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Sobek

Sobek

Status: En proceso
Genre:Omegaverse
Popularitas:302
Nilai: 5
nombre de autor: Eduardopz

En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría

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Capítulo 007

Recién llegando el lunes, la vicedirectora me interceptó en la entrada de la escuela. Bien podría haber enviado a cualquiera en su lugar, en vez de tomarse la molestia de anunciarme el castigo en persona.

—Una semana de limpieza obligatoria; ayudarás al conserje en cualquier tarea que este te asigne —dictaminó—. Adicional a ello, vas a recibir clases de orientación todos los miércoles.

El nivel del castigo no me provocó disgusto, pero aquellas clases sí que me parecieron fuera de lugar.

—No comprendo —la miré—. ¿Orientarme?

Ella soltó un suspiro pesado, como si tuviera demasiadas cosas en mente

—Intenté comunicarme con su representante. Aunque es una persona muy ocupada, me dio su autorización para que usted reciba lecciones valiosas para la convivencia. Así que espero su cooperación.

¿Mi hermano? Seguramente fue alguno de sus trabajadores. Ni siquiera yo sé cuál es su número exacto; de forma esporádica me hace llamadas de un minuto como máximo. Era imposible que hubiera hablado con la vicedirectora sobre mí. De igual manera, no iba a armar un alboroto por oponerme a los deseos de alguien con autoridad en la institución. Simplemente dejé que las cosas siguieran su curso.

—Entiendo.

El castigo resultó ser rígido. A escasos minutos de terminar el segundo bloque de clases, el conserje vino al salón a buscarme. Lo hizo de una forma tan llamativa que me pareció un truco burdo de humillación pública. Le pedí al jerbo que cuidara de mi bolso mientras yo salía a cumplir mis funciones como personal de limpieza.

El conserje me equipó con escobas y trapeadores. Incluso me hizo vestir un uniforme especial que dejaba libre mi cuello, una marca para identificarme como estudiante sancionado. De forma brusca, me arrastró hacia el otro lado del edificio. Realmente nunca había estado por estos rumbos.

De inmediato noté la clara división territorial. La escuela estaba segregada: de un lado se agrupaban las presas y en el extremo opuesto ubicaron a los depredadores. Ahora tenía sentido que en mi salón y en los pasillos colindantes solo hubiera herbívoros, con uno que otro disperso como yo. El conserje me llevó a limpiar los pasillos bulliciosos del sector carnívoro. Comparado con este desastre, el área de las presas era un jardín de flores. ¿Qué demonios le pasaba a este lugar?

Tras darme indicaciones rápidas para barrer y trapear, el conserje me pidió que cambiara las bolsas llenas de los botes de basura que se encontraban dentro de los salones. Él se centraría en lavar los baños.

De forma aleatoria fui tocando cada puerta, exigiendo permiso para entrar sin importarme qué clase estuviera interrumpiendo. Vacié varios botes, pero un aula en particular me impidió continuar con mi tarea de forma normal. Al parecer el profesor se encontraba ausente y el recipiente no estaba en su lugar frecuente cerca de la puerta. Además, en cuanto entré, una silla cayó justo a mis pies; alguien había fallado el tiro.

Al fondo del salón se estaba desarrollando un conflicto bastante violento. Interesado, y un poco preocupado de que la disputa fuera a ser interrumpida por un tercero, cerré la puerta silenciosamente a mi espalda.

Como espectadores indefensos, los demás estudiantes se habían alejado hacia los rincones, temiendo recibir algún golpe perdido o terminar heridos por los objetos que volaban como armas. Entre todo aquel pleito, nadie se movió para ir en busca de un profesor. Había depredadores grandes y pequeños, pero ninguno parecía tener la urgencia de intervenir, ignorando que entre toda esa multitud sumaban la fuerza suficiente para detener la violencia.

A mi parecer, la pelea carecía por completo de emoción. Solamente se escuchaban quejas dolorosas y se veía al oponente más débil recibir una paliza mientras movía la boca con resentimiento. Eran golpes torpes, flojos. Una ira bruta pero mal dirigida acompañaba los puños de aquel chico indefenso.

De un fuerte empujón, el muchacho debilitado logró librarse del castigo. Movió sus manos con desesperación por el suelo hasta que sus dedos se cerraron alrededor de una pesada llave para tuberías. Esa barra de hierro captó de inmediato la atención de todos. Solo cuando el umbral de la muerte se sintió peligrosamente cerca, unos pocos estudiantes dieron un paso adelante. Sin embargo, ya era demasiado tarde.

La llave de acero fue empuñada con fuerza y se estrelló de lleno contra la cabeza del rival. El sonido seco, seguido de una textura húmeda, asqueó a los espectadores presentes.

Un cráneo común no soportaría aquellos golpes contundentes y frenéticos. Desde mi posición, noté la respiración apagada y al límite del muchacho herido. En la expresión del atacante, debajo de su visible temblor y de un rictus casi demente, descubrí un rostro de puro alivio. Aquello me recordó un momento de mi escuela anterior: la imagen de un estudiante que disfrutaba respirar el aire de la libertad, algo que solo había logrado conseguir a través de la violencia más pura.

¡PUM!

¡PUM!

¡PUM!

Unas patadas monstruosas sacudieron la puerta, como si alguien afuera quisiera abrirse paso a toda costa hacia el salón. Intrigado, abrí ligeramente el cerrojo y di un paso a un lado.

Como si hubiera liberado a una fiera, el recién llegado se metió al aula como un torbellino, interponiéndose de inmediato y deteniendo la masacre antes de que alguien muriera. Justo detrás apareció un profesor, quien ahogó un grito de horror antes de salir corriendo a llamar a la enfermería.

Experimenté un déjà vu bastante claro en ese instante. Como si todo aquello fuera predecible y aburrido, decidí seguir adelante con mi castigo. Tomé el bote de basura del aula y comencé a recoger los residuos que se habían esparcido por el suelo debido al pleito.

Pronto, una multitud de estudiantes comenzó a acumularse tanto dentro como fuera del salón. Sacaban sus celulares de los bolsillos con desesperación, tomando fotos de los charcos y las manchas de sangre que los dos chicos habían dejado atrás. Irritado por el desastre y el tumulto, yo mismo comencé a sacar a empujones a todos los chismosos del lugar para poder terminar mi trabajo.

Cuando finalmente se llevaron a los heridos, el aula quedó sumida en un silencio sepulcral, ya que los curiosos los habían seguido por los pasillos como una plaga de pestes. Busqué el carrito de limpieza del conserje, aparté los pupitres volcados y me arrodillé en la zona con la mayor concentración de fluido rojo.

Guiado por la curiosidad, deslicé la yema de mis dedos por las gotas rojas, que todavía se sentían tibias. Las alcé por encima de mi cabeza, entornando los ojos bajo la luz blanca para contemplar la densidad y lo espeso de su sangre.

—¿Qué mierda estás haciendo?

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