Un refugio maldito, una obsesión mortal y un secreto de sangre a punto de estallar.
Huyendo de su familia, Bibiana toma la drástica decisión de mudarse con Adam a una cabaña aislada en mitad del espeso bosque finlandés. Ellos creen estar construyendo su propio nido de amor en una paz idílica, sin embargo, ambos viven en una mentira: ignoran por completo la existencia de un Pacto de sangre, la oscura deuda del pasado que ya ha marcado sus destinos. Pero el invierno no perdona, y la tragedia golpea con la fuerza de un témpano.
Segunda temporada de la novela Destinada a un amor inmortal
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T2 Capítulo 6 - El precio de la supervivencia
Bárbara hervía de una rabia ciega, sus ojos inyectados en sangre fijos en su rival.
—¿Así que esta estúpida humana fue la primera mujer en tu vida? —escupió con odio.
—Sí —respondió Adam, sosteniendo la mirada con orgullo—. Ella fue la primera y será la única. Jamás estaré con otra mujer, sea humana o vampira.
—¡Si no eres mío, no serás de nadie! —rugió Bárbara.
En un movimiento relampagueante, Bárbara sujetó una roca cubierta de nieve y la estrelló contra Adam, usando su fuerza sobrehumana para lanzarlo de nuevo contra la superficie del lago. El impacto fue brutal; el hielo crujió y Adam quedó tendido, inconsciente.
—Voy a matarte, Adam —sentenció ella. Arrancó una rama gruesa de un árbol cercano, afilándola con sus propias manos en segundos—. ¡Te voy a destruir!
Bibiana, paralizada por el terror, reaccionó al ver a la vampiresa avanzar hacia el cuerpo inerte de su amado. Buscó desesperadamente a su alrededor hasta que sus manos dieron con una rama pesada y astillada, lo suficientemente afilada para ser un arma.
Adam comenzó a despertar, aturdido, justo cuando Bárbara se cernía sobre él con la madera apuntando a su pecho.
—Aunque lo hagas —susurró Adam, con la voz quebrada pero firme—, nada cambiará el hecho de que mi alma y mi corazón le pertenecen a Bibiana.
—¡Veremos si ella te sigue amando después de que mueras! —gritó Bárbara, alzando el arma para dar el golpe final.
—¡No! —gritó Bibiana.
Con un impulso de pura adrenalina, Bibiana arremetió contra la vampiresa, hundiendo la rama en el costado de Bárbara. Un alarido de dolor sobrenatural desgarró el aire.
—¡Estúpida humana! —rugió Bárbara, fuera de sí. En un ataque de furia, golpeó el suelo con tal poder que el piso congelado estalló en mil pedazos.
El hielo bajo los pies de Bibiana desapareció. Con un grito ahogado, la joven cayó en las profundas y oscuras aguas del lago.
—¡BIBI! —clamó Adam, viendo cómo ella desaparecía bajo la superficie helada.
Bárbara observó el agua con una sonrisa malvada, saboreando su victoria. Pero su alegría duró poco. Adam se puso en pie, emanando una energía oscura y letal que nunca antes había mostrado. La sujetó por el cuello, le arrebató la rama afilada y se la puso contra el pecho.
—Adam, no lo hagas... —suplicó ella, temblando—. Con esa humana muerta, tú y yo finalmente podemos ser felices.
—Yo nunca podré ser feliz con alguien tan tóxica y despreciable como tú —sentenció Adam.
Sin dudarlo un segundo, hundió la madera directamente en el corazón de la vampiresa. Bárbara soltó un último grito desgarrador antes de que su cuerpo se desintegrara en una explosión de cenizas y oscuridad.
—Adiós, Bárbara —murmuró Adam.
Sin perder un instante, se lanzó de cabeza al agua helada, sumergiéndose en la oscuridad para rescatar a la mujer que era su vida entera.
Casa de los Anderson
Mientras tanto, en el pueblo, el silencio en la casa de los Anderson era sepulcral. Matt entró apresurado, encontrando a Ignacio consumido por la angustia.
—¿Han sabido algo de Bibiana? —preguntó Matt, rompiendo el silencio.
—Nada, Matt. No sabemos nada desde aquel día en la calle. Si tan solo supiera dónde se esconde ese joven vampiro con ella... —lamentó Ignacio, al borde de las lágrimas.
Matt apretó los puños, su mente trabajando rápido.
—Creo que sé quién puede decirnos dónde está —dijo Matt con seguridad—. La amiga vampira de Bibiana, Melissa. Ella tiene que saber dónde se queda ese imbécil.
Ignacio levantó la vista, iluminado por una chispa de esperanza.
—No lo había pensado... es muy probable. ¡Vamos por ella!
Ambos salieron de la casa decididos, sin imaginar que el destino les tenía preparada una sorpresa mayor.
Lago congelado
Adam emergió de las profundidades del agua helada cargando el cuerpo inerte de Bibiana. Con un esfuerzo sobrehumano, la depositó sobre la nieve, su piel estaba tan blanca y fría como el hielo que los rodeaba.
—¡Mi amor, no te mueras! ¡Bibi, por favor! —clamó Adam, con el miedo perforándole el pecho.
Sin perder un segundo, comenzó a presionar rítmicamente su pecho, tratando de obligar a sus pulmones a reaccionar. Alternaba las compresiones con respiración boca a boca, infundiéndole su propio aliento, desesperado por sentir una chispa de vida en ella.
—Bibi, respira... ¡Tienes que respirar! —suplicaba entre dientes.
Pasaron segundos que parecieron eternidades, hasta que, finalmente, el cuerpo de la joven se sacudió con una violenta bocanada de aire y agua. Bibiana tosió con fuerza, expulsando el líquido helado de sus pulmones.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Adam, con los ojos empañados de alivio al verla reaccionar.
—Adam... —murmuró ella con un hilo de voz, apenas audible, mientras sus labios temblaban violentamente por la hipotermia.
—Aquí estoy, mi amor. Ya pasó... vas a estar bien —le aseguró, acariciando su rostro húmedo con infinita ternura.
Pero el esfuerzo había sido demasiado. Los ojos de Bibiana se cerraron de nuevo y su cuerpo se desplomó, hundiéndose en un desmayo profundo provocado por el frío extremo.
—¡Bibi! —Adam la llamó con urgencia, pero ella no respondió.
Sabiendo que no tenían tiempo que perder, la envolvió entre sus brazos para darle calor, la cargó con cuidado y se adentró velozmente en el bosque, decidido a salvarla de las garras de la muerte.
En el apartamento de Melissa
En el apartamento de Melissa. Diego reía con la joven vampira, contándole anécdotas de su infancia para olvidar la tensión familiar.
—¡Toc, toc! —Los golpes en la puerta cortaron la risa.
Melissa fue a abrir y se encontró con la mirada gélida de Matt y la desesperación de Ignacio.
—Hola, vampira —soltó Matt con desprecio—. Vine con el señor Ignacio. Queremos saber dónde está Bibiana y no nos iremos sin la respuesta.
—Yo soy su padre —suplicó Ignacio—. Te ruego que me digas dónde está mi hija.
—No sé dónde está Bibiana, señor Ignacio —mentía Melissa, tratando de mantener la calma.
—¡Mientes! —gritó Matt, agarrándola del brazo.
—¡Suéltame! —le espetó ella, liberándose con una fuerza que hizo retroceder al joven.
—¡Matt, así no! —gritó Ignacio—Por favor, Melissa... soy un padre desesperado. Solo quiero ver a mi hija.
De pronto, una voz salió desde la sala: —¿Melissa? ¿Quién es...? ¡¿Papá?!
Ignacio se quedó petrificado. —Diego... ¿qué haces tú aquí?
. Hospital - Sala de urgencias
Las puertas automáticas se abrieron de par en par cuando Adam irrumpió en el hospital. Llevaba a Bibiana en vilo, apretándola contra su pecho como si intentara transmitirle cada gramo de su propia energía vital. Ella seguía peligrosamente pálida e inmóvil.
—¡Por favor, alguien ayúdeme! —clamó Adam, su voz quebrada por una angustia que nunca había sentido—. ¡Mi novia está muy mal!
Una enfermera corrió hacia ellos al notar el estado de la joven. Al tocar la mano de Bibiana, se sobresaltó por la temperatura de su piel.
—¿Qué le pasó? —preguntó la mujer, ya activando el protocolo de emergencia.
—Se cayó... fue un accidente —logró decir Adam, con los ojos empañados de tristeza—. Cayó en el agua helada del lago.
—¡Dios santo! ¡Traigan una camilla de inmediato! —gritó la enfermera hacia el pasillo.
En segundos, dos enfermeros aparecieron con una camilla. El tiempo parecía detenerse para Adam mientras veía cómo le arrebataban a Bibiana de los brazos.
—Acuéstela aquí, rápido —le indicaron.
Con manos temblorosas, Adam depositó el cuerpo inerte de Bibiana sobre la superficie blanca. Se sentía vacío, como si una parte de él se fuera en esa camilla.
—Llévenla de inmediato a una habitación de cuidados intensivos —ordenó la enfermera.
Mientras empezaban a alejarse a toda prisa, Adam intentó seguirlos, pero se detuvo al ver las puertas del área restringida.
—¡Sálvenla! ¡Se los pido, sálvenla! —suplicó con desesperación.
—Haremos todo lo que esté en nuestras manos —respondió la enfermera antes de desaparecer tras las puertas dobles.
Adam se quedó solo en el pasillo, mirando hacia la nada, con el nombre de ella repitiéndose en su mente como una plegaria desesperada.
—Bibi... por favor, vuelve a mí.