¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
NovelToon tiene autorización de Estefi Sterling para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Invitados a la mesa del lobo.
La invitación de Dante Miller llegó con la naturalidad de un golpe bien ensayado. Habían pasado cuatro días desde la desaparición de Bastián Lombardi de las aulas, cuatro días en los que el silencio en el instituto se sentía como una cuerda tensándose alrededor del cuello de Isela. Cuando llegó a casa esa tarde, encontró a su madre, Elena, preparando su ropa con un entusiasmo que no había mostrado en meses.
—Dante nos invitó a cenar al restaurante del centro, Ela —dijo Elena, mientras revisaba su reflejo en el espejo—. Dice que es una ocasión especial. Finalmente firmaron los documentos para cerrar la causa de tu padre como un accidente. Dice que es momento de dejar de mirar atrás y celebrar que podemos seguir adelante en paz.
Isela sintió un sabor metálico en la boca. "Celebrar". El hombre que ella sabía responsable de la ruina de su familia las invitaba a comer para festejar que había logrado enterrar la verdad bajo un sello legal de impunidad.
—No puedes negarte —la voz de Hades resonó en su mente, cargada de una frialdad analítica—. Si rechazas la invitación ahora, Miller sospechará que tu distancia no es solo por el luto. Tienes que ir, sonreír y recordarle que sigue siendo el héroe de la historia. Yo estaré ahí, vigilando cada uno de sus movimientos.
Mientras Isela se preparaba en su habitación, sintiendo que el vestido le pesaba como una armadura, su teléfono vibró sobre la mesa de noche. No era un mensaje convencional; la pantalla se iluminó con una serie de códigos que Hades interceptó al instante.
—Es un paquete de datos encriptado con una firma que reconozco —dijo Hades, proyectando una pequeña interfaz azul sobre la pared—. Es Bastián. No hay texto, solo una ubicación y un registro: Miller se comunicó con Vittorio Lombardi tres veces hoy, justo antes de llamar a tu madre.
Isela se quedó helada. Bastián estaba moviendo sus piezas desde las sombras, entregándole la prueba de que Miller no daba un paso sin la aprobación de los Lombardi. El mensaje era una advertencia silenciosa: "Ten cuidado, no estás cenando con un amigo".
El restaurante era un lugar elegante, de luces bajas y manteles de lino. Dante Miller las esperaba en una mesa retirada, luciendo un traje impecable y esa sonrisa paternalista que ahora a Isela le resultaba repulsiva.
—Están radiantes —dijo Miller, poniéndose de pie para recibir a Elena con un beso en la mano y darle un apretón firme a Isela—. Me alegra tanto que hayan aceptado. Julián estaría feliz de verlas así, unidas y fuertes.
La cena transcurrió como una pesadilla en cámara lenta. Miller pedía vino y recordaba a Julián Novak como si hubiera sido su propio hermano. Cada vez que nombraba a su padre, Isela sentía que el hilo rojo en su pecho vibraba con una furia sorda.
—Controla tu pulso, Ela —le susurró Hades al oído. Ella podía sentir su presencia justo detrás de su silla, como una sombra que nadie más veía—. Él te está observando.
—Dante, no sabemos cómo agradecerte todo lo que has hecho —dijo Elena, emocionada por la falsa sensación de alivio—. Sin ti, estos once meses habrían sido imposibles.
—No hay nada que agradecer, Elena. La lealtad es lo primero —respondió Miller, y luego dirigió su mirada hacia Isela—. ¿Y tú, Iselita? Te noto muy callada.
En ese momento, un dispositivo de comunicación oficial que Miller llevaba en el cinturón emitió un chirrido agudo y codificado. Era un transmisor especial, uno que solo se usaba para emergencias de alto nivel. Miller frunció el ceño, visiblemente alterado por la señal.
—Mil disculpas, debo atender esto fuera. Es una frecuencia de seguridad prioritaria —dijo Miller, poniéndose de pie con premura.
En su distracción, mientras sacaba el transmisor y lo encendía para escuchar el reporte, se olvidó por completo de su teléfono personal, que quedó apoyado sobre la mesa, justo al alcance de Isela. Miller se alejó rápidamente hacia el área del vestíbulo, concentrado en el audio del aparato especial. Casi al mismo tiempo, Elena se disculpó para ir al baño, dejando a Isela sola.
—Ahora, Ela. El teléfono está desbloqueado por la actividad reciente —urgió Hades—. Solo necesito que pongas tu mano cerca. Yo haré el resto.
Isela extendió la mano, fingiendo que acomodaba los cubiertos, y colocó sus dedos sobre el teléfono de Miller. En ese instante, el hilo rojo se volvió una descarga eléctrica. Hades se "filtró" a través de ella, absorbiendo en segundos los registros de llamadas, los mensajes borrados y las coordenadas de los últimos traslados de los Lombardi.
Cuando Miller regresó, guardando su transmisor y recuperando su teléfono con un gesto mecánico, su expresión era de ligera molestia.
—Interferencias técnicas en la red de la central, nada de qué preocuparse. ¿Pedimos el postre?
Isela sonrió, sintiendo por primera vez que ella tenía el control absoluto. Tenía los datos de Bastián, el acceso de Hades y la certeza de que el lobo acababa de entregarle las llaves de su propia caída.
—Claro, tío Miller —dijo Isela con una calma gélida—. Pidamos el postre. Después de todo, es una noche especial.