Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 23: El yugo del destino
El despertar no fue un alivio, sino una caída en picado hacia una realidad que Ana no puede procesar. Cuando abrió los ojos, lo primero que percibió fue la textura rugosa de una pared de roca fría contra su mejilla y el olor a tierra mojada. El aire de la cueva esta cargado de una estática que le erizó el vello de los brazos. Aún no se ha incorporado cuando una presencia, densa y magnética, la obligó a girar la cabeza.
Él esta allí, sentado en cuclillas a pocos metros, observándola con una fijeza que le impide respirar. Ya no es la bestia titánica, el lobo de pelaje negro y ojos de fuego; ahora luce una forma humana, un hombre de hombros anchos y rasgos cincelados por siglos de inclemencias, con la piel bronceada y el cabello oscuro revuelto. Pero en sus ojos (esos orbes ámbar que brillan con una intensidad depredadora), la bestia sigue presente.
Ana sintió un espasmo de terror puro. El instinto le gritó que hua. Sin pensar, impulsada por la adrenalina, intentó incorporarse y gatear hacia la entrada de la cueva, lejos de él. Pero en el instante en que sus manos se alejaron unos metros de la posición del hombre, su cuerpo le falló. Una oleada de náusea violenta, un vacío gélido que le atravesó el estómago y un dolor agudo en el pecho la obligaron a desplomarse. Es como si un cable invisible, atado a su corazón, se hubiera tensado hasta el punto de ruptura.
__No__. Susurró el hombre, su voz es una vibración grave que pareció nacer del suelo mismo.
__No lo hagas, Ana. No intentes separarte. El lazo no es una sugerencia; es la ley de nuestra existencia__.
Ana se hizo un ovillo, temblando, mientras el dolor va remitiendo a medida que se estira de nuevo hacia él. El horror la golpeó con más fuerza que cualquier arma: no es solo miedo, es una dependencia física.
__¿Qué me has hecho?__. Sollozó ella, sus ojos buscando desesperadamente una salida que su cuerpo le niega.
__¿Qué clase de monstruo eres?__.
El hombre se puso en pie conelegancia y se acercó lentamente. Cada paso suyo es una declaración de propiedad. Se detuvo ante ella, pero no la tocó.
__Soy tu Alfa. Tu protector. Tu todo__. Respondió él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que le causó escalofríos.
__ Durante siglos, vagué por este bosque como un animal, esperando el día en que mi otra mitad apareciera. Yo no tenía consciencia, Ana, solo hambre y oscuridad. Pero cuando te olí, cuando nuestro lazo se encendió, el caos se ordenó. Tú eres mi oxígeno, la razón por la que mi corazón late en este pecho humano. Si tú te alejas demasiado, yo pierdo mi humanidad y regreso a la bestia. Y si yo muero... tú quedarás vacía__.
Ana lo miró, incrédula y horrorizada. La lógica de su mente lucha contra la evidencia sensorial. Puede sentir su ansiedad, puede notar cómo su propio pulso se sincroniza con el de él.
__Eso no es amor__. Escupió ella, aunque su voz se quebró.
__Es una sentencia de muerte. Me has arrebatado mi libertad__.
__Te he arrebatado de la muerte__. Corrigió él con un tono gélido, acercándose un poco más hasta que ella pudo sentir el calor abrasador que emana de su piel.
__Marcial no quería tu sangre para un ritual cualquiera, quería usar tu conexión con tu hermana para destruirla, y al destruirla a ella, destruiría a Dorian. Si te hubiera dejado ahí, habrías muerto. Aquí, al menos, puedes vivir__.
El sonido de pasos acercándose desde el exterior de la cueva interrumpió la tensión. Dorian y Daiana aparecieron en la entrada. La tensión entre el Híbrido y el Alfa es tan espesa que parece que el aire va a estallar. Dorian observa a Ana con una mezcla de preocupación y una furia contenida hacia el ser que la retiene, mientras Daiana mantkene una postura defensiva.
__El tiempo se acaba__. Dijo Daiana, acercándose a su hermana con cautela. Sus ojos se encontraron, y Ana vio en ellos una tristeza infinita. Daiana sabe lo que es ser una pieza de un tablero mucho más grande.
__Ana, escucha... necesitamos movernos__.
__¿Movernos?__. Preguntó Ana, con la voz vacía.
__¿A dónde?__.
__A la mansión__. Explicó Dorian, su mirada posándose brevemente sobre el Alfa con una hostilidad gélida.
__Es el único lugar donde podemos consolidar nuestras defensas. Marcial tiene reliquias de obsidiana, tiene a toda la secta buscándonos. Si nos quedamos dispersos, nos aniquilarán__. El Alfa asintió, aunque sus ojos no se apartaron ni un segundo de Ana.
__Iremos__. Dijo el Alfa.
__Pero será bajo mis términos. Ella estará bajo mi protección total dentro de esos muros__.
__Ella estará bajo nuestra protección__. Replicó Dorian, dando un paso adelante. La estática comenzó a crepitar alrededor de sus dedos, y las sombras de la cueva respondieron a su llamado.
__No te equivoques, Alfa. La mansión es territorio de mi compañera. Aquí, dentro de este bosque, eres el dueño, pero allí... allí se juega bajo nuestras reglas__.
Ana escucha el intercambio como si fuera una espectadora ajena a su propia vida. Esta siendo trasladada de una cueva a una mansión embrujada, convirtiéndose en el centro de una guerra entre seres que desafian la física y la lógica. La realidad se ha vuelto una jaula.
__Ana__. Dijo Daiana, tomando sus manos. Son manos temblorosas, pero firmes.
__Sé que estás aterrorizada. Pero si te quedas aquí, si el Alfa intenta esconderte solo, Marcial os encontrará. La mansión es una fortaleza antigua. Tenemos que ir. Debemos unirnos para ganar__.
Ana miró al hombre que la había "salvado". Él la observa con una intensidad que casi duele, una devoción que no entiende y que, en el fondo, la aterra porque sabe que no podrá. escapar de ella.
__¿Vendrás conmigo?__. Preguntó ella, con un hilo de voz, dirigiéndose al Alfa.
Él sonrió, un gesto que no alcanzó sus ojos, que siguen fijos en ella con una posesividad absoluta.
__A donde tú vayas, yo iré, Ana. Ni el cielo ni la tierra podrán separarnos. Eres mi Luna, y yo soy tu Alfa, tu sombra__.
El trayecto hacia la mansión fue una procesión silenciosa y cargada de presagios. El bosque parece observar su partida, y Ana sintió, en cada paso, el peso de la atadura invisible que la une al hombre que camina a su lado. Al llegar a la mansión, el edificio se yergue ante ella como un monumento a lo imposible. Las ventanas estan oscuras, las gárgolas de piedra parecen seguir sus movimientos, y el aire pesa con mil años de secretos.
Al cruzar el umbral, Ana sintió que la puerta no se cerró solo para protegerlos de Marcial, sino para sellar su destino. Ya no es la hermana de la estudiante de antropología; es un peón en una guerra de sombras, una Luna atrapada en una órbita de la que no puede escapar, rodeada de monstruos que se dicen sus protectores.
Y mientras la puerta principal resonó con un estruendo metálico, Ana supo que su vida, tal como la conocía, ha quedado atrás, enterrada en el bosque junto a los restos de los hombres que intentaron sacrificarla. Ahora, solo queda sobrevivir.