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¿Seré Tu Piel Canela?

¿Seré Tu Piel Canela?

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Reencarnación / Omegaverse
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Marcela Salazar S.

Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.

NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 19

Ya siendo un nuevo día, nos encontrábamos esperando la llegada de nuestra presa.

Papá me había pedido que estuviera presente durante la reunión.

No lo había dicho directamente, pero creía que había comenzado a confiar en mis habilidades.

No podía negar que eso me hacía sentir extrañamente feliz.

No pasó mucho tiempo antes de que Adrian Montfort llegara.

Vestía con elegancia y una sonrisa ansiosa adornaba su rostro.

La posibilidad de obtener una gran inversión parecía haberle devuelto parte de la confianza que había perdido.

Luego de algunos saludos formales, comenzó a exponer su supuesto negocio.

Al inicio pensé que se trataba de alguna clase de comercio ilegal común.

Sin embargo, a medida que avanzaba en su explicación, una sensación desagradable comenzó a instalarse en mi estómago.

No era un negocio.

Era secuestro y venta de personas.

Montfort hablaba de ello con una naturalidad escalofriante.

Como si estuviera vendiendo ganado.

Como si aquellas personas no fueran seres humanos.

—Las mayores ganancias provienen de aquellos con características poco comunes —explicó mientras extendía varios documentos sobre la mesa—. Especialmente los pelirrojos.

Mi cuerpo se tensó.

Pelirrojos.

Qué extraña especificidad.

Tomé uno de los documentos y fingí revisarlo con curiosidad.

Rutas comerciales.

Registros de transporte.

Puertos.

Nombres.

Contactos.

Todo estaba detallado con una precisión aterradora.

Aquello no era obra de un grupo improvisado de criminales.

Era una organización.

Y una muy bien estructurada.

Montfort continuó hablando entusiasmado.

—La demanda ha aumentado considerablemente en los últimos años. Especialmente desde el otro imperio. Las ganancias son enormes.

El asco comenzó a revolverse en mi interior.

¿Cómo podía hablar de aquello con tanta ligereza?

Levanté la mirada.

Papá me observaba discretamente.

Y al notar mi expresión, comprendió inmediatamente que algo estaba mal.

No era capaz de ocultarlo.

Mi rostro debía reflejar perfectamente el horror y el desprecio que sentía.

Porque por primera vez desde que desperté en este mundo...

Comprendí que lo que estábamos enfrentando iba mucho más allá de mi propia venganza.

Aquellos hombres no solo habían destruido la vida de Andrei.

También habían destruido la de innumerables personas más.

Y de pronto, encontrar a los responsables dejó de ser algo personal.

Se convirtió en algo necesario.

—Padre, esto se ve bastante interesante —dije, obligándome a suavizar mi expresión.

Tomé uno de los documentos con aparente curiosidad mientras continuaba hablando.

—Sin embargo, creo que sería mejor discutir los detalles directamente en la oficina del caballero Montfort.

Levanté la vista hacia el hombre y sonreí ligeramente.

—Después de todo, antes de realizar una inversión de esta magnitud, es necesario revisar cuidadosamente los contratos y registros correspondientes.

Hice una pequeña pausa.

—Debo admitir que esto ha despertado mi interés.

Montfort pareció alegrarse inmediatamente.

—¡Por supuesto, señorito Ashford! Estoy seguro de que, una vez revisen todo, comprenderán el enorme potencial de este negocio.

Mientras hablaba emocionado sobre futuras ganancias, dirigí una rápida mirada hacia padre y Víctor.

No dijimos una sola palabra.

No era necesario.

Durante el tiempo que habíamos compartido, habíamos aprendido a entendernos incluso a través de pequeños gestos.

Padre mantuvo su expresión tranquila, aunque pude notar una leve tensión en sus ojos.

Víctor, por su parte, mostró una sonrisa que cualquiera podría confundir con cordialidad.

Yo ya sabía lo que significaba.

Montfort acababa de firmar su sentencia.

Era mejor ir a su oficina.

Tendríamos acceso a documentos que jamás traería hasta aquí.

Y si la situación lo requería...

También tendríamos un lugar mucho más conveniente para obtener respuestas.

Observé al hombre frente a mí.

Continuaba hablando entusiasmado sobre dinero y mercancía, completamente inconsciente del destino que le esperaba.

Por un instante, sentí una extraña calma.

---

Nosotros abordamos nuestro carruaje mientras Montfort nos seguía montado en su caballo.

No pude evitar reparar en ese detalle.

A pesar de seguir ostentando un título nobiliario, ni siquiera poseía un carruaje propio. En una época donde incluso la forma de transportarse era una muestra del estatus y la riqueza de una persona, aquello decía mucho sobre la verdadera situación de la Casa Montfort.

Parecía que las habladurías sobre las dificultades financieras de su familia no eran simples rumores.

Tras un breve trayecto, llegamos a su oficina.

Al entrar, tuve que contener la expresión que amenazaba con aparecer en mi rostro.

El lugar era pequeño y estaba sumido en un completo desorden.

Documentos apilados sin criterio alguno ocupaban escritorios, estanterías e incluso algunas sillas. Libros de cuentas abiertos se mezclaban con contratos, cartas y papeles sueltos que parecían llevar semanas, si no meses, sin ser organizados.

Era un auténtico desastre.

Víctor observó el lugar con una mezcla de desagrado y sorpresa.

Incluso padre frunció ligeramente el ceño.

¿Cómo alguien podía trabajar en semejante caos?

Montfort, sin embargo, parecía completamente ajeno a ello.

—Disculpen el desorden —dijo entre risas nerviosas mientras apartaba algunos documentos para despejar espacio—. Últimamente he estado muy ocupado.

Lo observé en silencio.

Aquel hombre no solo era codicioso.

También era descuidado.

Dirigí nuevamente mi mirada hacia las montañas de documentos dispersos por toda la habitación.

Aquello iba a tomar tiempo.

Sería largo.

Sería tedioso.

Pero no pensaba rendirme.

Después de todo, seguir el rastro del dinero siempre había sido una de mis mayores fortalezas.

Y tenía el presentimiento de que, escondidas entre aquel caos de papeles, encontraríamos respuestas que cambiarían por completo el rumbo de esta investigación.

Otra cosa que jugaba a nuestro favor era el estado del edificio.

A diferencia de las grandes oficinas comerciales del centro de la ciudad, este lugar estaba deteriorado y casi abandonado. Había pocos inquilinos y cada uno parecía demasiado ocupado sobreviviendo a sus propios problemas como para prestar atención a los asuntos ajenos.

No había guardias.

No había empleados leales.

No había nadie que cuestionara qué hacíamos allí.

Sin darse cuenta, aquel hombre había metido a tres leones en su madriguera.

Utilicé el pañuelo de seda que adornaba mi cuello para atar sus manos. Mientras tanto, Víctor encontró un trozo de cuerda olvidado en uno de los rincones de aquel cuchitril y la usamos para inmovilizar también sus piernas, asegurándolo firmemente a una silla.

Montfort comenzó a forcejear.

—¡¿Qué significa esto?! ¡¿Se han vuelto locos?!

—Tranquilo —respondió Víctor con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Solo queremos hacer algunas preguntas.

Ignoré sus quejas y me giré hacia padre y mi hermano.

—Denme un poco de tiempo antes de comenzar con el interrogatorio. Quiero revisar los documentos.

Padre asintió.

—Haz lo que necesites.

Comencé a moverme por la pequeña oficina, apartando montones de papeles, revisando libros de cuentas y examinando contratos dispersos sobre escritorios y estanterías.

El caos era absoluto.

Sin embargo, había algo más interesante que los propios documentos.

Montfort.

Cada vez que me acercaba a ciertas áreas de la oficina, notaba cómo su respiración se aceleraba ligeramente.

Sus ojos me seguían con nerviosismo.

Sus manos intentaban tensarse contra las ataduras.

Luego volvía a relajarse cuando me alejaba.

Me detuve por un instante.

Y repetí el recorrido.

La reacción fue la misma.

Una vez podía ser coincidencia.

Dos veces era sospechoso.

Tres veces...

Era una confirmación.

Levanté lentamente la mirada hacia una sección específica de la oficina.

Una estantería vieja abarrotada de carpetas y libros de cuentas aparentemente insignificantes.

Montfort palideció.

Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.

Después de años siguiendo el rastro del dinero, había aprendido una verdad muy simple.

Las personas podían mentir.

Pero el miedo rara vez lo hacía.

Creo que encontré dónde guarda lo importante.

Comencé a revisar las carpetas y, para mi sorpresa, estos documentos sí estaban perfectamente organizados.

Mis ojos recorrieron nuevamente la habitación.

El desorden de la oficina.

Los papeles tirados por todas partes.

Las montañas de documentos aparentemente sin importancia.

Todo era una fachada.

Una muy buena.

Esconder algo importante a plena vista era una estrategia tan simple que muchas veces resultaba efectiva.

A medida que revisaba las carpetas, mi expresión se volvía cada vez más seria.

Había contratos con delincuentes.

Pagarés relacionados con secuestros.

Registros de pagos a diversos barcos mercantes encargados del transporte de personas.

Incluso existían listas detalladas de costos y ganancias.

Sentí náuseas.

Aquellas personas habían convertido vidas humanas en simples mercancías.

Sin embargo, cuanto más leía, más evidente se hacía algo.

Montfort no era el cerebro detrás de todo esto.

Ni siquiera parecía tener poder real dentro de la organización.

Era más bien un intermediario.

Un archivador.

Una pieza desechable encargada de mantener el orden de los registros.

Todo pasaba por sus manos, pero nada parecía originarse en él.

Continué revisando hasta que dos documentos llamaron particularmente mi atención.

El primero era un registro de pagos firmado por el mismo hombre mencionado por Cedric durante el primer interrogatorio.

El noble que había tenido negocios con padre y que además era socio del difunto progenitor de Cedric.

Así que realmente existía una conexión.

Separé el documento para revisarlo más tarde.

Pero fue el segundo hallazgo el que hizo que mi corazón se detuviera por un instante.

Era un edicto imperial extranjero.

El sello rojo del imperio destacaba sobre el papel de alta calidad.

Comencé a leer.

Por orden directa de Su Majestad Imperial, el Alto Comandante del Ejército Real había sido designado como investigador principal de la desaparición y secuestro de ciudadanos imperiales.

Dicho investigador tendría autoridad para inspeccionar puertos, embarcaciones y rutas comerciales sospechosas dentro y fuera de las fronteras del imperio.

Mis ojos descendieron hasta encontrar el nombre.

Alto Comandante Matew Dragomir.

Fruncí el ceño.

¿Por qué un documento como este se encontraba entre los archivos más importantes de Montfort?

Volví a revisar su contenido.

Era un simple anuncio oficial.

No había información confidencial.

Sin embargo, el nerviosismo que Montfort había mostrado respecto a esta sección de la oficina indicaba lo contrario.

Cerré lentamente el documento.

Tal vez...

Este hombre no temía a los nobles involucrados.

Tal vez temía a alguien más.

Y por primera vez desde que comenzamos esta investigación, tuve la sensación de que existía otra persona siguiendo el mismo rastro que nosotros.

Una persona cuya existencia parecía preocupar enormemente a esta organización.

El Alto Comandante Matew Dragomir.

¿Quién era realmente ese hombre?

1
amelia bozo
si con el pelirrojo 💕
Alejandra jimenez calderon
que se quede con el pelirojo
Katherine Carcamo Alvarez
me encanta me atrapó desde el principio y espero cada cap con ansias
bendiciones autora y ánimo
Katherine Carcamo Alvarez
me encanta me atrapó desde el principio y espero cada cap con ansias
bendiciones autora y ánimo
Daniel Felipe González Castañeda
victor es mi ídolo. 🤭
Daniel Felipe González Castañeda
autora este libro me tiene con el cristo en la boca. esperando el siguiente capítulo
Daniel Felipe González Castañeda
vamos autora sube mas capitulos, tengo mucha curiosidad 🤭
Daniel Felipe González Castañeda
de locos. creo q me pasaría igual si despertara en un mundo diferente
Daniel Felipe González Castañeda
se nota q el pobre chico tiene muchos traumas.
Daniel Felipe González Castañeda
wooo está novela me engancho desde el primer capítulo. está interesante
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