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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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capitulo 16
La celda llevaba horas en silencio.
Nox estaba sentada en la camilla, con la espalda apoyada en la pared, la mirada perdida en el techo de cemento. El dedo anular le palpitaba. La gasa estaba empapada de sangre seca. Pero el dolor físico ya era parte de ella, como la respiración o el hambre.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Horas. Días. No importaba.
El tiempo, en una celda, no existe.
La puerta se abrió de golpe.
El subordinado de Killa entró con paso firme. Detrás de él, dos soldados armados.
—Tienes visitas —dijo el hombre, con su voz plana de siempre.
Nox frunció el ceño.
—¿Visitas? —preguntó, confundida.
No podía ser. Los prisioneros políticos no recibían visitas. Los ejecutaban antes.
El hombre no respondió. La agarró del brazo con fuerza bruta y le colocó unas esposas frías alrededor de las muñecas. El metal mordió su piel.
—Vamos —dijo.
Nox no opuso resistencia. No servía de nada.
Caminó cojeando detrás de él, por pasillos grises, bajo luces blancas que zumbaban como moscas muertas. Subieron unas escaleras. Cruzaron una puerta blindada.
Llegaron a la zona de visitas.
Nunca la había visto antes. Era una sala pequeña, con una mesa larga de metal en el centro, sillas atornilladas al suelo, y un enorme ventanal de vidrio blindado que daba a un patio vacío.
Casualmente, nunca se usaba.
Porque los que eran atrapados… eran ejecutados rápidamente.
Nox sintió un escalofrío.
La sentaron en una de las sillas. Las esposas seguían puestas. No podía mover las manos más allá de unos centímetros.
Esperó.
El corazón le latía en la garganta.
Y entonces la puerta se abrió otra vez.
Killa entró primero. Con su uniforme impecable. Su sonrisa helada. Sus ojos de depredador.
Y junto a él, tomada de la mano…
Sofía.
Nox sintió que el mundo se detenía.
El aire desapareció de sus pulmones. La sangre se le heló y se le incendió al mismo tiempo. El corazón le golpeó las costillas como un animal atrapado en una jaula.
—¡SOFÍA! —gritó.
Su voz rompió el silencio de la sala. Eco. Dolor. Desesperación.
Su hermana. Su bebé. Su única razón para seguir viva.
Estaba ahí. Frente a ella. Sucia. Con el jersey gris manchado de tierra. El pelo enmarañado. Los ojos rojos y húmedos.
—¡Nox! —gritó Sofía, y quiso soltar la mano de Killa para correr hacia ella.
Pero Killa no la soltó.
—Lo siento —dijo Killa, con esa voz de hielo disfrazada de cortesía—. Pero no pueden tocarse.
Nox lo miró con odio. Con fuego. Con lágrimas que ya empezaban a quemarle los ojos.
—Es parte del protocolo —añadió él, como si hablara del tiempo.
—Por favor —suplicó Nox.
Su voz se rompió. No le importó. No le importó parecer débil. No le importó nada.
—Por favor, déjame abrazarla. Solo un segundo. Por favor.
Killa la miró largamente.
Sus ojos oscuros recorrieron su rostro. Las lágrimas. El labio partido. La mejilla hinchada. El dedo vendado.
Algo en él cambió.
Algo se ablandó.
Solo un poco. Solo un instante.
—Está bien —dijo.
Soltó la mano de Sofía.
La niña salió corriendo como una flecha. Sus brazos pequeños rodearon el cuello de Nox. Su cara se enterró en su pecho. Las dos hermanas se abrazaron como si el mundo se acabara afuera.
Nox cerró los ojos. Apretó a Sofía contra su pecho. Sintió su calor. Su olor. Su respiración entrecortada.
Y lloró.
Lloró sin vergüenza. Sin orgullo. Sin la máscara de la rebelde fuerte que todos esperaban.
Lloró porque era su hermana. Su única familia. Su razón para no rendirse.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Nox, separándose un poco para mirarla a la cara—. Se suponía que estarías segura en la fortaleza.
Sofía bajó la mirada.
—¿Te hicieron daño? —preguntó Nox, buscando con sus manos cualquier rasguño, cualquier moretón, cualquier señal de dolor en el cuerpo pequeño de su hermana.
—No —respondió Sofía, en un hilo de voz—. No me hicieron daño. El señor Killa dijo que nadie me tocaría.
Nox miró a Killa por encima del hombro de su hermana.
Él seguía de pie, al fondo de la sala, con las manos en los bolsillos. Observando. Como quien mira una obra de teatro.
No dijo nada.
—¿Qué sucedió? —preguntó Nox, volviendo a Sofía—. ¿Por qué no estás en la fortaleza? ¿Quién te trajo aquí?
Sofía se mordió el labio.
Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos grandes.
—Fue Ko —dijo.
Nox sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Ko —repitió, como si escupiera veneno.
—Él pidió que me arrojaran lejos —continuó Sofía, con la voz temblorosa—. Dijo que era una molestia. Que solo te hacía mal. Que si no estabas tú, de nada servía que yo estuviera allí.
El silencio de Nox fue más aterrador que cualquier grito.
—Dijo que así… —Sofía tragó saliva—. Así serías de él.
Nox cerró los ojos.
Apretó los puños.
Las esposas le mordieron las muñecas. La sangre volvió a brotar del dedo anular.
—No puedo creerlo —susurró.
Abrió los ojos. Sus pupilas ardían.
—Maldito. Malparido. Me las va a pagar.
Su voz era un cuchillo.
Pero detrás del odio, había algo más oscuro. Algo que no quería mostrar delante de Sofía.
Miedo.
Miedo de no poder protegerla.
Miedo de lo que vendría.
Miedo de que, esta vez, sí, estuvieran solas.
Las lágrimas volvieron a caer. Pero estas no eran lágrimas de rabia. Eran lágrimas de impotencia.
—Lo siento —dijo Nox, abrazando a Sofía otra vez—. Lo siento mucho.
Killa, al fondo, observaba en silencio.
No sonreía.
No se burlaba.
Solo miraba.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué decir.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...