Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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La casa de los secretos
El alta de Chloe Casamayor estaba firmada. Ángela leyó el documento dos veces antes de guardarlo en su bolso de diseño. No porque tuviera dudas. Ella rara vez las tenía. El neurólogo había explicado la situación con una serenidad casi cruel, como solo podía hacerlo alguien acostumbrado a comunicar diagnósticos para los que no existía una verdadera cura. Chloe había quedado atrapada dentro de su propio cuerpo. La conciencia permanecía intacta. Comprendía lo que ocurría a su alrededor, reconocía las voces, podía pensar, recordar y sentir, pero su cuerpo había perdido prácticamente toda capacidad de movimiento voluntario. Apenas podía comunicarse mediante movimientos oculares y un patrón de parpadeos previamente establecido.
Una prisión de carne. Eso había dicho Ángela para sí misma al escucharlo y era perfecto. Tuvo que hacer un verdadero ejercicio de autodominio para no sonreír de puro deleite. El especialista había hablado de un cuadro neurológico compatible con un estado de síndrome de cautiverio, una condición extraordinariamente rara en la que las funciones cognitivas pueden conservarse mientras la persona queda casi completamente paralizada. No era un coma. No era una inconsciencia. Tampoco era demencia. Chloe estaba allí. Encerrada y lo sabía.
-Lo más importante ahora es establecer un sistema de comunicación fiable. -había explicado el médico. -Un parpadeo para sí, dos para no. Después podemos trabajar con un código alfabético mediante movimientos oculares. Debemos darle tiempo. Nunca deben asumir que porque no puede responder, no comprende. -Ángela había asentido.
-¿Y el tratamiento? -el neurólogo había suspirado.
-Depende de la causa y de cuánto daño neurológico exista. En su caso fue por un trauma encéfalo craneal a causa del accidente aéreo. Es un milagro que todavía esté viva. Ángela pensó "-bicho malo nunca muere", pero no lo dijo. En cambio siguió observando al médico con la expresión de una hija atenta que deseaba el bienestar de su progenitora. El hombre seguía hablando. Ella prestó atención.- Tenemos que hablar de tratamiento de soporte y rehabilitación. Fisioterapia pasiva diaria para evitar contracturas y rigidez, cambios frecuentes de posición para prevenir úlceras por presión, vigilancia respiratoria, control de la deglución y nutrición adecuada. Si no puede tragar de forma segura, necesitaremos valorar una vía alternativa de alimentación. También terapia respiratoria y vigilancia de infecciones. -hizo una pausa antes de añadir. -Y necesitará atención psicológica. -Ángela levantó los ojos.
-¿Psicológica?
-Su madre conserva la conciencia. Imagine despertar cada mañana sabiendo exactamente quién es, dónde está y lo que quiere hacer, pero sin poder levantar una mano para pedir un vaso de agua. Con el tiempo, eso puede convertirse en una experiencia psicológicamente devastadora. -no hacía falta que se lo explicara. Una prisión carnal. Eso era y Ángela tuvo que contenerse nuevamente para no soltar una carcajada de alegría. -el médico continuó. -Necesitará estímulos, compañía, rutinas. Hablarle aunque no pueda contestar. Explicarle cada procedimiento antes de realizarlo. Darle opciones siempre que sea posible. No tratarla como si estuviera ausente y sobre todo, un entorno seguro. -Ángela recordó perfectamente aquella última palabra. Seguro. La había guardado. Porque algunas palabras podían convertirse en armas cuando se encontraban en las manos adecuadas.
-Doctor disculpe mi impertinencia, pero comprenderá que para mí es devastadora la tragedia a la que sobrevivo. Mi padre ha fallecido y mi madre ha quedado destrozada hasta este extremo. Por favor no tengo la mente clara. Las emociones ahora mismo nublan mi juicio. Pudiera usted ser tan amable de repetirme todas las indicaciones que acaba de darme a esta grabadora. Es para no olvidarme ningún detalle. -el Doctor la miró con compasión y accedió. Mientras él hacía lo que ella le había pedido Ángela recordaba palabra a palabra las últimas indicaciones "Necesitará estímulos, compañía, rutinas. Hablarle aunque no pueda contestar. Explicarle cada procedimiento antes de realizarlo. Darle opciones siempre que sea posible. No tratarla como si estuviera ausente y sobre todo, un entorno seguro."
Contuvo las desesperantes ganas de estallar en Carcajadas. Claro que se aseguraría de que Chloe Casamayor obtuviera exactamente lo indicado por el neurólogo, ahora eso sí. No garantizaba que fuera seguro. Por lo menos no para aquella mente y su alma culpable. La hora de su revancha había llegado y no podía estar más feliz. Cuando Alexander descubrió que Chloe no iría a la mansión Ríos, frunció el ceño.
-¿La vas a llevar a Casamayor? -Ángela estaba de pie junto a la ventana de la sala hospitalaria, observando cómo los empleados terminaban de organizar el vehículo que trasladaría a su madre.
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque es su casa. -Alexander soltó una risa breve, sin humor.
-No me parece una razón suficiente. -ella giró lentamente la cabeza.
-El especialista considera que necesita un ambiente familiar tranquilo. ¿Tenemos eso en casa, cariño?
-Touché. -dijo Alexander.
-Precisamente. -recalcó ella. Alexander la observó unos segundos. Había aprendido que cuando Ángela respondía demasiado rápido, normalmente ya había pensado diez pasos más allá.
-¿Hay algo más? -ella sostuvo su mirada.
-Siempre tiene que haber algo más contigo, ¿verdad? -dijo ella burlona.
-Contigo, sí. -replicó Alexander con cierto enfado. Aquello consiguió arrancarle una sonrisa pequeña glacial, para nada cálida. Una de esas que parecían decir que acababa de encontrar una pieza interesante en un tablero.
-Mi madre necesita seguridad. -respondió. -Tiene que estar rodeada de objetos conocidos. Su habitación. Sus fotografías. Sus recuerdos. Sus empleados. Todo aquello que le resulte familiar. -no era mentira. Esa era precisamente la clase de mentira que Ángela prefería. Las que contenían suficiente verdad para sobrevivir a cualquier interrogatorio. -No lo digo yo. Lo dijo el médico. Discútelo con él. Además. -continuó. -En el hospital insistieron en que alguien debe supervisar su cuidado permanentemente. Ya he contratado personal.
Alexander entrecerró los ojos.
-¿A quién?
-Un enfermero.
-Claro un hombre. ¿Por qué no me sorprende?¿Nombre?
-Daniel. -la respuesta llegó demasiado limpia.
-¿Daniel qué? -Ángela se volvió completamente hacia él.
-Daniel Moreau. Recién graduado. Tiene competencia en cuidados neurológicos y estará bajo supervisión de una cuidadora con años de experiencia. Aquello era cierto. Excepto por el nombre. El hombre que ya los esperaba en la mansión Casamayor no se llamaba Daniel Moreau. Se llamaba Owen Hale y era su hermano y hasta ese momento, muy pocas personas en el mundo sabían siquiera que existía. Ángela sí. Serguei Hale su padre también y su madre estaba siendo atormentada deliciosamente con su presencia y eso era suficiente.
Cuando el automóvil se detuvo frente a la mansión Casamayor, Chloe permaneció inmóvil sobre la camilla. Sus ojos recorrieron lentamente la fachada. Las columnas. Las ventanas. El jardín. La escalinata. Su hogar. Durante décadas, aquel lugar había sido un reino construido a su medida, con mentiras, uñas y dientes y ahora regresaba a él como prisionera de su propio cuerpo. Unas lágrimas escaparon sin que ella pudiera detenerlas. Ángela permaneció a su lado.
-Ya estamos en casa, mamá. -los ojos de Chloe se movieron. Rápidamente. Después se detuvieron sobre el rostro de su hija. Ángela sonrió. -Sí. Aquí. -se acercó a su oído para que solo ella la escuchara. -Tu hijo, el que abandonaste te espera adentro. ¿A qué no estás contenta verdad? -Chloe parpadeó dos veces. "No". La respuesta era clara. Ángela inclinó ligeramente la cabeza. -Me alegra que te guste.
Aquello era casi cruel. Porque Chloe no había dicho que le gustara. No podía. Ángela simplemente había decidido interpretar su parpadeo como le convenía. Entonces apareció Owen fingiendo ser Daniel. Estaba muy apuesto vestido con uniforme sanitario, el cabello cuidadosamente arreglado y una expresión profesional que ocultaba perfectamente quién era. Alexander parpadeó con incredulidad. Era como si un rayo lo hubiese alcanzado de repente. Aquel chico tenía apenas unos veinte años. Alexander no supo en qué momento exacto dejó de escuchar lo que el chico decía. Quizá fue cuando este extendió la mano para presentarse.
-Daniel, Daniel Moreau mucho gusto. -su voz era grave, aterciopelada, con acento ligeramente británico, limpia y cálida a la vez, le rozó algo por dentro a Alexander que no tenía nombre. Aturdido le estrechó la mano y sintió los dedos largos, la piel tibia y por un segundo absurdo se olvidó de que Ángela estaba a su lado, de que aquel muchacho era apenas un empleado recién contratado, de que le sacaba fácilmente unos diez años. Todo en él le resultaba hipnótico. La línea de la mandíbula, el modo en que el pelo oscuro le caía sobre la frente. Esos ojos brillantes y profundamente azules como un mar Mediterráneo, la manera despreocupada de inclinar la cabeza al escuchar, incluso el gesto mínimo de pasarse la lengua por el labio antes de hablar.
Aquello era deseo fulminante, o no debería llamarlo así, pero el cuerpo se le tensó entero y la boca se le secó. Una vergüenza caliente le subió desde el estómago cuando se sorprendió siguiéndole el movimiento de las manos, imaginando cosas que no debía. "-Es un chico muy joven -se repitió internamente. "-Es un maldito chico inocente." Pero la frase mental no le sirvió de nada, porque su corazón al parecer tenía gusto por la acrobacia y le latía como si acabara de reconocer algo que llevaba años esperando. Alexander, a sus veintisiete años con una esposa que odiaba y una vida desordenada, se sintió de pronto sucio, torpe y completamente perdido. Se concentró obligándose a corresponder al saludo todavía con aquella mano entre las suyas.
-Alexander Ríos. El placer es todo mío. -Owen que de inocente no tenía nada. Se percató inmediatamente de la mirada de su cuñado. Esto iba a ser divertido. Travieso acarició con la yema de sus dedos la palma de Alexander enviándole a través de las conexiones nerviosas un mensaje inequívoco y para rematar dijo mirándolo con una sonrisa seductora.
-El placer es todo mío señor. -todo era insinuante. Los ojos. La línea de la mandíbula. Ángela se acercó.
-¿Qué ocurre? -sus ojos se clavaron en Owen. Él permaneció inmóvil. Profesional. Correcto. Un extraño. Un enfermero. Un desconocido. Chloe miraba horrorizada porque podía gritar dentro de su cabeza. Podía rogar, maldecir, recordar, pero no podía levantarse, ni señalarlos o exponerlos. No podía hacer absolutamente nada. Owen caminó detrás de ellas por el largo corredor. El hijo al que Chloe había condenado a existir en las sombras ahora recorría libremente los pasillos que ella había utilizado durante toda su vida para gobernar a los demás. Aquello era poesía. Una cruel, pero poesía al fin.
Chloe sabía que Ángela la odiaba desde los doce años. No había ocurrido en un solo día. Los monstruos rara vez nacían de una sola herida. Se fabricaban lentamente. Con pequeñas crueldades repetidas hasta que el corazón aprendía a vivir dentro de ellas. Quizás debió hacer algo cuando aquello sucedió, pero no lo hizo. Solo le había dicho a su hija recién violada por su amante de turno.
-¿Quieres sobrevivir en este mundo? Pues más vale que te calles lo ocurrido. -Ángela no había respondido. Se había quedado llorando tirada en el piso con la ropa hecha jirones y el cuerpo ensangrentado, adolorido por la violencia a la que fue sometida. Ella se había acercado a su amante y lo distrajo con un beso y palabras empalagosas delante de su hija. Aquel estúpido creyó que no habría consecuencias. Ella lo había apuñalado en el mismo corazón. Después se viró hacia su hija y la miró con desprecio, pues Ángela había dejado de llorar, pero se veía aterrorizada y la miraba como si no la reconociera.
-Ángela aprende algo. Las personas existen para ser útiles. Cuando dejan de serlo, se reemplazan. Si cuentas lo que sucedió aquí tú serás la más perjudicada. -aquella frase se quedó dentro de ella. Después vinieron otras. Chloe le enseñó que el afecto era una debilidad. Que pedir perdón era perder poder. Que el miedo era más eficaz que el cariño. Que un apellido valía más que una persona. Incluso la obligó a esconder el cadáver de aquel hombre con sus propias manos.
-Para que te hagas dura. En el futuro tendrás que deshacerte de más escoria como esta. Dejaré que te recuperes lejos para que nadie te vea en ese estado. -pero la herida definitiva llegó un año después. Ángela tenía para entonces trece años y había sobrevivido bastante bien aunque en silencio a su violación. Incluso justificaba a su madre diciendo que solo la estaba ayudando a ser fuerte. No había vuelto a llorar nunca más. No hasta esa noche. Su padre estaba en un viaje de negocios y su madre la había llevado a un resort. Había dos socios. Al principio hablaron de negocios, después su madre le dio a beber. Ángela no tenía tolerancia al alcohol y vomitó hasta el alma.
-No pasa nada cariño. -era mentira. Su madre se había levantado y la había dejado con aquellos hombres que tenían casi la edad de su padre. Solo le había dicho antes de cerrar la puerta. -Aprende a dar placer a los hombres Ángela, porque ese es su momento más vulnerable.
No olvidó esa noche nunca. Su madre le había dicho una verdad. Los hombres eran vulnerables con el sexo, pero ella era solo una niña que no tenía porque sufrir esa vejación moral. Aquella noche Ángela lloró durante horas. Porque finalmente comprendió algo que ningún niño debería descubrir. Su madre no la había querido. La había administrado y algo dentro de Ángela murió aquella noche. Después la prostituyó incontables veces para obtener información y Ángela la odiaba desde lo más profundo de su ser. Todo en aquella casa parecía construido sobre mentiras. Descubrió que Chloe llevaba años utilizando amenazas para controlar a hombres peligrosos, porque la información era poder. Había destruido relaciones, manipulado negocios y utilizado secretos familiares para conseguir lo que quería. Solo con su padre Ángela se sentía protegida, pero Chloe la llevaba con riendas corta, totalmente chantajeada.
Varias veces. Había querido asesinarla, denunciar ciertas cosas. Había intentado enfrentarse a Chloe y cada vez, ella encontraba una forma de destruirla. Dinero. Acciones. Amenazas. Reputación. Su padre. Finalmente, Ángela aprendió a callar hasta para ella misma. Su madre pensaba que la había moldeado, pero lo único que había creado era un monstruo que esperaba agazapado en las sombras, su momento y ese había llegado. Por eso encontró a Owen. El niño escondido. El hijo que Chloe había mantenido apartado del apellido Casamayor, porque su sola existencia acabaría con la suya. Por eso Ángela lo volvió su secreto. Su tesoro más importante. Le construyó otra vida lejos de ellas. Una vida que lo ocultaba y lo protegía. Ahora la poderosa Chloe estaba acostada en la habitación principal de la mansión Casamayor como una muñeca rota y a Ángela le parecía perfecto. Owen entró con una bandeja.
-Buenos días, señora Casamayor. -los ojos de Chloe se clavaron en él. Owen dejó la bandeja sobre la mesa. Se le acercó y le dijo en un susurro. -¿Necesita algo madre? Quizás agua o dolor. -eso último lo dijo mirándola a los ojos con tono profesional. Perfecto. Después se inclinó ligeramente. -Entonces empecemos con la acupuntura. He traído unas agujas de plata que son una belleza. ¿Las probamos? -Chloe parpadeaba frenética. Por primera vez en décadas, esta mujer acostumbrada a controlar cada habitación en la que entraba descubrió lo que significaba no poder hacer nada. Owen clavó la primera aguja. Una lágrima escapó de los ojos de su madre. Él sonrió.
-Este es precisamente el punto más doloroso madre. Mi trabajo es hacerla arrepentirse de sus pecados y también limpiar esta casa. Hasta el último rincón. Todos tus documentos, objetos y ropa me los apropiaré. Espero que estés de acuerdo. El testamento ya está redactado. No, no te asustes todavía tengo mucho tiempo para purificarte. -y le clavó otra aguja. Siguió hablando despreocupado. -No te preocupes tu secreto está a salvo. Entre Ángela y yo hemos destruido cada fotografía, cabellos, cepillos y rastros biológicos que comprometan a mi hermana. Ah y otra cosa mi padre te envía saludos. Incluso te preparó un regalo. Una asistenta doméstica especialista en limpieza profunda. Nos turnaremos para cuidarte.
Chloe por dentro estaba asustada hasta la muerte. Ahora viviría a merced de estos monstruos. Los tendría que ver caminar por su jardín, tocando y abriendo puertas que ella había mantenido cerradas. Respirando el mismo aire y sobre todo viéndolos. Todos los días. A cada hora. Sin poder apartarlos o expulsarlos. Sin gritar. Sin poder siquiera levantar una mano. Ángela entró una última vez en la habitación. Su madre la miró. Durante unos segundos, ninguna de las dos apartó los ojos. Ángela se acercó hasta quedar junto a la cama.
-¿Sabes qué es lo más curioso, mamá? Durante años pensé que tú eras la persona más poderosa que conocía. Me equivoqué. El poder no consiste en hacer que los demás obedezcan. Consiste en tener la libertad de decidir qué ocurrirá después. -se enderezó. -Y esa libertad ahora es mía. Esta noche te enviaré un par de amigos madre. Trátalos bien. -salió de la habitación. La puerta se cerró suavemente. Las lágrimas bañaban el rostro de Chloe. Owen las secó casi con ternura.
-Ahora me voy. Descansa, para que puedas atender a los invitados de mi hermana. -le dio un beso en la frente y salió también. Chloe Casamayor quedó completamente sola con sus recuerdos. Mientras, al otro lado de la casa, Owen caminaba por el mismo pasillo que durante toda su vida le había pertenecido únicamente en sueños. Ángela iba a su lado. Ambos comprendían que algunas venganzas no necesitaban sangre. Algunas solo necesitaban tiempo y una puerta abierta.