Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
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Capítulo 7
—Ruidoso.
Sebastián guardó el celular en el bolsillo y siguió caminando.
Nicolás lo miró de costado. Su hermano tenía la misma cara de siempre, así que intentó convencerse de que no pasaba nada.
Intentó.
No le salió.
—Entiendo, entiendo. Todo es por Mateo. Hiciste un sacrificio enorme por Mateo.
Sebastián no contestó.
Nicolás ya estaba acostumbrado a hablar solo.
—Igual Lara es preciosa. Esa cara, ese cuerpo... nadie diría que tiene una hija de la edad de Dulce. Capaz estuvo casada, capaz no. Si no tuviera una nena, hasta podrías...
Sebastián se detuvo.
Nicolás chocó contra su espalda.
—Otra vez. Tenés que avisar cuando frenás.
—¿Importa?
—¿Qué?
Sebastián lo miró apenas y siguió.
Nicolás se quedó quieto, repasando la frase anterior.
¿Importaba que Lara hubiera estado casada?
¿Importaba que tuviera una hija?
¿Su hermano quería decir que, incluso así, no era un problema?
No.
No podía ser.
Seguro quiso decir que no importaba porque solo necesitaban que Dulce comiera en la casa.
Eso.
Tenía que ser eso.
En el departamento, Dulce no dio tregua.
—Mamá, dejame ir.
—Dulce.
—Porfi. La casa queda cerca. Si quiero volver, vuelvo.
—No es tan simple.
—El señor Sebastián es bueno conmigo.
Lara intentó usar la única carta que creyó segura.
—Si vos vas a comer allá, Benja come solo. ¿No te da pena dejar a tu hermano?
Dulce miró a Benja.
Benja levantó la mano.
—Yo voto que vaya.
Lara lo miró como si acabara de traicionarla en un juicio.
—¿Vos también?
—Sí. En Corea, Dulce miraba dibujitos infantiles mientras comía y me dejaba sordo. Si come afuera, gano tranquilidad.
—¡Benja!
—Es la verdad.
Lara se quedó sin respuesta.
Ella misma propuso votar, confiada en que Benja iba a ponerse de su lado.
Perdió dos contra uno.
Mora mandó a los chicos a jugar y se sentó junto a Lara.
—Mirá. Sebastián Ferrer tiene problemas con la comida, eso lo sabe todo el mundo. Si Dulce le sirve, la van a cuidar como si fuera oro.
—¿Vos también querés que vaya?
—Quiero que no te mates sola. Yo mañana entro al rodaje y voy a vivir medio metida en el set. Todavía no conseguimos niñera de confianza. Benja es brillante, sí, pero tiene tres años. ¿Lo vas a dejar cocinando? ¿O abriéndole la puerta al delivery?
Lara apretó los labios.
Mora siguió, más suave.
—No le pidas plata. Así no sentís que usás a Dulce. Pero si Sebastián te debe un favor, tampoco está mal. Con una familia como los Ferrer, un favor puede salvarte la vida el día menos pensado.
—No quiero deberles nada.
—No les debés. Los ayudás.
Lara miró hacia el cuarto de los chicos.
—Ojalá se cansen en dos días.
—Capaz.
Mora no sonaba convencida.
Esa noche, Benja y Dulce cerraron la puerta del cuarto.
—Informe —dijo él.
Dulce se sentó en el piso, con las manos en las mejillas.
—Papá es hermoso.
—No te pregunté si era lindo. Te pregunté si era buena persona.
—También.
—Dulce, vos pensás que cualquiera que te da comida es buena persona.
—No es cierto. Yo investigué en serio.
Benja la miró.
Ella se ofendió.
—Me dio postre, pero no por eso digo que es bueno. Es frío, habla poco, pero me miró bien. No me dio miedo.
Benja aceptó eso.
—Entonces pasamos al tercer paso.
—¿Juntar a mamá con papá?
—Sí.
Dulce levantó la mano.
—Tengo una idea. Mañana voy con vos. Papá te ve, se da cuenta de todo y listo. Somos una familia feliz.
—No.
—¿Por qué?
—Porque mamá y papá tienen que estar juntos porque se quieren. No porque necesitan darnos una familia completa.
Dulce frunció la nariz.
—Muy profundo.
—No hace falta que entiendas. Haceme caso.
—Bueno. ¿Entonces qué hacemos?
Benja pensó unos segundos.
Después golpeó el piso con la palma.
—Ya sé.
Se acercó a su oído y le explicó el plan.
Dulce abrió los ojos cada vez más.
—Hermano, sos re inteligente.
Benja levantó el mentón.
—Ciento ochenta de coeficiente. No es decoración.
Al día siguiente, Lara no le escribió a Sebastián.
Su estrategia era simple: si él no insistía, ella podía fingir que nunca pasó.
No funcionó.
Cuando bajó para ir a Dawn, un auto negro estacionado junto a la torre tocó bocina.
La ventanilla bajó y apareció Nicolás.
—¡Buen día!
Lara quiso seguir de largo.
La puerta del acompañante se abrió.
Sebastián bajó.
Traje oscuro, espalda recta, expresión fría. Caminó hacia ella con esa presencia que hacía que una se acordara tarde de respirar.
Lara se obligó a enderezarse.
Ella no era empleada suya.
Además, el favor lo necesitaba él.
Sebastián se detuvo frente a ella.
—No me escribiste.
—No terminé de pensarlo.
Sus ojos bajaron apenas hacia su ropa de trabajo, pero no la delataron.
—¿Ahora?
Lara pensó en Dulce.
En Benja.
En Mora entrando al rodaje.
—Ahora lo pensé.
—¿Y?
—Voy a llamarla para que baje.
Dos minutos después, Mora apareció con Dulce de la mano.
La nena vio a Sebastián y salió corriendo.
—¡Señor Sebastián!
Se abrazó a su pierna.
Todos quedaron quietos.
Sebastián también.
Él tenía alergia al contacto femenino. Con algunas mujeres el roce le provocaba sarpullido en segundos. En casos fuertes, dificultad para respirar.
Dulce le rodeaba la pierna con los brazos.
Un segundo.
Dos.
Cinco.
Nada.
Ni picazón.
Ni rechazo.
Nada.
Dulce le tomó la mano.
—¿Me extrañaste?
Sebastián la miró.
No soltó la mano.
—Sí.
La sonrisa de Dulce fue enorme.
—Yo sabía. Soy imposible de no extrañar.
Nicolás, que había corrido preparado para separar a la nena, se quedó mirando como si hubiera visto magia.
—Hermano...
Sebastián le lanzó una mirada.
Nicolás cerró la boca.
Lara, en cambio, no pudo cerrar la cabeza.
—Mora.
—¿Qué?
—Vos dijiste que Sebastián Ferrer tenía alergia a las mujeres.
—Sí.
—¿Entonces por qué no reacciona con Dulce?
Mora se rascó la nuca.
—Capaz solo con adultas.
Lara se puso pálida.
—¿Y si es un degenerado?
—No. No, Lara. Si fuera eso, habría rumores.
—Los Ferrer pueden tapar rumores.
Mora le agarró los hombros.
—Respirá. Si tuviera esas intenciones, no vendría a buscarla a plena luz, con vos mirando y su hermano al lado. Además Dulce tiene el reloj. La llamás cuando quieras.
Eso sí.
Lara sacó el celular y llamó al reloj de Dulce.
La nena atendió enseguida desde el auto.
—¿Mamá?
—Nada. Quería escuchar tu voz.
—Me fui hace dos minutos.
—Ya sé.
—Voy a portarme bien. Vos trabajá tranquila. Después me venís a buscar.
—Sí.
—Chau, mamá.
Cortó.
Lara miró la pantalla.
—Desagradecida.
Mora se mordió la risa.
Sebastián, que en un principio pensaba llevar a Dulce a la empresa, cambió de idea en el camino.
—A casa.
Nicolás lo miró.
—¿No íbamos al grupo?
—A casa.
No hizo falta más.
En la residencia, Sebastián pidió que una empleada llevara a Dulce al jardín.
Cuando quedaron solos, Nicolás explotó.
—No te dio alergia.
—Lo sé.
—¿Se te curó?
—No.
—Hace dos semanas Candela se te tiró encima y casi terminás arrancándote la piel.
Sebastián lo miró.
Nicolás bajó la voz.
—Bueno, exagero poco. Pero te dio alergia. Entonces, ¿qué pasa con Dulce?
Sebastián no lo sabía.
Nunca había tocado niñas fuera de Mateo.
—Buscá una nena de edad parecida.
Nicolás tardó un segundo.
—¿Querés probar?
—Sí.
Una empleada tenía una nieta de la edad de Dulce y vivía cerca. La trajeron con permiso de la familia. La nena, tímida, se escondió detrás de su abuela.
Sebastián le ofreció una golosina.
—Gracias —dijo ella.
Al tomarla, rozó sus dedos.
Sebastián retiró la mano por reflejo.
La piel empezó a picarle casi al instante.
El enrojecimiento subió, después aparecieron ronchas pequeñas.
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido