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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:367
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4 - LA HIJA DEL JUEZ

Yo llevaba un mes escondida en la bodega cuando llegó ella.

No la escuché llegar. En Santa Clara no se escuchaban los coches porque no entraban coches. Se escuchaban los pasos. Y esa mañana se escucharon unos pasos diferentes. No eran de monja. Eran rápidos, con tacón, y se paraban a cada rato como si la obligaran a caminar.

Sor Inés me había mandado a ordenar los sacos de garbanzos para que no se me viera la barriga. Todavía no se notaba mucho si usaba el delantal ancho, pero yo ya sentía que me apretaba todo. Estaba agachada, contando sacos, cuando se abrió la puerta de golpe y entró luz.

- Aquí la dejo, Sor Inés. Tres meses. Como acordamos con el Padre Fermín. Que aprenda disciplina, obediencia y labores. Que se le quiten las ideas raras de la cabeza.

Era la voz de una mujer. Firme. De profesora. Después supe que era Doña Carmen, la mujer del juez Araya y maestra del colegio de señoritas de Olvera. En 1957, en un pueblo de Franco, la mujer del juez era más juez que el juez.

Detrás de ella venía una chica.

No parecía de 19 años. Parecía más chica porque iba vestida como una mujer mayor. Falda larga gris, blusa blanca abotonada hasta arriba, el pelo recogido con horquillas, sin una gota de maquillaje. Pero no caminaba como una señorita. Caminaba como si le picara el vestido.

Esa era Zoe Araya.

La conocía de oídas. En la cocina las novicias hablaban de ella. "La hija del juez no se quiere casar con el hijo del alcalde", decían. "La vieron en la plaza agarrada de la mano de la hija del farmacéutico", decían. En Olvera, en 1957, agarrarse de la mano con una amiga en la plaza era casi un delito si eras mujer y no querías casarte.

Su madre siguió hablando como si ella no estuviera.

- No quiere coser, no quiere rezar, no quiere atender a su novio. Solo quiere leer libros que no debe y juntarse con marimachos. Usted me la corrige, Sor Inés. Que friegue, que rece, que aprenda a ser mujer decente.

Zoe no lloraba. Miraba al suelo. Tenía las manos apretadas. Yo, desde mi rincón entre sacos, la miré y supe enseguida que ella también estaba huyendo, solo que no había tenido que correr.

Sor Inés asintió seria.

- Se quedará en la celda de las internas. Trabajará en la bodega.

Su madre se fue. Se escuchó el taconeo alejarse. La puerta de la bodega se cerró de nuevo y nos quedamos solas. Yo agachada entre garbanzos y ella parada en la puerta con una maletita de cuero.

Me miró. Yo me levanté como pude, con el delantal ancho tapándome.

- ¿Tú eres la que ayuda aquí? - me dijo. Tenía la voz bajita, no de miedo, de rabia contenida.

- Soy Ana. Ana Vidal. Ayudo en la cocina y... aquí.

- Yo soy Zoe - dijo -. Me van a tener tres meses encerrada por no querer casarme con un imbécil que me lleva diez años.

Lo dijo así, directo. Sin vergüenza. Yo me reí por primera vez en meses. Me tapé la boca enseguida porque en el convento no se reía fuerte.

Ella también se rió un poco.

- ¿Qué hay que hacer aquí?

- Ordenar. Pero nadie viene a mirar si lo haces bien. Solo vienen a ver si estás aquí.

Se sentó en un saco frente a mí. Olía a perfume caro, no a lejía como yo. Tenía las manos suaves, sin callos. Pero las uñas se las comía. Como yo.

- ¿Por qué estás aquí tú? - me preguntó.

Me quedé helada. Nadie me había preguntado eso desde que llegué. Sor Inés me había dicho que mintiera. Pero algo en cómo me miraba Zoe no era de juez. Era de curiosidad real.

- Mi familia murió - repetí la mentira -. No tengo a dónde ir.

Zoe me miró el delantal ancho. Me miró la cara pálida. Me miró las manos siempre en el vientre. No dijo nada. Solo asintió.

- Mi familia está viva y es peor - me dijo -. Mi padre es el juez Araya. Si no hago lo que él dice, me manda a un colegio de monjas en Sevilla. Si no obedezco a mi madre, me dice que soy una enferma.

Se quitó las horquillas del pelo y el pelo le cayó negro y ondulado hasta los hombros. Se lo volvió a recoger mal, rápido.

- ¿Sabes leer? - me preguntó.

- Un poco. No mucho.

- Yo te puedo enseñar. Si tú me enseñas a pelar patatas sin cortarme. Porque no tengo idea.

Y así empezamos. Sin prometer nada. Sin tocarnos. Dos chicas castigadas en una bodega que olía a patatas, en un pueblo de Franco donde rezar bajito era la única forma de decir la verdad.

Esa tarde, mientras ordenábamos garbanzos, me contó que le gustaba una chica de su clase. Que nunca se lo había dicho a nadie porque en su casa le decían que eso era de degeneradas.

Yo no le dije que estaba embarazada. Pero cuando se agachó a levantar un saco y me rozó sin querer el vientre con la mano, no me aparté.

Por primera vez, una mano en mi vientre no me dio asco.

Me dio calma.

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