SIN SPOILER
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LA PRIMERA CONCUBINA
La tormenta había regresado al reino.
El cielo rugía sobre el castillo mientras los largos pasillos permanecían casi vacíos a esas horas de la noche.
Después de abandonar los aposentos de la reina, Víctor caminó en silencio hacia la sala privada del ala este.
Su expresión era fría.
Tensa.
La discusión con la partera había dejado algo claro:
Victoria no podría darle otro heredero pronto.
Y el rey no estaba dispuesto a esperar.
Para él, la corona era lo primero.
Siempre lo había sido.
Más importante que el amor.
Más importante que la culpa.
Más importante que cualquier persona.
Víctor entró en una habitación iluminada apenas por unas cuantas velas.
Uno de sus consejeros ya lo esperaba allí.
El hombre hizo una reverencia inmediata.
—Majestad.
El rey se sirvió vino lentamente antes de hablar.
—Quiero una concubina.
El consejero levantó la mirada sorprendido.
Porque en todos sus años de matrimonio…
Víctor jamás había tomado otra mujer.
Muchos nobles incluso admiraban aquello.
Creían que el rey amaba demasiado a Victoria como para mirar a alguien más.
Pero esa noche…
algo había cambiado.
—¿Majestad… está seguro?
Víctor observó el vino dentro de la copa.
—Necesito un heredero.
La respuesta fue fría.
Directa.
Como si estuviera hablando de política y no de personas.
El consejero bajó rápidamente la cabeza.
—Entiendo.
El rey dio un último trago antes de ordenar:
—Que sea discreto.
—Sí, majestad.
Horas después…
una joven fue llevada en silencio hacia las habitaciones privadas del rey.
Su nombre era Amelia.
Tenía apenas diecinueve años y provenía de una familia noble menor que servía a la corona desde hacía generaciones.
La muchacha caminaba nerviosamente acompañada por dos sirvientas.
Sus manos temblaban ligeramente.
Porque entendía perfectamente lo que significaba haber sido elegida.
Y también sabía que no tenía derecho a negarse.
Las enormes puertas doradas se abrieron lentamente.
La joven entró en la habitación con el corazón latiendo con fuerza.
Víctor permanecía cerca de la ventana observando la lluvia caer sobre el castillo.
La luz de los relámpagos iluminaba brevemente su figura.
Amelia hizo una reverencia temblorosa.
—Majestad…
El rey volteó lentamente hacia ella.
Y por un instante…
la joven sintió miedo.
Porque los ojos de Víctor se veían completamente vacíos.
No había deseo.
Ni ternura.
Ni siquiera interés verdadero.
Solo determinación.
Como si ella fuera simplemente parte de un objetivo.
El rey caminó lentamente hacia ella observándola en silencio.
Amelia bajó la mirada nerviosa.
Intentando ocultar el temblor de sus manos.
Víctor notó inmediatamente algo.
La inseguridad.
La inocencia evidente.
La manera torpe en que evitaba mirarlo directamente.
Y comprendió que la joven jamás había estado en una situación así.
—¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente.
—A-Amelia, majestad.
El rey asintió apenas.
Después levantó suavemente el rostro de la muchacha obligándola a mirarlo.
Ella parecía aterrada.
Y eso hizo que incluso por un segundo…
Víctor sintiera cierta incomodidad.
Pero desapareció rápido.
Porque su obsesión seguía siendo la misma:
Un heredero perfecto.
La tormenta rugió afuera del castillo.
Y Amelia cerró ligeramente los ojos por el sonido.
Víctor la observó unos segundos más antes de hablar nuevamente.
—No tienes que temer.
Pero su voz sonó distante.
Fría.
Como si estuviera diciendo palabras aprendidas y no algo que realmente sintiera.
La joven asintió lentamente.
Aunque seguía claramente nerviosa.
Las sirvientas abandonaron la habitación dejando las puertas cerrarse detrás de ellas.
El silencio se volvió pesado.
Amelia respiró hondo intentando mantener la calma.
Mientras tanto…
muy lejos del castillo…
la pequeña Luna dormía tranquilamente en brazos de Elena junto a la chimenea de la torre.
Ajena por completo a todo lo que ocurría en el reino.
Ajena a cómo su padre seguía intentando reemplazarla.
En el castillo, las velas continuaban consumiéndose lentamente mientras la lluvia golpeaba las ventanas.
Y aunque aquella noche sería recordada en secreto dentro del palacio…
nadie imaginaba que el verdadero peligro para la corona no estaba naciendo en esas habitaciones.
Sino creciendo entre sombras, libros prohibidos y magia olvidada dentro de la antigua torre del hechicero.