Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
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Calor Bajo La Piel
El regreso a la mansión fue silencioso. La adrenalina del enfrentamiento aún recorría sus venas, mezclada con la certeza de que, aunque habían atrapado a Hale, el juego estaba lejos de terminar. al cruzar el umbral, las luces cálidas del vestíbulo envolvieron el espacio, contrastando con la frialdad de la noche anterior
Kae se quitó la chaqueta manchada de polvo y la dejó sobre el respaldo de un sillón. Sus dedos pasaron distraídamente por el borde de uno de sus cuchillos antes de guardarlo en su funda oculta. Se sentía observada; cuando levantó la vista, encontró a Augus apoyado en el marco de la puerta, con la mirada fija en ella, pesada y escrutadora.
—¿Qué miras? —preguntó ella con su tono habitual, sin mostrar incomodidad, aunque un leve cosquilleo recorría su espalda ante esa atención incesante.
—Veo algo interesante —respondió él, dando un paso lento hacia ella—. Durante años pensé que te vería caer por tu propia imprudencia. Pero hoy… te moviste como si supiéramos pensar igual.
—No te confundas —replicó ella, aunque no retrocedió—. Solo sé cuándo conviene unir fuerzas. No significa que confíe en ti.
—Y yo no espero que lo hagas —se acercó un poco más, reduciendo la distancia hasta que el aire entre ellos se volvió denso—. Pero no puedes negar que hay algo aquí. Algo que va más allá del odio o la venganza.
El silencio se extendió, cargado de electricidad. Kae sintió cómo la temperatura parecía subir, no por el ambiente, sino por la intensidad de esa mirada que recorría cada centímetro de su rostro, como si intentara memorizarlo. Nunca había permitido que nadie se acercara tanto; la cercanía le resultaba extraña, peligrosa… y extrañamente atractiva.
—Juegas con fuego, Augus —advirtió ella, aunque su voz sonó más baja, menos firme de lo que pretendía.
—Y tú llevas el fuego en las manos —respondió él, deteniéndose a solo unos centímetros de distancia. Podía ver el reflejo de la luz en sus ojos oscuros, percibir la leve tensión en su mandíbula—. Dices que fingimos todo, que esto es solo un contrato. Pero dime… ¿alguna vez te has sentido tan viva como cuando estás frente a mí?
La pregunta la tomó por sorpresa. No era una mentira barata, ni un halago vacío. Era la verdad desnuda, la misma que ella había intentado ocultar desde el primer día. Con él, no había máscaras que mantener, ni debilidades que ocultar. Con él, era exactamente lo que era: fría, peligrosa, libre.
—Podría clavarte esto ahora mismo —susurró ella, sacando con lentitud la punta de un cuchillo pequeño que llevaba en la cintura, acercándolo suavemente al pecho de él, sin llegar a tocarlo.
Augus no se inmutó. Al contrario, esbozó una sonrisa cargada de desafío y deseo oscuro. Levantó una mano y, con mucho cuidado, deslizó sus dedos por el borde de la hoja, sin cortarse, manteniendo la mirada fija en la de ella.
—Hazlo —retó en un susurro grave—. Pero sabes que no lo harás. Porque si me caigo, te quedas sin tu igual. Y eso… te asusta más que cualquier amenaza.
El filo rozó levemente la tela de su camisa. La tensión era casi insoportable, mezcla de peligro y una atracción que crecía como una llama difícil de apagar. Kae sintió cómo su respiración se aceleraba, y por primera vez, no fue por miedo o por la pelea, sino por la cercanía de ese hombre que era su enemigo y su único reflejo.
De repente, Augus tomó su muñeca con suavidad pero firmeza, apartando el arma sin violencia. Sus dedos rodearon su piel, cálidos y firmes, y Kae no hizo nada por soltarse. Sus miradas estaban atrapadas, dos pozos oscuros que se desafiaban mutuamente.
—Sigues diciendo que es mentira —murmuró él, inclinándose un poco más, su aliento rozando su mejilla—. Pero tu cuerpo no sabe fingir tan bien como tu mente.
—Estás loco —respondió ella, aunque no había convicción en sus palabras. Su corazón latía con fuerza, y la sensación de su mano sobre su muñeca, la proximidad de su cuerpo, despertaba algo que había mantenido dormido durante años.
—Igual que tú —reconoció él.
En ese instante, el sonido de un vehículo llegando a la puerta principal rompió el hechizo. Ambos se separaron de golpe, como si despertaran de un sueño peligroso. La distancia se restableció, aunque el calor entre ellos no desapareció del todo.
—Debe ser la policía con más información —dijo Augus, recuperando su compostura, aunque su voz seguía un poco más grave de lo habitual.
Kae guardó el cuchillo con movimientos precisos, ocultando la agitación que sentía en el pecho.
—Vamos. Pero recuerda: esto no cambia nada. Sigo siendo tu enemiga.
—Y yo el tuyo —respondió él, pero había un brillo diferente en sus ojos, una promesa silenciosa de que ese momento no se olvidaría fácilmente.
Fueron a recibir a los oficiales, volviendo a ponerse las máscaras de la pareja unida y serena. Pero en el fondo, ambos sabían que algo se había roto esa noche. La línea entre el odio y el deseo se había vuelto tan delgada que era casi imposible distinguirla. Y cada vez que se miraban, sentían esa misma tensión ardiente, esa mezcla de peligro y atracción que amenazaba con consumirlos a ambos.
Cuando terminaron de hablar con los agentes y quedaron solos de nuevo, en el pasillo oscuro, Augus se detuvo antes de ir a su habitación.
—Mañana seguimos investigando —dijo sin volverse.
—Lo sé —respondió ella.
—Y Kae… —añadió él, girando la cabeza solo un poco—. Ten cuidado. No solo con los enemigos externos.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña y cargada de complicidad oscura.
—Tú también.
Cada uno se dirigió a su espacio, pero ninguno pudo dormir. El recuerdo de la cercanía, del calor de la piel y la tensión contenida, seguía presente, recordándoles que el juego ya no era solo de venganza. Ahora, había algo más… algo mucho más peligroso.