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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

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Capítulo 7

Cap 07: La noche en Refugio Niebla

Camila comió antes de entrar al Refugio Niebla.

No mucho, porque Gabriel tenía esa forma silenciosa de mirar el vendaje de su mano que hacía que cualquier bocado pareciera parte de un informe médico. Pero comió. Dos panes pequeños de la cocina Salazar, queso fresco, una taza de chocolate espeso y media naranja que Elena le puso en la mano sin preguntar.

—Para el azúcar —dijo la noble loba.

Camila miró la fruta.

—¿También parecen documentos si los entrega así?

Elena parpadeó.

Luego sonrió.

—Me temo que sí.

Gabriel, que revisaba unos papeles junto a la puerta, levantó apenas la mirada.

—No vamos a entrar por la puerta principal como tribunal.

Camila terminó la naranja.

—Claro que no. Sería demasiado fácil.

—Entraremos como clientes.

Elena dejó de sonreír.

Camila también.

—¿Clientes?

—El Refugio Niebla es un club privado para humanos en la superficie. En el nivel inferior funciona como punto neutral de información entre manadas, lobos solitarios y familias que prefieren no aparecer en registros oficiales.

—Dicho de otro modo —dijo Camila—, un lugar donde todos mienten con ropa bonita.

—Más o menos.

—¿Y qué se supone que soy yo?

Gabriel guardó los papeles en el bolsillo interior del abrigo.

—Mi acompañante.

El silencio que siguió fue demasiado largo.

Elena miró hacia una fuente como si el agua se hubiera vuelto fascinante.

Camila sintió calor en la nuca. Su loba, traicionera y despierta desde el sótano de Sierra Clara, movió la cola una sola vez.

—No.

Gabriel no se sorprendió.

—Puede quedarse aquí.

—Tampoco.

—Puede entrar como testigo protegida con dos guardias.

—Y entonces todo el lugar sabrá que buscamos algo.

—Sí.

—Puede llevar a otra acompañante.

Elena tosió.

Gabriel no apartó los ojos de Camila.

—Podría.

La respuesta fue demasiado tranquila.

Camila no tenía ningún derecho a sentirse molesta por una opción que ella misma había propuesto. Ninguno. Cero. Ni un grano de maíz de derecho.

Se sintió molesta de todos modos.

—¿Y por qué no lo hace?

—Porque Damián la siguió a usted después de salir de ese lugar. Porque usted reconocerá su aroma fresco si lo encontramos. Y porque la gente habla más rápido cuando cree que una mujer de bajo rango no está escuchando.

Camila apretó la venda de su mano.

—Eso último es cierto.

—Lo sé.

—No me gusta ser usada como carnada.

—A mí tampoco.

—Pero lo propone.

—Propongo que decida.

Gabriel podría ser insoportable con esa calma suya.

Camila miró a Elena.

—¿Usted ha ido?

—No.

Elena no fingió valentía.

—He oído hablar del lugar. Las familias nobles dicen que es vulgar. Los hombres de esas mismas familias lo visitan con frecuencia.

—Como todo lo que llaman vulgar.

Elena bajó la mirada, pero esta vez para esconder una sonrisa.

Camila respiró hondo. El Refugio Niebla podría guardar el recibo que probara dónde estuvo Damián antes de seguirla. O podría guardar algo peor. Si Gabriel entraba sin ella, él encontraría leyes, nombres, cuentas. Pero ella podía encontrar olores. Gestos. Mentiras dichas cuando los hombres creían que nadie importante había entrado a la habitación.

—Iré —dijo—. Pero no me toque sin avisar.

Gabriel inclinó la cabeza.

—De acuerdo.

—Y si tengo que parecer su acompañante, no voy a parecer asustada.

—No esperaba eso.

—Tampoco parezca usted tan juez.

Por primera vez en toda la tarde, Elena soltó una risa abierta.

Gabriel la miró.

Camila levantó una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso fue muy juez.

—Estoy practicando.

El Refugio Niebla se escondía en una calle estrecha del distrito viejo, detrás de una fachada color vino sin letrero. Dos faroles dorados iluminaban la puerta. Para un humano, parecía un club caro. Para un lobo, olía a demasiadas capas: alcohol, perfume, sudor, tabaco, sexo reciente, miedo viejo, metal escondido y, debajo de todo, una nota amarga que Camila no supo nombrar.

Gabriel sí.

Su aroma se enfrió.

—Amapola lunar —dijo apenas.

—¿La droga?

—Una traza. No suficiente para intoxicar. Suficiente para que alguien quiera cubrir otro olor.

Camila miró la puerta.

—Cada vez mejora más.

—Podemos irnos.

—No dije eso.

El portero los miró de arriba abajo. Reconoció a Gabriel. Eso fue claro por la forma en que su postura cambió sin cambiar. No se inclinó. El Refugio Niebla no era un lugar de reverencias. Pero su lobo interno bajó las orejas.

—Señor Serrano.

—¿Luca está?

—El señor Neri recibe solo con cita.

Gabriel no parpadeó.

—Tiene una ahora.

El portero miró a Camila.

Su mirada se detuvo en el vestido sencillo, en el vendaje, en los zapatos que no pertenecían a ese suelo pulido. Camila notó el desprecio antes de que apareciera. Estaba entrenada para eso.

Entonces Gabriel se movió.

No la tocó.

Solo dio medio paso más cerca, lo suficiente para que su aroma rodeara el aire junto a ella.

El portero bajó la vista.

Camila no supo si agradecerle o regañarlo.

Eligió entrar.

La planta principal tenía música suave, mesas bajas, cortinas de terciopelo y humanos fingiendo que no miraban a los lobos. Mujeres con labios rojos reían sobre copas de cristal. Hombres de trajes caros hablaban en murmullos. Algunos olían a manada. Otros, a dinero humano y pecados comunes.

Camila caminó junto a Gabriel sin agarrarse de su brazo.

Eso duró hasta la escalera.

Un hombre ebrio se cruzó frente a ella, demasiado cerca, con una copa en la mano y el aroma agrio de quien confundía estar pagando con tener derecho. Su hombro golpeó el de Camila. La mano herida de ella chocó contra la barandilla.

Dolor blanco.

Camila inhaló.

Gabriel se detuvo.

El hombre también. Miró a Camila, luego a Gabriel, luego volvió a Camila con una sonrisa lenta.

—Perdón, preciosa. No vi que...

—Se disculpa y sigue caminando —dijo Gabriel.

El hombre palideció.

No había orden obligatoria en la voz.

No hacía falta.

—Perdón —dijo rápido, y desapareció entre las mesas.

Camila soltó el aire.

Gabriel bajó la voz.

—¿Su mano?

—Sigue pegada.

—Camila.

—Duele. No se abrió.

Él asintió, pero su mandíbula permaneció tensa.

En la escalera, una pareja bajaba riendo. La mujer llevaba un vestido plateado y un perfume tan dulce que casi ocultaba su ansiedad. Para dejarles paso sin llamar la atención, Camila se acercó a Gabriel.

Demasiado.

El calor de su cuerpo le rozó el brazo.

El aroma de abeto la envolvió de golpe.

La punzada bajo sus costillas regresó. No dolor exactamente. Necesidad de aire y cercanía al mismo tiempo. Su loba empujó la nariz hacia ese olor como si hubiera encontrado agua.

Gabriel no se movió.

Pero Camila sintió el cambio en él.

Una respiración detenida.

Los dedos cerrándose despacio.

—Esto es ridículo —murmuró ella.

—¿Qué cosa?

—Las escaleras son estrechas.

—Sí.

—Y usted huele demasiado.

Silencio.

Camila cerró los ojos un segundo.

—No dije eso.

—Lo oí.

—Olvídelo.

—No puedo.

La frase no sonó coqueta.

Sonó como un problema real.

Camila miró al frente y siguió bajando.

El nivel inferior del Refugio Niebla no tenía terciopelo. Tenía piedra, lámparas bajas y puertas con sellos viejos tallados en la madera. El aire era más frío. Más honesto, si un lugar así podía usar esa palabra. Allí los aromas no estaban hechos para seducir, sino para negociar: miedo contenido, ambición, sangre seca, plata guardada.

Un hombre los esperaba al final del corredor.

Luca Neri era más joven de lo que Camila esperaba y más bonito de lo que alguien con ese aroma tenía derecho a ser. Cabello oscuro hasta la nuca, ojos claros, sonrisa de santo en mala calle. Olía a humo, ámbar y licor medicinal.

—Alfa Gabriel —dijo, abriendo los brazos—. ¡Qué honor! Pensé que los jueces solo bajaban a este sótano cuando venían a cerrarlo.

—Todavía no.

—Eso me tranquiliza poco.

La mirada de Luca pasó a Camila.

No la despreció.

Peor.

La leyó.

—Y usted debe ser la razón por la que la manada Vega está gritando desde hace dos horas.

Camila levantó la barbilla.

—Depende de cuánto griten normalmente.

Luca sonrió de verdad.

—Me cae bien.

Gabriel no sonrió.

—Necesito el registro de entrada de Damián Vega de anoche.

—No tenemos registros.

—Luca.

—Tenemos recuerdos vagos que, con el incentivo correcto, pueden parecer papeles.

—No estoy aquí para jugar.

—Siempre está aquí para jugar, alfa. Solo que llama ley a las reglas que le gustan.

Camila miró a Gabriel.

Su expresión no cambió, pero algo en su aroma dijo: «paciencia agotada».

Luca disfrutó eso.

—Damián entró después de medianoche —dijo al fin—. Bebió. Preguntó por una mujer. No una trabajadora de aquí. Una muchacha de bajo rango que olía a pan.

La piel de Camila se erizó.

Gabriel se volvió más quieto.

—¿Con quién habló?

—Conmigo primero. Después con un hombre de Vega que no quiso dar nombre. Le entregaron un frasco.

—¿Amapola lunar?

Luca miró a Camila antes de responder.

—No puro. Una mezcla barata. Suficiente para calentar la sangre, aflojar el juicio y convencer a un lobo herido de que su obsesión es destino.

Camila sintió náuseas.

Damián la había seguido con eso en la sangre.

Su miedo de anoche no había sido imaginación. Había habido algo dulce y podrido bajo su aroma. Algo que empujaba la violencia.

—Necesito el frasco —dijo Gabriel.

—No lo tengo.

—El proveedor.

—Eso cuesta.

Gabriel dio un paso.

El pasillo pareció encogerse.

Luca levantó ambas manos, aún sonriendo.

—No dinero. Un favor.

—No.

—Ni siquiera sabe cuál.

—Por eso.

Camila apretó la carpeta contra su pecho.

—¿Qué favor?

Gabriel giró hacia ella.

—No negocie con él.

—No estoy negociando. Estoy preguntando.

Luca se apoyó en la pared, encantado.

—Quiero protección para una chica que trabaja arriba. Es humana. Escuchó algo que no debía sobre Vega y Salazar. Si la dejo aquí, mañana aparece en el canal.

La expresión de Gabriel cambió apenas.

—Nombre.

—Iria.

—¿Por qué no la envió a un refugio humano?

—Porque quien la busca no es humano.

Camila pensó en Elena en el jardín, en la frase «oía mi futuro», en todas las mujeres alrededor de hombres que creían poder comprarlas, usarlas o borrarlas.

—Llévela a Sierra Clara —dijo.

Gabriel la miró.

—Camila.

—¿No tienen protección provisional?

—Sí.

—Entonces úsela.

—No sabe si Luca dice la verdad.

—No. Pero usted sí puede oler si miente.

Luca silbó.

—Definitivamente me cae bien.

Gabriel no apartó los ojos de Camila.

—La protección no se intercambia por evidencia.

—Entonces no la intercambie. Dele protección porque es correcto. Y después, si el señor Neri tiene un mínimo de decencia escondida bajo todo ese perfume de humo, nos dará el nombre.

Luca se llevó una mano al pecho.

—Me hirió.

—No empecé.

Por un segundo, Gabriel pareció a punto de decir algo. Luego miró a Luca.

—Traiga a Iria. Ahora.

La sonrisa de Luca se apagó lo suficiente para mostrar que, debajo de la broma, sí había miedo.

—Está arriba.

—Mis guardias la sacarán por la puerta trasera.

—¿Y el nombre?

—Después de verla en el coche.

Luca inclinó la cabeza.

—Justo.

Cuando se fue, el pasillo quedó en silencio.

Camila sintió la mirada de Gabriel antes de verlo.

—¿Qué?

—Acaba de dar una orden de luna de la manada.

Ella casi se rió.

—No soy luna.

—No.

La forma en que lo dijo fue demasiado suave.

Camila bajó la mirada.

Su mano herida latía. La proximidad de Gabriel también.

—Solo sé lo que es estar en una casa donde alguien decide si mañana sigues respirando.

Gabriel no respondió enseguida.

Cuando lo hizo, su voz había perdido todo filo de juez.

—Eso no debería ser conocimiento útil.

—Pero lo es.

Arriba, algo se rompió.

Un grito corto.

Luego el aroma de miedo bajó por la escalera como humo.

Gabriel se movió primero.

Camila lo siguió sin pensarlo.

En el salón principal, una joven de vestido verde intentaba soltarse de un hombre con guantes negros. Luca estaba en el suelo junto a una mesa volcada, sangre en la boca. El hombre arrastraba a la muchacha hacia la salida trasera.

Gabriel no gritó.

Solo dijo:

—Suelte a la chica.

El hombre giró.

Sus ojos eran amarillos.

No de alfa.

De lobo intoxicado.

Y en su otra mano había una hoja de plata.

Camila sintió el mundo estrecharse.

El hombre sonrió.

—El juez debió quedarse en su tribunal.

Entonces lanzó el cuchillo.

No hacia Gabriel.

Hacia Camila.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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