historia de Alfas, omegas y betas
NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6 — El límite
Salimos por atrás. El galpón tenía una puerta de chapa que daba a un pasillo de yuyos y bidones oxidados. No corrimos. Los que corren llaman a los que miran. Caminamos como si el Sector 9 fuera nuestro y no un error en el mapa. Valenti adelante, Elián en el medio, yo atrás con la mochila y el pendrive apretado contra las costillas.
El auto gris ya no servía. Lo dejamos ahí. Si el guardia volvía con ganas, iba a encontrarlo y a preguntarse por qué había un beta haciendo “inventario” en un auto sin patente. Valenti sacó de abajo del asiento una bolsa de lona y de ahí tres brazaletes: uno rojo, uno blanco y uno gris.
—Ponete el rojo —me dijo a Elián, tirándole el blanco—. Vos el gris.
Elián se rio sin ganas. —Un omega con blanco. Qué chiste.
—Es lo que esperan ver —dijo Valenti—. Un alfa y su omega registrado, y el beta que carga las bolsas. Si te ven sin blanco, te paran. Si te ven con blanco y sin alfa, te encierran.
Se puso el rojo. No le quedaba bien. Ningún brazalete le quedaba bien a Valenti. Pero cuando se lo cerró en la muñeca, el aire alrededor cambió. La gente que pasaba por la calle de tierra bajó la vista medio segundo más. Yo me puse el gris otra vez. Me quedaba igual que siempre. Solo que ahora me pesaba.
Cruzamos el Sector 9 a pie hasta la parada del colectivo interurbano que va a Cañada de Gómez. Ahí pasa cada dos horas y para porque sí, no porque haya cartel. Subimos por atrás. El chofer —beta, sesenta y pico, ojeras de toda la vida— nos miró, miró los brazaletes y no dijo nada. Beta con beta. “Tres hasta el cruce”, dijo Valenti. Pagó con billetes arrugados.
Elián se sentó contra la ventana. Yo al lado. Valenti en el asiento de adelante, dándonos la espalda pero sin dejar de mirar por el espejo. El colectivo olía a gasoil y a chivo. Atrás subió una chica con un bebé. Omega, brazalete blanco, el bebé sin nada todavía. El bebé lloró dos cuadras y después se durmió cuando la chica empezó a tararear bajito. Elián la miró todo el viaje. No con envidia. Con cálculo.
A mitad de camino me incliné.
—¿Qué decía el archivo de mi número? —pregunté bajo, para que solo él escuchara—. Lo del V-7742.
Elián no contestó enseguida. Se pasó el pulgar por la marca del cuello, donde el supresor le dejó la piel más fina.
—Que tu cuerpo reaccionó a un alfa en el Censo y lo anotaron como error —dijo—. Que después no repitieron la prueba porque no querían otro error. Los betas no entran en las estadísticas. Si entrás, las rompés.
—¿Y eso qué significa?
—Que no sos fondo. Que sos… ruido.
Valenti giró apenas la cabeza. —Bajamos en el cruce.
El cruce no era nada: una estación de servicio cerrada, un cartel de “GNC” sin la N y un camino de tierra que se perdía entre campos. Bajamos los tres. El sol pegaba fuerte. El brazalete gris me transpiraba la muñeca.
El contacto de Valenti era una mujer de mi edad más o menos, con el pelo rapado de un lado y una campera de cuero gastada. Beta, sin brazalete a la vista. Estaba apoyada en una moto vieja.
—Capitán —dijo, y no era respeto, era cargada.
—Lía —contestó él—. ¿Tenés lo que pedí?
Lía nos miró a los tres. Se detuvo en Elián un segundo más. Después en mí.
—¿Él es el del archivo?
Valenti asintió.
—Tenés huevos —me dijo a mí, directo—. O no tenés nada que perder. Es lo mismo.
Abrió la caja de la moto. Adentro había tres DNI. Falsos pero bien hechos. En el mío decía: Damián Torres, 27, Beta, domicilio en Cañada de Gómez. El de Elián decía omega registrado, vínculo: Valenti, M. El de Valenti decía alfa, ocupación: seguridad privada.
—Con eso pasan el control de la ruta 34 —dijo Lía—. Después están solos. Santa Fe capital está a tres horas si consiguen quién los lleve. Yo no pregunto para qué.
Valenti le pasó un fajo chico de billetes. Ella no lo contó.
—¿Por qué nos ayudás? —preguntó Elián.
Lía se encogió de hombros. —Mi hermano era beta. Archivaba cosas en Rosario. Un día archivó lo que no tenía que archivar y desapareció. Nadie preguntó. Yo sí.
Se subió a la moto. Antes de arrancar me miró.
—Si podés oler, no sos beta. Si no podés oler, tampoco. No les creas el nombre que te ponen. Creeles lo que hacen cuando no los miran.
Arrancó y se perdió en la nube de tierra.
Nos quedamos los tres en el cruce con los DNI falsos en la mano y el sol arriba. Un camión de reparto frenó en la estación cerrada. El chofer bajó a mear contra el yuyo.
—Es ese o caminamos —dijo Valenti.
Elián me miró. No como omega a beta. Como persona a persona.
—¿Vos qué querés, Damián?
No era la primera vez que me lo preguntaban. Era la primera vez que tenía que contestar en voz alta.
—Pasar —dije—. Y después abrir todos los archivos que dicen “no difundir”.
Valenti sonrió apenas. La misma de antes. No linda. Real.
—Entonces subimos.
Caminamos hacia el camión. El brazalete gris me rozaba la piel con cada paso. No lo sentía como sello. Lo sentía como pulsera prestada.