un caos en tacones
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Cap 17
¡Operación Picnic en marcha! Katia ha decidido que si los adultos no saben qué hacer, ella tomará el mando. Convenció a Alek de que la única forma de que la Miss no corriera era "atraparla" con comida en un lugar donde hubiera niños cerca. Porque, claro, Renata no dejaría a una niña sola con un sándwich de mermelada.
El jardín de niños estaba cerrando. Renata guardaba sus cosas cuando vio a Katia asomarse por la puerta con una manta de cuadros y una canasta más grande que ella.
—¡Miss Renata! ¡Es un picnic de despedida de la primavera! —anunció la niña con una sonrisa de oreja a oreja—. El tío Alek trajo jugo y yo traje las galletas. ¡No puedes decir que no porque ya puse la manta en el pasto!
Renata miró hacia el patio y ahí estaba él. Alek Volkov, con un pantalón de lino y una camisa blanca arremangada, sentado en el suelo, tratando de acomodar sus piernas de 1.90 en una manta de 1.20. Parecía un transformer intentando entrar en una caja de zapatos.
La Conciencia: Miren esa cara de Alek. Está usando la "sonrisa de chocolate" que le enseñó Katia. Le sale un poco forzada, parece que tiene un calambre, pero el esfuerzo es lo que cuenta.
Renata salió al patio, tratando de mantener su cara de "aquí mando yo", aunque por dentro su hermana Sofía le gritaba al oído: ¡No te esquives, tonta!
—Señor Volkov, esto no estaba en el calendario escolar —dijo Renata, sentándose con elegancia frente a él.
—Es una actividad extracurricular, Maestra —respondió Alek, sirviendo jugo en vasos de plástico con la concentración de quien desactiva una bomba—. Katia insistió. Y yo... yo aprendí que a veces hay que bajar la velocidad.
La Conciencia: ¡Punto para el ruso! Usó las palabras de ella. Renata está impresionada, se le nota en cómo ha dejado de apretar el bolso.
Pasaron una hora entre risas de Katia y conversaciones mucho más ligeras. Alek le contó historias (muy filtradas) de su infancia en Siberia y Renata le habló de sus ganas de abrir una fundación para niños de escasos recursos. La inteligencia de ella brillaba más que el sol de la tarde, y Alek la escuchaba como si cada palabra fuera una orden sagrada.
De pronto, Katia vio un saltamontes y salió corriendo hacia los juegos, dejándolos "solos" a unos metros.
—Renata —dijo Alek, bajando la voz. El juego se había acabado—. No quiero ser un "problema con patas" para ti. Pero tampoco quiero ser un extraño que solo ves en la puerta del colegio
Renata miró sus manos. La sinceridad en la voz de ese hombre la desarmaba más que cualquier amenaza.
—Alek, mi vida es ordenada. Tu vida es... un caos que huele a pólvora —susurró ella—. No sé cómo encajar eso en mi mundo.
Alek se inclinó hacia delante, esta vez con cuidado, dándole espacio para huir si quería. Tomó su mano y, en lugar de besarla, simplemente entrelazó sus dedos.
—Entonces no encajes en el mío. Déjame a mí intentar encajar en el tuyo. Enséñame, Maestra. Prometo ser un alumno aplicado.
La Conciencia: ¡Ay, mi corazón! Hasta a mí se me salió un suspiro. Renata no se quitó. No huyó. Se quedó ahí, sintiendo el calor de la mano de Alek, mientras el sol se ponía.
Pero como nada puede ser perfecto en la vida de un mafioso, el teléfono de Alek vibró en el pasto. Era un mensaje de Ivan: "Jefe, tenemos compañía no deseada cerca del jardín. El grupo rival no entendió el mensaje de la regla de madera. Estamos listos."
Alek leyó el mensaje y su mandíbula se tensó, volviendo a ser el hombre de acero por un microsegundo.
—¿Pasa algo? —preguntó Renata, notando el cambio de energía.
—Nada que un Rey Grillo no pueda manejar —mintió él con una sonrisa sexy, mientras se levantaba—. Pero creo que es hora de irnos. La seguridad de mis chicas es lo primero.
La Conciencia: ¡Dijo "sus chicas"! ¡Renata ya está en el paquete! Pero la cosa se va a poner color de hormiga, porque el enemigo está cerca y Alek va a tener que proteger a Renata sin que ella se dé cuenta de que está rodeada de francotiradores.
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