Reencarné para ser la villana, pero el corazón no entiende de guiones.
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Capítulo 04 — Primera Misión
Una voz en mi cabeza nombró: "Sistema", y una fría puntuación de misiones apareció frente a mí. El panel translúcido seguía allí, flotando, ajeno a mi creciente pánico. Respiré hondo, tratando de calmar el torbellino de emociones y pensamientos que se arremolinaban en mi mente. Esto no era un sueño. Esto era mi nueva realidad. Y si el Sistema ofrecía una forma de sobrevivir, de cambiar mi destino, entonces tendría que aprender a usarlo.
Leí la primera orden sin parpadear: recuperar lo que perdí por mi propia arrogancia. Tenía la sensación de que el sistema ofrecía herramientas, no moral. Y eso, aunque inquietante, también era liberador. No me iba a dictar si debía ser buena o mala, solo cómo lograr mis objetivos. Mi objetivo, en este momento, era sobrevivir y reescribir un final que no fuera la ignominia y la soledad.
Mi mente comenzó a analizar la misión. "¿Recuperar lo que perdí por mi propia arrogancia?" ¿Qué había perdido Aurelia debido a su arrogancia? La lista era larga, casi interminable. Perdió la confianza de su padre, el Rey. Perdió el respeto de la corte. Perdió cualquier posibilidad de afecto genuino por parte de Sebastián. Perdió la oportunidad de ser una figura influyente y respetada en el reino. Su orgullo la había cegado, la había convertido en una caricatura de villana, predecible y patética.
La clave estaba en identificar qué pérdida era la más estratégica para comenzar. La "confianza de su padre" parecía crucial. El Rey era el poder máximo en Aethelgard. Si tenía su apoyo, o al menos su neutralidad benevolente, tendría una base desde la cual operar. La reputación en la corte era volátil, pero el afecto de Sebastián era, por ahora, una batalla perdida que no podía permitirme priorizar sin comprometer mi cordura y mi propósito.
Cerré los ojos, evocando los recuerdos de Aurelia sobre su padre. El Rey era un hombre imponente, justo a su manera, pero también rígido y fácilmente manipulable por los cortesanos que susurraban al oído. Amaba a su hija, a su manera, pero estaba cansado de sus escándalos y de su comportamiento errático. Aurelia lo había exasperado hasta el punto de la indiferencia.
Abrí los ojos y miré el vestido de terciopelo verde oscuro. Era perfecto para la audiencia. Proyectaba seriedad, elegancia, y una sobria autoridad. Era un paso. El primer paso para contradecir la imagen de la villana caprichosa y vanidosa.
La criada que me había anunciado el baño regresó, su rostro denotaba una mezcla de alivio y sorpresa al verme ya vestida.
—Princesa, ¿está… está lista? Lady Eleanor está bastante preocupada. Ha insistido en que me asegure de que está bien.
Una punzada de irritación me recorrió. Lady Eleanor era una serpiente. La compañera perfecta para la Aurelia original, pero un lastre para mí. Tenía que deshacerme de ella o, al menos, mantenerla a raya.
—Dile a Lady Eleanor que estoy perfectamente. Y que no se preocupe por mi atuendo; he decidido elegir algo más… apropiado para la solemnidad de la ocasión. —Mi voz era firme, con un matiz de la autoridad regia de Aurelia, pero sin la arrogancia que solía acompañarla.
La criada asintió rápidamente, sus ojos grandes y curiosos. La novedad de mi comportamiento parecía desconcertarla. Eso era bueno. La incertidumbre era una herramienta.
Mientras la criada se retiraba, volví mi atención al Sistema. *Sistema, ¿puedes darme más detalles sobre cómo "Recuperar Reputación"? ¿Hay acciones específicas que debo tomar?*
"La reputación se basa en la percepción social y la aprobación de figuras clave," respondió la voz sin demora. "Acciones que demuestren humildad, sabiduría, altruismo o competencia en asuntos de estado contribuirán a la mejora. Evite confrontaciones innecesarias, escándalos y cualquier comportamiento que reafirme la imagen negativa actual. La aprobación del Rey es un factor significativo."
Humildad. Sabiduría. Altruismo. Competencia. Esas no eran precisamente las palabras que se asociaban con la Aurelia original. Tendría que actuar, y actuar bien. No podía fingir ser una santa de la noche a la mañana, la corte no me lo tragaría. Pero podía ser astuta.
Salí de la habitación, caminando con una nueva determinación. Los pasillos del palacio, antes solo un telón de fondo para las intrigas de Aurelia, ahora se sentían como un campo de batalla. Cada cortesano que me cruzaba me lanzaba miradas discretas, sopesándome. Su lenguaje corporal era un eco de lo que el Sistema había descrito: una mezcla de curiosidad, desconfianza y un sutil desprecio.
Mientras me acercaba a la sala del trono, mi mente repasaba mi estrategia para el Rey. No podía disculparme de forma servil; eso sería visto como debilidad. No podía mentir descaradamente, el Rey ya estaba cansado de eso. Tenía que ser diferente. Tenía que mostrar una faceta de Aurelia que nadie había visto antes. Una Aurelia que era consciente de sus errores, pero que también era capaz de aprender y de contribuir.
Las enormes puertas de roble de la sala del trono se abrieron con un chirrido resonante, revelando un espacio majestuoso. El trono del Rey se alzaba sobre un estrado, un símbolo imponente de poder y autoridad. A los lados, los miembros de la corte, murmullos silenciosos, observaban mi entrada. Y allí, a la derecha del Rey, con su porte siempre impecable, estaba Sebastián. Nuestros ojos se cruzaron por un instante. Su expresión permanecía enigmática, pero sentí una punzada de algo parecido a sorpresa en su mirada. Era un pequeño comienzo.