Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 6
—El cinturón.
La voz de Adrián le llegó tranquila, a un palmo de la cara.
Renata abrió los ojos. Adrián no la estaba besando. Estaba estirando el brazo por encima de ella para alcanzar el cinturón de seguridad, que ella no se había puesto, y lo jaló hasta abrocharlo con un clic seco antes de volver a su lugar y poner el carro en marcha como si nada.
—Si no te lo pones, no arranca —dijo—. Y no pensaba pasarme el semáforo peleando con la alarma.
Renata se quedó mirando el cinturón que le cruzaba el pecho, con la cara ardiéndole tanto que estaba segura de que se veía hasta en la oscuridad del carro.
Perfecto. Maravilloso. Cerraste los ojos como una quinceañera esperando un beso, y el hombre solo te estaba poniendo el cinturón.
Se quería morir. En serio, si en ese momento se hubiera abierto un hueco en el asiento, se habría tirado adentro con gusto. Cuarenta y tres años tenía. Cuarenta y tres. Había pedido el divorcio, había enterrado a un matrimonio de tres años, y ahí estaba, cerrando los ojos y frunciendo los labios como si Adrián fuera a besarla, cuando lo único que el pobre muchacho quería era no llevarse una multa.
Muchacho. Ese es exactamente el problema, Renata. Muchacho.
Se giró hacia la ventana para que él no le viera la cara, mirando las luces pasar sin verlas de verdad, y se puso a hacer las cuentas que llevaba evitando hacer.
Quince años. Adrián tenía veintiocho. Cuando ella entró por primera vez a esa casa a llorar sus penas de hija maltratada, él estaba aprendiendo a caminar. Cuando ella cumplió la mayoría de edad, él iba en primaria. Le había cambiado, casi con seguridad, un pañal alguna vez, o al menos le había dado la mamila, porque Ximena la arrastraba a cuidarlo cuando eran chicas. Le había dado la mamila al hombre por el que ahora se le aceleraba el pulso.
Renata se apretó el puente de la nariz con dos dedos.
Felicidades. De todas las estupideces que has hecho en la vida, y son muchas, esta se lleva el premio. Aun note divorcias de un hombre que te engañó con tu hermana, y en vez de aprender la lección y jurarte no volver a mirar a un hombre en diez años, vas y te embobas con el hermano de tu mejor amiga. Coherente, Renata. Muy coherente.
—¿En qué piensas? —preguntó Adrián, con los ojos en la carretera.
—En nada. —Salió demasiado rápido—. En lo idiota que fui estos tres años.
No era del todo mentira. Solo estaba usando una vergüenza para tapar la otra.
—No fuiste idiota. —Adrián lo dijo con una firmeza que la sorprendió—. Quisiste a alguien que no lo merecía. Eso no es ser idiota. Es haberte tocado el hombre equivocado.
Renata giró la cara hacia él, y lo encontró mirando fijo la carretera, con la mandíbula un poco tensa, como si él mismo se hubiera dado cuenta de que la frase había sonado a más de lo que quería.
—¿Y cuál sería el correcto, según tú? —preguntó ella, y apenas lo dijo se quiso morder la lengua, porque le salió con un tono que no había planeado, más bajo, casi coqueto.
Adrián apretó el volante. Tardó un segundo de más en contestar.
—No sé. —La voz le salió cuidada, medida, como todo lo que decía cuando ella estaba cerca—. Pero no ese.
El silencio que siguió se estiró incómodo, cargado, y Renata volvió a mirar por la ventana odiándose un poco más.
Ahí está. Le coqueteaste. A los cuarenta y tres, recién separada, borracha de resaca, le coqueteaste al hermano de Ximena en un carro. Si Ximena te viera. Si Ximena supiera lo que estás pensando, no te perdería como amiga, te perdería como familia, que es lo único que te queda en este mundo de mierda.
Porque eso era lo peor de todo. No era solo que Adrián fuera quince años menor. No era solo que fuera el hermanito que ella había ayudado a criar. Era que Adrián era de Ximena, y Ximena era la única persona en el planeta que la había querido sin pedirle nada a cambio, la única que apareció con su deportivo rojo a media noche sin preguntar por qué. Y Renata no iba a cambiar eso, la única cosa buena y limpia que tenía, por un calentón ridículo con un hombre que seguramente la veía como a una tía.
—Adrián. —Se aclaró la garganta—. Gracias. Por lo de anoche, y lo de hoy. Pero no hace falta que sigas rescatándome. Ya soy grande. Muy grande, de hecho.
—No es una molestia.
—Sí lo es. —Renata mantuvo la vista en la ventana—. Tienes veintiocho años y una empresa que dirigir. Lo último que necesitas es andar cargando con los dramas de divorcio de la amiga vieja de tu hermana.
Adrián frenó en el siguiente semáforo, y esta vez sí se giró hacia ella, despacio, con una expresión que Renata no supo leer.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Qué cosa?
—Vieja. —La miró a los ojos, y había algo en su voz que le puso la piel de gallina—. No vuelvas a llamarte así delante de mí.
Renata abrió la boca, pero no le salió nada. El semáforo cambió a verde. Adrián volvió a mirar la carretera y arrancó como si no acabara de decir lo que dijo, dejándola con el corazón golpeándole el pecho y una pregunta atravesada en la garganta que no se atrevió a hacer.
Llegaron a la mansión en silencio. Y cuando Adrián apagó el motor, en vez de bajarse, se quedó quieto un segundo, con las dos manos todavía en el volante, mirando al frente.
—Renata. Hay algo que llevo tiempo queriendo decirte. —Tragó saliva—. Antes de que Ximena llegue.
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆