⚠️🚫Un nuevo "asesino perfecto" aparece en la ciudad. No usa feromonas, usa tácticas militares que Ben reconoce. Y ese es solo el inicio de los problemas de la familia Volkov Masson. 🚫⚠️ 💡Estilo staempunk💡
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Justicia de su mundo
Siete años después...
Puerto Gris había cambiado en los últimos años. Las viejas chimeneas de carbón habían sido reemplazadas por torres de vapor de alta presión, y el lujo de la zona alta brillaba con una intensidad que casi lograba ocultar la miseria de los muelles. Pero para Ben Connors, atrapado aún en el cuerpo de Ren Masson, la ciudad seguía siendo el mismo tablero de ajedrez donde cualquier movimiento en falso significaba la muerte.
En el patio trasero de la mansión Volkov, el aire vibraba con una tensión familiar.
—¡Izquierda, Vlad! ¡No te fíes de la estática! —gritó Leo, que a sus catorce años ya tenía la planta de un alfa joven y disciplinado.
Leo no poseía poderes. Era un alfa puro, de hombros anchos y mirada calculadora. Su fuerza no venía de chispas eléctricas, sino de una observación obsesiva. Vladislav, de doce años, se movía frente a él como una sombra. El hijo biológico de Ben y Valerius era más delgado, pero su presencia era inquietante. Sus ojos violetas emitían un brillo tenue, y cada vez que sus pies tocaban la tierra, una pequeña descarga de estática levantaba el polvo.
Vlad intentó un barrido, pero Leo saltó con una agilidad técnica perfecta, atrapando el brazo de su hermano menor en el aire.
—Te confiaste en tu velocidad otra vez —dijo Leo, inmovilizándolo contra el suelo con una llave de brazo—. Papá dice que la electricidad es para terminar la pelea, no para empezarla.
Ben, observando desde el porche con los brazos cruzados, asintió para sí mismo. Leo era su orgullo táctico; Vlad era su mayor secreto biológico. Nadie fuera de esos muros sabía que el niño podía freír el sistema nervioso de un hombre con solo un toque prolongado.
—Suficiente por hoy, reclutas —ordenó Ben. Su voz seguía siendo la de un Capitán de Élite—. Vayan con Sage. Vane acaba de llegar.
Los niños se cuadraron, saludaron militarmente y corrieron hacia la casa. Ben suspiró. A sus treinta y tantos años en este cuerpo, se sentía más fuerte que nunca, pero la preocupación por el futuro de sus hijos era un peso constante.
Entró al despacho. Valerius estaba allí, sirviendo dos copas de vino, con esa elegancia peligrosa que el tiempo solo había refinado. En una silla frente al escritorio, Vane esperaba con una carpeta marrón. El exinspector se veía más viejo, y el brazo que Ben le rompió hace años todavía le daba problemas en los días húmedos, pero sus "Ojos" controlaban cada rincón de la ciudad.
—Informe —dijo Ben, sentándose.
—Es la banda de "Los Cuervos de Hierro" —explicó Vane con voz ronca—. No son simples criminales de muelle. Tienen armamento de última generación y, lo más grave, tienen la protección directa del senador Julien Brabant.
Valerius golpeó la mesa con un dedo.
—Brabant está intentando pasar una ley de "seguridad pública" que le daría permiso a la policía para registrar nuestros cargamentos en el puerto sin orden judicial. Quieren asfixiar nuestro imperio desde adentro.
—Brabant no es el problema —intervino Ben, analizando las fotos de Vane—. El problema es quién le está dando las armas a los Cuervos. Vane, ¿qué más tienes?
—Brabant tiene una fiesta privada esta noche en su mansión de la colina —dijo Vane—. Solo políticos y los líderes de la banda. Es el momento perfecto si quieres que el senador deje de respirar por "causas naturales".
Ben miró a Valerius. El Lobo asintió. No necesitaban palabras. La paz de la familia dependía de la eliminación de Brabant.
Tres horas después, la noche envolvió la mansión del senador Julien Brabant. Era una estructura de mármol y cristal, protegida por una docena de guardias armados. Ben, vestido con su traje táctico negro y una máscara de filtro, se movía por los jardines como el fantasma que le daba nombre a su leyenda.
Utilizó un cable de carbono para subir al balcón del segundo piso. Sus movimientos eran mecánicos, precisos. Había realizado esta rutina cientos de veces. Infiltración, identificación, eliminación y extracción.
Entró en el estudio privado del senador por una ventana mal cerrada. El olor a tabaco caro y perfume importado inundaba la habitación. Ben desenfundó su pistola con silenciador, esperando encontrar al hombre gordo y corrupto sentado tras su escritorio.
Pero lo que encontró lo dejó paralizado en medio de la alfombra.
Julien Brabant estaba allí, sí. Pero estaba muerto. El cuerpo del senador estaba caído hacia delante sobre su escritorio de caoba. No había sangre, ni señales de lucha, ni olor a pólvora.
Ben se acercó con cautela. Sus sentidos de omega dominante se dispararon. No percibía el aroma de ningún alfa agresor. Con guantes de látex, levantó la cabeza del cadáver y examinó el cuello.
Encontró lo que buscaba: una pequeña marca morada en la base del cráneo, justo debajo del occipital.
—No puede ser... —susurró Ben, y un frío que no venía de la noche le recorrió la columna.
Era una técnica de presión arterial selectiva. Un golpe seco y preciso en un punto nervioso que causaba un derrame cerebral instantáneo, simulando una muerte natural. Era una técnica que Ben conocía de memoria. Él mismo la había enseñado durante años.
Era la firma de la Academia de Fuerzas Especiales de su mundo original. Una técnica que no existía en Puerto Gris. Alguien de "su casa" había estado allí minutos antes.
Ben analizó la habitación con ojos de investigador forense. En el borde del cenicero, vio un pequeño trozo de papel quemado. Lo tomó con cuidado. Solo se leía una palabra escrita a mano con una caligrafía que reconoció al instante: "Jaqué".
—Bruce... —masculló Ben, apretando los dientes.
El Capitán no perdió más tiempo. Salió de la mansión con la misma rapidez con la que entró, pero esta vez, su corazón no latía por la adrenalina de la misión, sino por el terror de ser descubierto por un fantasma de su pasado.
Bajó la colina por los callejones oscuros hasta llegar al auto negro blindado que lo esperaba con el motor encendido. Valerius estaba al volante, con una mano en su revólver y la mirada fija en el retrovisor.
Ben entró y cerró la puerta con un golpe seco.
—Vámonos de aquí. Ahora —ordenó Ben, su voz temblando ligeramente.
Valerius arrancó el coche, acelerando por las calles empedradas. Miró a su esposo por el espejo.
—¿Qué pasó? ¿Hubo complicaciones? No escuché disparos.
Ben se quitó la máscara, revelando un rostro pálido y unos ojos azules que brillaban con una intensidad azul eléctrica fuera de control.
—Brabant ya estaba muerto cuando llegué, Valerius.
El alfa frunció el ceño.
—¿Un rival? ¿Vane envió a alguien más?
—No —Ben lo miró fijamente, con una seriedad que helaba la sangre—. El hombre fue ejecutado con una técnica de mi mundo. Un golpe que solo se enseña en mi unidad de policía.
Valerius detuvo el auto en un callejón oscuro y se giró hacia Ben, con los ojos dorados llenos de preocupación.
—¿Estás diciendo que... alguien más cruzó? ¿Alguien como tú?
—Estoy diciendo que el hombre que me traicionó y me puso una balas en el pecho en mi otra vida, está aquí en Puerto Gris —sentenció Ben—. Bruce está aquí. Y si él mató a Brabant, no es porque quiera ayudarnos. Es porque está marcando su territorio.
El silencio en el auto fue absoluto. Ben miró sus manos, las manos de Ren Masson, y por primera vez en catorce años, se sintió vulnerable. Vladislav y Leo no estaban seguros. Su secreto, su mutación y su imperio estaban en la mira de un hombre que sabía exactamente cómo pensaba el Capitán Ben Connors.
—La guerra por Puerto Gris acaba de cambiar de reglas —murmuró Ben, mirando hacia la mansión Volkov en la distancia—. Bruce ha venido a terminar lo que empezó en aquel callejón.
Valerius tomó la mano de Ben, apretándola con una fuerza posesiva.
—Que lo intente. Esta vez, el Fantasma tiene a un Lobo y a dos herederos de la tormenta de su lado. Si quiere justicia de su mundo, le daremos la nuestra.
El auto negro se perdió en la neblina de la noche, mientras en las sombras de un edificio cercano, una silueta con un uniforme oscuro observaba cómo se alejaban, fumando un cigarrillo cuyo humo olía a un asfalto que no pertenecía a este universo.