"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 17
La cena se desarrollaba en un rincón reservado del restaurante, donde la luz de las velas bañaba el rostro de Yaneth, dándole un aura casi irreal. Thiago apenas había probado bocado. El vino tinto en su copa parecía sangre bajo la luz tenue, y el silencio entre ambos, por primera vez, no era de negocios, sino de una pesadez emocional que asfixiaba.
Thiago dejó la copa sobre el mantel, mirando fijamente las ondas del líquido. Sabía que, si no hablaba ahora, el muro entre ellos se convertiría en una tumba.
—Ella se llamaba Lucía —soltó Thiago de repente, sin levantar la vista. Su voz sonó como el crujido de madera vieja rompiéndose—. Crecimos juntos. Nuestras familias veraneaban en el mismo lago. Yo... yo creía que ella era el aire que respiraba. Le di todo, Yaneth. Mi tiempo, mis secretos, mi lealtad absoluta. Cuando le pedí matrimonio, sentí que mi vida finalmente tenía sentido.
Yaneth dejó los cubiertos, con el corazón encogido. Nunca lo había visto así: encogido, con los hombros caídos bajo un peso invisible.
—La primera vez que la encontré con otro, un extraño en un hotel de paso, ella lloró —continuó Thiago, y una sonrisa amarga y torcida apareció en sus labios—. Me juró que estaba confundida, que se sentía sola porque yo trabajaba demasiado. Y yo, como un idiota desesperado por no perder mi mundo, la perdoné. Me tragué el orgullo como si fuera veneno. Pero el dolor de esa primera traición fue como si me clavaran un hierro ardiente en el pecho, uno que nunca terminaba de enfriarse.
Thiago finalmente levantó la mirada. Sus ojos grises estaban empañados por un dolor antiguo que hizo que a Yaneth se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Pero lo peor no fue eso —Thiago apretó el puño sobre la mesa—. Unos meses después, volví antes de un viaje de negocios. Quería darle una sorpresa. La sorpresa me la llevé yo. Escuché los gritos desde el pasillo de mi propia casa. Gritos de placer, Yaneth. Gritos que yo conocía bien. Entré a nuestra habitación y la vi... con Marcos. Mi mejor amigo. El hombre que fue mi padrino, el que estuvo conmigo.
Yaneth soltó un jadeo, llevándose la mano a la boca.
—Me quedé ahí, parado, sintiendo cómo mi alma se hacía pedazos, literalmente —la voz de Thiago tembló—. Y lo más asqueroso fue lo que vino después. La falta de dignidad. Ella, envuelta en mis sábanas, gritaba que Marcos la había obligado, que él se había aprovechado de su vulnerabilidad. Y él... él me miraba a los ojos mientras se vestía y decía que ella lo había seducido, que era una mujer insaciable y que yo no era suficiente para ella. Verlos culparse el uno al otro, tratando de salvar su propia piel sobre los restos de mi vida, me rompió algo que no tiene reparación. Por eso no confío, Yaneth. Por eso me hice de hielo. Porque si no sientes nada, nadie puede clavarte otro hierro ardiente.
—Thiago... —Yaneth estiró la mano sobre la mesa y cubrió la de él. Sus dedos estaban helados—. Yo no soy ella. Yo sé lo que es que te rompan el alma las personas que deberían amarte.
Thiago la miró y, por un instante, el "Diablo" desapareció por completo. Solo quedó un hombre herido buscando un lugar donde descansar. Se inclinó sobre la mesa, buscando su rostro, y Yaneth se acercó también. El espacio entre ellos se redujo hasta que sus respiraciones se mezclaron, cargadas de una electricidad que no era solo deseo, sino una comprensión profunda y dolorosa.
Sus labios estaban a milímetros de distancia. Thiago cerró los ojos, entregándose por fin a la paz que ella le ofrecía. El beso estaba ahí, a punto de sellar una verdad que ambos temían admitir...
—¿Viste la portada de la revista Elite? —La voz chillona de una mujer en la mesa de al lado cortó el aire como un cristal roto—. Dicen que Lucía Vallenari está de vuelta en la ciudad. La supermodelo internacional regresó hoy mismo para la campaña de invierno.
—¡Sí! —respondió su acompañante—. Dicen que está más hermosa que nunca. Después de aquel escándalo con el magnate hace años, parece que volvió para recuperar su lugar en la cima.
Thiago se tensó de tal manera que Yaneth pensó que se rompería. Sus ojos se abrieron de golpe, volviéndose más fríos y oscuros que nunca. La calidez que había empezado a brotar entre ellos se evaporó en un parpadeo, reemplazada por una rigidez metálica.
Retiró la mano de la de Yaneth como si se hubiera quemado. Su mandíbula se apretó tanto que el hueso se marcó bajo la piel.
—Thiago... —susurró Yaneth, sintiendo el vacío repentino.
—Tengo que irme —dijo él, con una voz mecánica, carente de cualquier emoción—. He recordado que tengo asuntos pendientes que no pueden esperar a mañana.
Se levantó de la silla sin mirar a Yaneth, dejando la cuenta sobre la mesa con un gesto brusco. El hombre que acababa de abrir su corazón se había encerrado de nuevo en una caja fuerte de mil toneladas.
Yaneth se quedó sentada, sola frente a la vela que empezaba a consumirse, sintiendo cómo el nombre de "Lucía" flotaba en el aire como una maldición. El pasado no solo había vuelto en forma de recuerdo; ahora caminaba por las mismas calles que ellos, y Yaneth supo, con un nudo en la garganta, que la verdadera batalla por el corazón de Thiago acababa de subir de nivel.