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TRATADO DE DULZURA Y FUEGO

TRATADO DE DULZURA Y FUEGO

Status: Terminada
Genre:Romance / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Eliette Maldondo Velazquez

El amor entra por el estómago y los ojos

NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Mientras Jazmín intentaba que sus manos no temblaran al colocar los delicados macarrones en la caja de cartón, Mirna se había desplazado por detrás de la barra con la sutileza de una pantera. Sus ojos no se despegaban de Igor, quien seguía apoyado en el mostrador con una arrogancia que gritaba poder y dinero. Mirna se inclinó hacia Jazmín, fingiendo que revisaba el inventario, pero su voz llegó cargada de una urgencia pecaminosa.

—Mmm... que me arreste, que me torture o que me embarace —susurró Mirna al oído de su amiga—. Lo que sea que se le antoje a ese de las gafas oscuras que está atrás del mastodonte de ojos azules. Por Dios, Jaz, ¿viste ese porte?

Jazmín sintió que el rostro le ardía, no sabía si por el calor de los hornos o por la audacia de su amiga.

—Jaja, sí, son guapos... —respondió Jazmín en un susurro, tratando de concentrarse en los besos de cereza.

—¿Guapos? —Mirna soltó un bufido de incredulidad—. Jaz, están buenísimos. Huelen delicioso, huelen a pecado y a cuenta bancaria con muchos ceros. ¿Y viste esas manos? Esas manos no son de alguien que acaricia suavemente, esas manos son de alguien que...

—¡Por Dios, Mirna! —la interrumpió Jazmín, roja como un tomate—. ¿Cuánto tiempo llevas en abstinencia?

Mirna puso una expresión de tragedia griega, bajando los hombros mientras miraba de reojo los músculos de Igor que amenazaban con reventar la costura de su saco.

—Amiga, ya no sé ni qué es un hombre —contestó Mirna con tono triste—. Pero esa bestia... —se mordió el labio con una fuerza que casi la hace sangrar—. A esa bestia sí dejaba que me...

—¡Mirna! —siseó Jazmín, escandalizada.

—¡Comiera, Jaz! ¡Que me comiera! —rectificó Mirna con una sonrisa pícara, aunque sus ojos decían algo mucho más explícito.

Al otro lado del mostrador, ajenos a la inspección ginecológica visual de Mirna, Sergei e Igor estaban en su propio mundo, un mundo donde las finanzas y la política de una niña de cuatro años eran la ley absoluta.

—Si a Inna le gustan los bizcochos de aquí, le das un aumento a Neón —sentenció Sergei, cruzando los brazos sobre su pecho macizo. Su mirada de hielo volvió a Jazmín por un segundo, analizando no solo su repostería, sino la curva de su cuello.

Igor soltó una carcajada ronca, ajustándose las gafas oscuras.

—Jaja, mejor que rece porque le gusten —dijo Igor, mirando a Neón que esperaba junto a la puerta—. Porque si no, no lo invitan al té. ¿O ya no te acuerdas cuando Sirio no llevó rosas al "té pink"? La jefa dejó de hablarle y no lo invitó al jardín por un mes entero. El pobre casi entra en depresión por el vacío legal.

En ese momento, como si fuera una coreografía de guerra, Sergei, Igor y los otros cinco guardias que custodiaban el local voltearon simultáneamente hacia el susodicho. Sirio, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y cara de no haber sonreído desde la Guerra Fría, bajó la mirada con una vergüenza genuina, recordando el exilio social al que lo había sometido la pequeña Inna.

Sergei volvió a mirar a Jazmín. El contraste era absoluto: él, un criminal capaz de incendiar ciudades, y ella, una chica que olía a azúcar y esperanza, empaquetando los dulces que decidirían el destino de sus hombres.

—Termina la caja, muñeca —dijo Sergei, y su voz provocó un escalofrío que Jazmín sintió hasta en la punta de los pies—. Mi hija no es una mujer paciente, y mi paciencia... bueno, mi paciencia es un mito urbano.

Jazmín cerró la caja con un listón rosa, el mismo color que la pijama de unicornio que Sergei no podía quitarse de la cabeza. Al entregarle el paquete, sus dedos rozaron los de él por un instante. Fue como tocar un cable de alta tensión. Sergei no retiró la mano de inmediato; sus ojos azules se clavaron en los de ella, registrando el miedo, pero también la chispa de atracción que Jazmín no podía ocultar.

—Vámonos —ordenó Sergei, rompiendo el hechizo—. Tenemos una cita real a la que asistir.

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