La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 7: EL CÍRCULO DEL SILENCIO
La morfina había hecho su trabajo. Elías finalmente descansaba, con el rostro libre de las muecas de dolor que lo habían atormentado desde el puente. Su respiración, aunque superficial debido a los vendajes compresivos que Jake le había aplicado, era rítmica. Jake lo observó un momento, sintiendo una mezcla extraña de respeto y miedo; ver al hombre que consideraba invencible reducido a esa fragilidad era un peso que casi no podía cargar.
—Descansa, viejo lobo
—susurró Jake, limpiando la sangre negra de su cuchillo por décima vez.
El búnker era pequeño, pero Jake no podía quedarse quieto. La adrenalina de su encuentro con el Acechador seguía fluyendo por sus venas, convirtiendo el silencio del refugio en algo opresivo. Se acercó a una consola de control situada al fondo de la estancia, una reliquia de pantallas de fósforo verde y diales analógicos que olía a ozono y a polvo estancado.
Con manos expertas
—una de las pocas habilidades técnicas que Alexia le había insistido en aprender
—Jake empezó a puentear los circuitos de alimentación de emergencia. Tras varios intentos fallidos y una lluvia de chispas que iluminó la penumbra, una de las pantallas parpadeó y cobró vida.
Era el sistema de vigilancia externa. Las cámaras eran térmicas y de baja resolución, pero lo que Jake vio en el monitor hizo que se le helara la sangre en las venas.
—No puede ser...
—balbuceó, pegando el rostro a la pantalla.
El búnker no estaba rodeado de monstruos rugientes ni de patrullas de combate. En el exterior, bajo la luz violeta de la luna de esporas, cientos de figuras humanas estaban allí, perfectamente quietas. No eran zombies de Fase 4, ni Acechadores veloces. Eran los "Arrodillados". Hombres, mujeres y algunos niños, todos con la ropa hecha jirones, arrodillados en el asfalto y la roca, formando un círculo concéntrico perfecto alrededor de la entrada del búnker.
Ninguno se movía. Ninguno emitía un sonido. Todos tenían las cabezas inclinadas hacia el suelo, en una postura de sumisión absoluta. Pero lo más aterrador no era su presencia, sino el patrón. Estaban dispuestos de tal forma que bloqueaban cada posible ruta de escape hacia los acantilados.
Jake cambió a la cámara de gran angular. El círculo se extendía por metros. Había miles. Era una marea humana de silencio que parecía estar esperando una señal.
—¿Qué demonios es esto?
—se preguntó Jake, sintiendo que las paredes del búnker se cerraban sobre él.
De repente, una de las figuras en el monitor se levantó. No estaba cerca de la puerta, sino en el centro exacto del círculo visible. A diferencia de los demás, esta figura no llevaba jirones; vestía una capa larga y oscura que parecía absorber la luz. Levantó la cabeza hacia la cámara, como si supiera exactamente dónde estaba el lente.
Jake sintió un escalofrío. Era el impostor. El que usaba la voz de sus muertos.
—Sé que nos estás mirando, pequeño soldado
—la voz no salió de los altavoces de la consola, sino que resonó directamente en los auriculares de su traje táctico, hackeando la frecuencia local
— Elías no puede protegerte ahora. Él pertenece al pasado. Tú, en cambio, eres el futuro que la Red necesita.
Jake agarró el micrófono de la consola, con los nudillos blancos.
—¿Quién eres? ¡Kael está muerto! ¡Tú no eres nadie!
La figura en la pantalla ladeó la cabeza con una elegancia inhumana.
—Kael fue un arquitecto que no entendió su propia obra. Yo soy la obra terminada. El Profeta no es un hombre, Jake; es una frecuencia. Y esos que ves ahí fuera...
—señaló a los Arrodillados
— no son prisioneros. Son los que han dejado de luchar contra lo inevitable. Están aquí para darles la bienvenida.
—¡Vete al infierno!
—rugió Jake.
—El infierno es la soledad, Jake. Y tú estás muy solo ahora. Elías se desvanece. Alexia está encerrada en una montaña de cristal que pronto será un sepulcro. Únete al círculo. Abre la puerta y deja que el silencio te cure.
La pantalla emitió un pitido agudo y se llenó de estática. Cuando la imagen volvió, la figura de la capa había desaparecido, pero los miles de Arrodillados seguían allí, como una estatua colectiva de desesperación.
Jake se apartó de la consola, jadeando. Miró a Elías. El Comandante seguía dormido, ajeno a la pesadilla que crecía fuera de los muros de acero. Jake se dio cuenta de que el impostor no quería matarlos, al menos no todavía. Quería quebrarlos psicológicamente. Los Arrodillados no eran una amenaza física inmediata, eran una presión constante, un recordatorio de que no había salida y de que la humanidad que intentaban salvar ya se había rendido.
El chico revisó su munición. Le quedaban tres cargadores completos y su cuchillo. Contra miles, era nada. Pero recordó las palabras de Elías sobre la guerra psicológica: "El enemigo ataca tu mente cuando sabe que no puede atravesar tu armadura".
—No voy a abrir esa puerta
—susurró Jake, sentándose de nuevo junto al catre de Elías.
Pasaron las horas. Cada vez que Jake miraba el monitor, los Arrodillados seguían allí. No comían, no dormían, no parpadeaban. Eran como una extensión del micelio, alimentándose de la angustia de Jake.
Hacia el amanecer, Elías empezó a moverse. Sus ojos se abrieron con dificultad, nublados por la morfina, pero recuperaron la lucidez en pocos segundos al ver la expresión desencajada de su alumno.
—Jake... ¿qué ha pasado?
—preguntó Elías, intentando sentarse. Jake lo ayudó, poniendo una mano en su espalda para evitar que hiciera demasiada fuerza con las costillas.
—Mira la pantalla, Comandante
—dijo Jake con voz hueca.
Elías observó el monitor de fósforo verde. Sus ojos se entrecerraron, analizando la formación táctica de los infectados. Su experiencia militar se impuso al dolor.
—Es un asedio de afinidad
—dijo Elías, su voz recuperando la gravedad del mando
—No están esperando para atacar. Están esperando a que la Red alcance la frecuencia crítica. El impostor está usando sus cerebros como repetidores biológicos para amplificar la señal de la Catedral. Si nos quedamos aquí mucho más tiempo, Jake... nuestras propias mentes empezarán a vibrar con ellos. Empezaremos a ver lo que ellos ven.
—¿Y qué ven ellos?
—preguntó Jake, temiendo la respuesta.
—Ven un mundo sin dolor. Un mundo donde no hay que luchar por el oxígeno ni por el agua. Pero es una mentira de dopamina fúngica. Es el final de la voluntad.
Elías se puso en pie, apoyándose pesadamente en Jake. Su rostro estaba pálido, pero sus manos eran estables.
—No podemos esperar a que se dispersen. El impostor sabe que estoy herido y que tú eres joven. Cree que nos consumiremos en el miedo. Pero se equivoca. Vamos a usar la salida de emergencia de los niveles inferiores.
—¿La que da al acantilado?
—preguntó Jake
—Está llena de agua y escombros.
—Es mejor ahogarse en agua salada que entregarse a ese silencio
—sentenció Elías
—Recoge todo, Jake. Los suministros, la radio y el cuchillo. No dejaremos nada para la Red.
Jake asintió, sintiendo que el liderazgo de Elías le devolvía la cordura. Prepararon las mochilas en silencio. Antes de salir de la sala de mando, Elías se detuvo frente a la consola y activó el protocolo de sobrecarga del generador del búnker.
—Si quieren este lugar, que se queden con sus cenizas
—dijo Elías.
Bajaron por una trampilla hacia los niveles inferiores del búnker. El agua les llegaba por la cintura, fría y oscura, oliendo a mar y a óxido. Elías caminaba con dificultad, apretando los dientes en cada paso, pero no se detuvo. Jake abría camino con su linterna, barriendo las tuberías inundadas.
Llegaron a una pesada escotilla circular que daba directamente a una cueva natural bajo el puente. Elías giró la manivela con ayuda de Jake. La presión del agua exterior hizo que la puerta cediera con un estruendo, inundando la cámara por unos segundos antes de estabilizarse.
Salieron a la cueva. El aire olía a sal pura, un alivio comparado con el dulzor de las esporas. Pero al mirar hacia la salida de la cueva, hacia el mar abierto, Jake vio que el círculo no terminaba en la tierra.
En el agua, flotando como boyas humanas, cientos de Arrodillados también estaban allí, manteniendo su posición rítmica en el oleaje, bloqueando la salida al mar.
—Nos tienen rodeados por todas partes, Elías
—susurró Jake, levantando su fusil.
Elías miró a la masa de gente en el agua y luego a la inmensa Catedral que se alzaba sobre ellos en la distancia.
—Entonces tendremos que nadar entre ellos, Jake. No dispares a menos que intenten arrastrarnos hacia abajo. Su trance es profundo, pero no son estúpidos. Si sienten dolor, la Red reaccionará. Muévete como una sombra.
Se lanzaron al agua helada, iniciando una travesía desesperada entre cientos de cuerpos humanos que flotaban en un silencio sepulcral. El viaje a San Francisco ya no era solo una marcha; era un descenso al corazón de una locura colectiva de la que Elías y Jake eran los últimos testigos cuerdos.