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Prisionero del amor más oscuro

Prisionero del amor más oscuro

Status: Terminada
Genre:CEO / Posesivo / Maltrato Emocional / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: La jaula

—Necesito que vengas conmigo a un lugar.

Santiago miró la puerta abierta de la camioneta y luego el rostro de León. No había flores esta vez. No había sonrisa, ni invitación suave, ni ese cuidado calculado que León usaba cuando quería parecer inofensivo.

Había urgencia.

—¿A dónde?

—A mi casa.

—¿Ahora?

—Sí.

Santiago sostuvo el libro contra el pecho. Algunos estudiantes pasaban cerca, cargando mochilas, riéndose, hablando de tareas. Todo seguía normal alrededor, y por eso mismo la escena se sentía peor.

—Tengo que ir a la residencia.

—Ya mandé por tus cosas.

La frase cayó seca.

Santiago tardó un segundo en procesarla.

—¿Qué?

León pareció darse cuenta de que había dicho demasiado rápido lo que debía envolver mejor.

—No quiero que sigas viviendo ahí. Es inseguro.

—No te pedí que decidieras eso.

—Santi...

—No. —Santiago retrocedió un paso—. ¿Qué significa que mandaste por mis cosas?

León miró hacia la calle. La camioneta seguía abierta, Don Rafael al volante, el motor encendido.

—Significa que vas a estar mejor conmigo.

El cuerpo de Santiago entendió antes que su cabeza. La mano se le cerró sobre el lomo del libro. Miró alrededor buscando a alguien conocido, a Diego, a cualquier persona que pudiera convertir ese momento en algo público, en algo que todavía pudiera detenerse.

—No voy a subirme.

León respiró hondo. Cuando volvió a hablar, su voz estaba baja.

—Por favor, no hagas esto difícil.

La sangre se le heló.

—¿Difícil para quién?

León dio un paso hacia él.

Santiago retrocedió otro.

Dos hombres que Santiago no había visto hasta ese momento se movieron cerca de la camioneta. No lo tocaron. No hizo falta. Solo ocuparon el espacio de salida con una precisión que le revolvió el estómago.

—León —dijo Santiago, y odió que la voz le temblara—. Diles que se aparten.

—Nadie va a hacerte daño.

—Diles que se aparten.

León no lo hizo.

Entonces Santiago entendió.

No fue una idea completa. Fue un golpe físico: el aire saliendo de sus pulmones, el ruido del campus alejándose, la cara de Diego apareciendo en su cabeza con todas sus advertencias llegando tarde.

—Esto está mal —susurró.

León alargó la mano.

—Solo sube. Vamos a hablar en casa.

—No es mi casa.

—Lo será.

Santiago quiso correr.

El hombre de la izquierda se movió apenas y cerró el ángulo. León no necesitó levantar la voz. No necesitó tocarlo frente a todos. Ese era el horror: todo parecía una escena privada, una discusión de pareja, algo en lo que los demás no querían meterse.

—Si grito, todos van a mirar —dijo Santiago.

León lo miró con una tristeza extraña, casi decepcionada.

—Y cuando miren, ¿qué van a ver? A tu novio pidiéndote que subas a la camioneta. A ti alterado. A mí tranquilo.

Santiago sintió náuseas.

—Eres un enfermo.

El golpe de esas palabras sí lo alcanzó. León apretó la mandíbula.

—Sube, Santiago.

Ya no era una petición.

Santiago se quedó inmóvil un segundo más. Luego, con las manos heladas y el corazón golpeándole la garganta, subió a la camioneta.

La puerta se cerró a su lado.

El sonido fue pequeño.

Definitivo.

Durante los primeros minutos no habló. Miró por la ventana, memorizando calles, semáforos, giros. Salieron de Ciudad Universitaria hacia el sur. Santiago desbloqueó el celular con torpeza.

Sin señal.

Lo levantó un poco, como si eso pudiera cambiar algo. Nada.

—¿Qué le hiciste a mi teléfono?

León estaba sentado junto a él, demasiado quieto.

—No le hice nada.

—No tengo señal.

—A veces pasa.

—No me mientas.

León no respondió.

Santiago abrió WhatsApp de todos modos. El último mensaje de Diego seguía ahí, enviado hacía una hora.

Diego:

¿Comemos saliendo? Tengo hambre y drama que contarte.

Santiago escribió con los dedos rígidos.

Santiago:

León me está llevando a algún lugar. Creo que algo está mal.

El mensaje quedó con un reloj pequeño al lado.

No salió.

Santiago apretó el celular contra su pierna para que León no viera el temblor de su mano.

—Déjame bajar.

—No.

La respuesta fue tan simple que le ardieron los ojos.

—León, esto es un secuestro.

—No digas eso.

—¿Entonces cómo quieres que lo llame?

León giró hacia él. En su rostro había dolor, pero no duda. Eso fue lo que más miedo le dio a Santiago.

—Te estoy protegiendo.

—De ti nadie me está protegiendo.

León cerró los ojos un segundo.

—Vas a odiarme al principio.

Santiago soltó una risa rota.

—¿Al principio?

—Después vas a entender.

—No. —Santiago negó con la cabeza, rápido, como si pudiera expulsar la frase—. No voy a entender que me quites mi vida.

La camioneta entró a calles más tranquilas, anchas, llenas de muros altos y árboles viejos. Pedregal de San Ángel. Santiago había pasado cerca alguna vez, en camiones que no entraban a esas privadas, mirando casas enormes detrás de rejas y cámaras. Nunca imaginó que el lujo pudiera verse tanto como una advertencia.

La camioneta se detuvo frente a una puerta de hierro oscuro.

Una cámara giró.

El portón se abrió sin que nadie bajara.

Santiago sintió que algo dentro de él se rompía en silencio.

La casa era inmensa, de piedra volcánica y ventanales altos, con un jardín demasiado cuidado y luces empotradas en el suelo. Bonita, habría pensado en otro contexto. De revista. De esas casas donde la gente hablaba bajo porque todo costaba demasiado.

Ahora solo vio muros.

Muros altos. Cámaras. Una segunda reja antes de la entrada principal.

Don Rafael estacionó frente a la puerta. León bajó primero y rodeó la camioneta. Cuando abrió del lado de Santiago, él no se movió.

—Baja.

—No.

León se inclinó apenas, lo suficiente para que solo él pudiera escucharlo.

—No me obligues a cargarte.

Santiago lo miró.

La amenaza era suave. Casi íntima.

Eso la hizo más repugnante.

Bajó.

Un hombre mayor esperaba junto a la entrada. Traje oscuro, cabello canoso, postura impecable. No parecía sorprendido. Eso también dolió.

—Señor Villanueva —dijo.

—Don Tomás.

La mirada del hombre pasó de León a Santiago. Por un instante, algo parecido a lástima le cruzó los ojos. Se fue rápido.

—La habitación está preparada.

Santiago sintió que las piernas perdían fuerza.

—¿Habitación?

León no contestó. Puso una mano en su espalda para guiarlo.

Santiago se apartó de inmediato.

—No me toques.

Don Tomás bajó la mirada.

León dejó caer la mano, pero el gesto de obediencia no significó libertad. Entraron igual.

El interior olía a madera pulida, flores frescas y encierro caro. Santiago vio una escalera amplia, cuadros enormes, un piano que nadie parecía usar, cámaras discretas en las esquinas. Intentó ubicar la puerta por donde habían entrado.

Don Tomás la cerró.

El clic del seguro le atravesó la espalda.

—Abre —dijo Santiago.

Nadie se movió.

—Don Tomás, abra la puerta.

El hombre mayor juntó las manos frente a sí.

—Lo siento, joven Santiago.

La forma respetuosa de decir su nombre casi lo hizo gritar.

Santiago corrió hacia la puerta y jaló la manija. No cedió. Buscó un cerrojo visible, una cadena, algo que pudiera pelear. Nada. Todo estaba integrado, limpio, electrónico.

—¿Dónde está mi mochila?

León hizo una seña.

Don Tomás respondió:

—En su habitación.

—No tengo habitación aquí.

León se acercó un paso.

—Santi, escúchame.

—No me llames así.

El silencio posterior fue brutal.

León se quedó quieto, como si esa frase le hubiera dolido más que cualquier insulto. Santiago no se arrepintió.

—Quiero irme —dijo.

—No puedes.

—Tengo clases.

—Ya avisé que estarás indispuesto unos días.

Santiago lo miró sin entender.

—¿A quién avisaste?

—A la residencia. A la facultad no todavía.

—¿No todavía? —La voz se le quebró—. ¿Te escuchas?

—Voy a arreglarlo todo.

—¡No tienes que arreglar mi vida!

El grito rebotó en el recibidor. Don Tomás no levantó la vista. León sí. Y por primera vez esa noche, Santiago vio algo sin máscara en su rostro.

Miedo.

No a la policía. No a las consecuencias. Miedo a que Santiago se fuera.

—No puedo perderte —dijo León.

Santiago sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no las dejó caer.

—Me estás perdiendo ahora.

León dio un paso hacia él.

Santiago corrió.

No pensó. Se lanzó hacia un pasillo lateral, siguiendo una línea de luz que parecía llevar al jardín. Escuchó a León decir su nombre, luego pasos detrás de él. Llegó a una puerta de cristal, la empujó y salió al aire frío.

El jardín era enorme.

La libertad no.

Más allá del césped había una reja alta, cámaras pequeñas con luces rojas y un portón cerrado al fondo. Santiago corrió igual. Los zapatos resbalaron sobre la piedra húmeda. El libro que aún llevaba contra el pecho cayó en algún punto, pero no se detuvo.

Llegó al portón y metió los dedos entre los barrotes.

—¡Ayuda! —gritó—. ¡Ayuda!

La calle del otro lado estaba vacía.

Una alarma suave sonó desde algún punto de la casa. No fuerte, no escandalosa. Un sonido controlado, diseñado para avisar sin alterar a los vecinos.

Santiago jaló el portón hasta lastimarse las manos.

—¡Déjenme salir!

León llegó detrás de él, respirando agitado.

—Santiago.

—¡No te acerques!

—Vas a lastimarte.

Santiago se giró con las manos rojas por la presión de los barrotes.

—¡Me estás encerrando!

León no lo negó.

Esa falta de negación fue la respuesta.

Santiago retrocedió hasta pegar la espalda al portón. El metal estaba frío. Del otro lado, la ciudad seguía existiendo a unos metros, inalcanzable.

—Abre la puerta —dijo, ya sin aire.

—No.

En algún punto dentro de la camioneta o de la casa, su celular seguía con el mensaje a Diego atrapado en un reloj gris. Santiago pensó en eso y el pecho le dolió más: afuera nadie sabía dónde estaba. Nadie venía.

Las lágrimas por fin cayeron, calientes, furiosas.

Santiago golpeó el portón con ambas manos.

—¡Déjame salir!

1
LUANA
excelente
AralckShaira
Ay se me salen las lagrmitas solas😭😭😭😭
AralckShaira
Ufff que frases tan brillantes
AralckShaira
Ay caramba lloreee😭😭
AralckShaira
Para mí es una historia muy bien contada, fresca, distinta con un tema relativamente normal pero que talvez no se cuenta así, como lo está contando la artista de la pluma, excelente trabajo
AralckShaira
Está historia no me gusta.... Me fascina
AralckShaira
Que historia!!!!!
AralckShaira
Uffff estoy reconectada, me superencanta
AralckShaira
Estoy enamorada 🤭
AralckShaira
Un cliché muy bien presentado
AralckShaira
Excelente
AralckShaira
Me gusta te estilo, prome tu historia 🥰
Amy Katin
😭 pobre de Santiago, espero que pueda volver a sentirse vivo.
AralckShaira: El ser humano es otra cosa
total 1 replies
ISABELRUIZDIAZ[BETA]😈🖤
Buenos días Te quería decir que ahora encontré tu trabajo y este capítulo me lo voy a guardar para leer más tarde no te frustres ni te enojes Si es que todavía no consigues apoyo en esta aplicación pero en cualquier momento tu historia va a ser descubierto y vas a conseguir muchos seguidores así que por favor si quieres seguir publicando más capítulos si es que se puede está muy buena por lo que veo y nada Gracias esperemos más de tus ingeniosas ideas Saludos a usted😈
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