombras, sonrió.