Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.
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Capítulo 16
No hubo clases después de eso.
Solo ruido.
Confusión.
Órdenes que nadie entendía.
—Todos a sus salones.
—Nadie salga del edificio.
—Esto es por seguridad.
Seguridad.
Claro.
Como si esa palabra todavía significara algo.
Me senté en mi lugar sin recordar cómo llegué ahí.
Las manos aún me temblaban.
No mucho.
Lo suficiente.
El salón estaba lleno…
pero no normal.
Demasiado silencio entre voces.
Demasiadas miradas que se apartaban cuando yo las encontraba.
—Fue aquí cerca.
—Dicen que explotó algo.
—No, que alguien hizo eso.
—¿Quién?
Silencio.
Y luego—
una mirada.
Directo a mí.
La bajó rápido.
Pero fue suficiente.
Perfecto.
Ya empezó.
Respira.
Centro.
Límite.
Yo.
Funcionó.
Un poco.
Hasta que no lo hizo.
Porque volvió.
Esa sensación.
No como antes.
No desbordada.
Más… alineada.
Más clara.
Más presente.
Como si ya supiera dónde estar.
—No ahora…
Susurré.
Demasiado bajo para que alguien más lo oyera.
Pero no para él.
—No es opcional.
La voz llegó.
Directo.
En mi mente.
Suave.
Firme.
Imposible de ignorar.
Cerré los ojos un segundo.
Error.
Porque en cuanto lo hice—
lo sentí más cerca.
—Aziel…
El nombre se formó solo.
Natural.
Como si siempre hubiera estado ahí.
—Estoy aquí.
Mi respiración se desacomodó.
—No puedes hablarme aquí.
—No estoy hablando.
Pausa.
—Estoy sosteniendo.
Eso…
cambió todo.
El temblor en mis manos bajó.
No desapareció.
Pero se volvió manejable.
El aire dejó de sentirse tan pesado.
—Esto no es normal.
—Nada de esto lo es.
—Eso ya lo sé.
Abrí los ojos.
El salón seguía ahí.
La gente también.
Pero algo había cambiado.
Porque aunque todo afuera era caos—
dentro de mí…
había orden.
—Te estás adaptando.
Dijo.
—No quiero adaptarme a esto.
—No tienes opción.
Directo.
Como siempre.
—Entonces ayúdame a controlarlo.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—No es control lo que necesitas.
Eso me hizo fruncir el ceño.
—¿Entonces qué?
Pausa.
Más larga.
Más… personal.
—Confianza.
El aire se detuvo.
—¿En qué?
—En ti.
Claro.
Fácil.
Imposible.
—Eso no está funcionando muy bien últimamente.
—Porque estás intentando detener algo…
Pausa.
—que fue hecho para crecer.
Mi pulso se aceleró.
—Eso suena a problema.
—Lo es.
Silencio.
Pero no incómodo.
Denso.
Real.
—Y alguien ya lo notó.
Eso me tensó.
—Sí.
—No es solo uno.
—Lo sé.
Miré al frente.
Pero no veía el salón.
Veía posibilidades.
Errores.
Consecuencias.
—Entonces ¿qué hago?
—No reaccionar como esperan.
—Eso ya lo intenté.
—No así.
Fruncí el ceño.
—Entonces explícate.
—Deja de pelear contra lo que eres…
Pausa.
—y empieza a decidir cómo lo usas.
El aire se volvió más ligero.
No por fuera.
Por dentro.
Y eso…
fue nuevo.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
—¿Para quién?
Silencio.
—Depende de ti.
Perfecto.
Un golpe en la puerta rompió todo.
Fuerte.
Seco.
Todos voltearon.
La puerta se abrió.
Un profesor.
No el nuestro.
—Dirección pidió a algunos alumnos.
Pausa.
Miró una lista.
—Estrella Cloe.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—Presente.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía.
—Acompáñame.
Claro.
Era cuestión de tiempo.
Me levanté.
Lento.
Controlado.
Sintiendo cada mirada en mi espalda.
Cada susurro.
Cada duda.
Y algo más.
Algo que no venía de ellos.
—No estás sola.
La voz de Aziel volvió.
Más baja.
Más cerca.
—Lo sé.
Respondí.
Sin mover los labios.
Sin necesidad.
Salí del salón.
El pasillo estaba más vacío ahora.
Más… vigilado.
—Esto es el inicio.
Dijo.
—No.
Negué apenas.
Mientras caminaba.
Sintiendo cada paso como una decisión.
—Esto ya empezó ayer.
Pausa.
Respiré.
Fuerte.
Real.
—Hoy…
Miré al frente.
Directo.
Sin bajar la mirada.
—solo dejó de esconderse.
El camino a dirección se sintió más largo de lo normal.
No por la distancia.
Por el silencio.
El profesor no habló.
No preguntó.
Ni siquiera volteó a verme.
Como si no quisiera involucrarse más de lo necesario.
Como si supiera…
que esto no era asunto suyo.
Perfecto.
Eso lo hacía peor.
Respira.
Centro.
Límite.
Yo.
El eco de mis pasos sonaba más fuerte de lo normal.
O tal vez…
todo lo demás estaba demasiado callado.
—Hay más gente.
La voz de Aziel llegó baja.
Controlada.
—Lo sé.
Susurré apenas.
—No todos son humanos.
Mi pulso se tensó.
—¿Cuántos?
Silencio.
Medición.
Cálculo.
—Suficientes.
Genial.
Llegamos.
La puerta de dirección estaba entreabierta.
El profesor tocó dos veces.
—Pase.
La voz desde dentro fue firme.
Demasiado firme.
Entré.
Y lo sentí al instante.
No como antes.
No como el enemigo.
Diferente.
Más controlado.
Más… antiguo.
Mi piel reaccionó.
Ligero.
Pero claro.
Dentro había tres personas.
La directora.
Un hombre que no conocía.
Y otra mujer.
Sentada.
Observando.
Sin moverse.
Sin pestañear casi.
—Estrella.
La directora habló primero.
Intentando sonar normal.
No lo logró.
—Siéntate, por favor.
Lo hice.
Sin apartar completamente la mirada de la mujer.
Algo en ella…
no encajaba.
—Queremos hacerte unas preguntas.
Claro.
Era obvio.
—Sobre lo que ocurrió hace unos minutos.
Silencio.
Controlado.
Medido.
—No sé exactamente qué pasó.
Mentí.
Sin dudar.
—Hubo un ruido… y luego—
—Una onda de presión.
Interrumpió el hombre.
Mi mirada se movió hacia él.
—Eso no es común en un entorno escolar.
—No.
Respondí.
Neutral.
—No lo es.
La mujer sonrió apenas.
Pero no fue amable.
Fue… precisa.
—Pero tampoco imposible.
El aire se volvió más denso.
—Depende de la causa.
Respondí.
Midiendo cada palabra.
—Exacto.
Dijo ella.
Y por primera vez—
me miró directo.
Sin filtro.
Sin disfraz.
Y lo sentí.
Más claro que nunca.
No era humana.
—¿Qué crees que lo causó?
Mi respiración se mantuvo estable.
Por fuera.
—No lo sé.
—¿Estabas cerca?
—Sí.
—¿Sentiste algo inusual?
Pausa.
—Sí.
Eso no era mentira.
—¿Cómo qué?
Silencio.
Un segundo más largo de lo normal.
—Presión.
Dije.
—En el aire.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
Interesada.
Demasiado.
—Interesante.
No me gustó cómo sonó eso.
Para nada.
—Estrella.
La directora intervino.
—Algunos alumnos mencionaron que estabas justo en el centro cuando ocurrió.
Claro que lo hicieron.
—Había mucha gente.
—Pero tú no te moviste.
Esa observación fue directa.
Peligrosa.
—No tuve tiempo.
Otra mentira.
Más suave.
Más creíble.
—Entiendo.
Dijo el hombre.
Pero no sonó convencido.
—¿Te sientes bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Pausa.
—¿Quieres que llame a tu madre?
Eso…
cambió todo.
—No es necesario.
Respondí rápido.
Demasiado rápido.
Error.
La mujer lo notó.
Lo vi en sus ojos.
—Tal vez deberíamos.
Dijo.
Su voz más suave ahora.
Pero más peligrosa.
—Solo por precaución.
—No hace falta.
Repetí.
Más controlada.
—Estoy bien.
Silencio.
Pesado.
Medido.
—Estrella.
La voz de Aziel volvió.
Más baja.
Más tensa.
—No le mientas demasiado.
—¿Qué?
Pensé.
—Ya sabe más de lo que dice.
Perfecto.
—Podemos dejarlo así por ahora.
Dijo la directora finalmente.
Aliviada.
—Pero si recuerdas algo más—
—Les aviso.
La interrumpí.
Educada.
Controlada.
Necesitaba salir de ahí.
Ya.
—Puedes retirarte.
Me levanté.
Sin prisa.
Sin correr.
Sin mostrar nada.
Pero en cuanto giré—
la voz llegó.
Directo.
No de Aziel.
De ella.
—Ten cuidado, Estrella.
Me detuve.
Apenas.
—Algunas cosas…
Pausa.
—no se pueden ocultar para siempre.
No me giré.
No respondí.
Pero entendí.
Perfectamente.
No era advertencia.
Era confirmación.
Sabía.
Tal vez no todo.
Pero suficiente.
Salí.
El aire afuera se sintió diferente.
Más frío.
Más real.
—Esa mujer—
—Lo sé.
Respondió Aziel.
—No es humana.
—No.
—¿Qué es?
Silencio.
Más largo.
Más tenso.
—Alguien que no debería estar aquí.
Mi pulso se aceleró.
—Genial.
Caminé por el pasillo.
Más rápido ahora.
—Entonces ya no es solo uno.
—No.
Pausa.
—Y ya no solo te están observando.
Me detuve.
Apenas.
Sintiendo cómo todo encajaba.
Demasiado bien.
Demasiado mal.
—Me están evaluando.
—Sí.
—Y no soy la única variable.
Silencio.
—No.
Respiré.
Fuerte.
Controlando lo poco que aún podía controlar.
—Entonces esto ya escaló.
—Sí.
Miré al frente.
El pasillo.
La gente.
La escuela.
Todo igual…
y completamente distinto.
—Y esto—
Apreté los dedos.
Sintiendo ese poder…
esa conexión…
esa presión constante.
—ya no lo puedo detener sola.
No regresé al salón.
No después de eso.
No después de cómo me miraron.
No después de lo que entendí.
Caminé sin rumbo claro.
Pero esta vez…
no estaba huyendo.
Estaba pensando.
Y eso…
era más peligroso.
—Te están siguiendo.
La voz de Aziel llegó más tensa que antes.
No alarmada.
Pero cerca.
—¿Desde cuándo?
—Desde que saliste.
Perfecto.
No me detuve.
No giré.
No reaccioné.
—¿Dónde?
—Atrás.
Pausa.
—A unos metros.
Mi pulso se mantuvo estable.
Años de entrenamiento.
Años de ocultarme.
—No es la mujer.
Añadió.
—Entonces…
Silencio.
Corto.
Preciso.
—Es él.
No necesitaba más.
Lo supe.
Antes de girar.
Antes de verlo.
Lo sentí.
Diferente a Aziel.
Diferente a todo.
Oscuro…
pero no peligroso para mí.
No realmente.
Me detuve.
Lento.
Controlado.
Y giré.
Ahí estaba.
Apoyado contra la pared.
Como si llevara ahí todo el tiempo.
Observando.
Midiendo.
Esperando.
—Te tardaste.
Dije.
Mi voz más firme de lo que me sentía.
Una media sonrisa cruzó su rostro.
—No tanto como tú en darte cuenta.
Adrik.
Su nombre pesó diferente ahora.
Más real.
Más… complicado.
—¿Me estabas siguiendo?
—Protegiendo.
Directo.
Sin rodeos.
—No es lo mismo.
—Depende de quién esté mirando.
Silencio.
Corto.
Tenso.
—No necesito que me protejas.
Mentira.
Los dos lo sabíamos.
—No.
Dijo él.
Tranquilo.
—Pero igual lo voy a hacer.
Eso…
no me gustó.
No por lo que dijo.
Por cómo lo dijo.
Como si ya estuviera decidido.
Como si no importara lo que yo quisiera.
—No puedes decidir eso por mí.
—Ya lo hice.
El aire cambió.
No fuerte.
No visible.
Pero claro.
Mi energía reaccionó.
Automática.
Y al mismo tiempo—
otra presencia.
Más suave.
Más firme.
—Aléjate de él.
La voz de Aziel fue clara.
Directa.
Dentro de mí.
—No está aquí por casualidad.
—Lo sé.
Respondí.
Pensando.
Sintiendo ambas presencias.
Dos extremos.
Dos formas de protección.
—¿Problemas?
La voz de Adrik me devolvió al momento.
Sus ojos no se apartaban de los míos.
Ni un segundo.
—Depende.
Respondí.
—¿Tú los traes?
Una leve risa salió de él.
Baja.
Corta.
—No hoy.
Eso no tranquilizaba nada.
—Entonces dime por qué estás aquí.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Porque alguien más también lo está.
Mi cuerpo se tensó.
—La mujer.
No fue pregunta.
—Sí.
—No es humana.
—No.
—Lo sé.
Eso me hizo fruncir el ceño.
—¿Qué sabes?
Su mirada cambió apenas.
Más seria.
Más… honesta.
—Lo suficiente para decirte que no es la única.
Perfecto.
—Eso ya me lo dijeron.
—¿Quién?
Silencio.
Error.
—Nadie.
Demasiado rápido.
Él lo notó.
Claro que lo notó.
—No estás sola.
No fue pregunta.
Fue afirmación.
—Nunca lo estuve.
Respondí.
Sosteniéndole la mirada.
Sin ceder.
Sin explicar.
Algo en su expresión cambió.
No celos.
No enojo.
Algo más.
Evaluación.
—Bien.
Dijo finalmente.
—Eso puede jugar a tu favor…
Pausa.
—o destruirte más rápido.
El silencio cayó entre nosotros.
Pesado.
Real.
—Entonces dime qué hago.
No estaba pidiendo ayuda.
Estaba tomando control.
Y él lo entendió.
—No confíes en nadie dentro de esa oficina.
Directo.
—Eso ya lo sé.
—No lo suficiente.
Dio un paso hacia mí.
Solo uno.
Mi energía reaccionó.
Pero no explotó.
No esta vez.
—Te están midiendo.
—Lo sé.
—No.
Negó levemente.
—Te están clasificando.
Eso…
fue peor.
Mucho peor.
—¿Para qué?
Silencio.
Y por primera vez—
dudó.
—Para decidir si eres un riesgo…
Pausa.
—o un arma.
El mundo se quedó en silencio.
—Genial.
Murmuré.
—Entonces voy ganando puntos.
Su mirada no cambió.
—Eso no es bueno.
—Nunca lo es.
Silencio.
Y en medio de todo eso—
la voz volvió.
Más cerca.
Más firme.
—Estrella.
Aziel.
—Esto está escalando demasiado rápido.
—Lo sé.
—Tienes que salir de aquí.
—No puedo.
—Entonces cambia las reglas.
Eso…
se quedó.
Se clavó.
Se hizo idea.
Idea peligrosa.
Perfecta.
Respiré.
Fuerte.
Decidida.
Y por primera vez—
no reaccioné.
Elegí.
—Voy a dejar que piensen que tienen el control.
Dije.
Mirando a Adrik.
Pero pensando en todo.
—¿Y luego?
—Y luego…
Pausa.
Una pequeña sonrisa cruzó mi rostro.
No por diversión.
Por decisión.
—voy a aprender todo lo que pueda antes de que intenten usarme.
Silencio.
Pero esta vez…
diferente.
No débil.
No roto.
Peligroso.
—Eso…
Dijo Adrik lentamente.
—suena a una muy mala idea.
—Probablemente.
—Entonces ¿por qué hacerlo?
Lo miré.
Directo.
Sin dudar.
—Porque ya no quiero ser la que reacciona.
Pausa.
—Quiero ser la que decide.
El aire se tensó.
Ambas presencias.
Luz.
Oscuridad.
Las dos.
Atentas.
Listas.
Y por primera vez—
alineadas en algo.
Silencio.
Real.
Peligroso.
—Entonces prepárate.
Dijo Adrik.
—Porque eso…
Pausa.
—tiene consecuencias.
Sonreí apenas.
Sin alegría.
Sin miedo.
Solo verdad.
—Lo sé.
Y esta vez—
no me detuve.
Caminé.
Directo.
Hacia ellas.
Hacia el problema.
Hacia todo lo que venía.
Porque si iban a observarme…
entonces iba a darles algo que ver.