⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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Su amor prohibido
La tercera noche con Gabriel en la casa había convertido el ambiente en algo irrespirable. El auditor se movía por los pasillos como un espectro, apareciendo en los marcos de las puertas sin hacer ruido, oliendo el aire, revisando los registros de las papeleras y las conexiones de red cada diez minutos. Zen y Hendrik estaban al límite de su resistencia física y mental. El deseo de tocarse, de reafirmar su vínculo tras el terror de la inspección, era una tortura que les quemaba la piel.
Zen estaba en la oficina, fingiendo que revisaba un balance de activos, cuando Joel entró con una bandeja de café. Al pasar junto a Zen, dejó caer una pequeña nota sobre el teclado: "El cebo ha sido mordido. Prepárense para el impacto."
Diez minutos después, el silencio de la casa fue destrozado por el estruendo de cinco teléfonos sonando al mismo tiempo. Gabriel, que estaba en la habitación de invitados revisando los servidores, bajó las escaleras a toda velocidad, casi tropezando con su propio equipo.
—¿Qué está pasando? —rugió Hendrik, saliendo del gimnasio con el torso empapado de sudor, actuando a la perfección.
—¡Es la oficina central! —gritó Gabriel, con los ojos desencajados frente a su tableta—. ¡Se han filtrado los códigos de acceso de la cuenta suiza de Arthur Grimhand! ¡Pero no es la cuenta de Aura! ¡Es la cuenta personal de los fondos de pensiones de la junta directiva!
Zen se puso de pie, con una expresión de horror fingido que era digna de un premio.
—¿Qué dices? Si esos fondos se tocan, la fusión se detendrá por una investigación federal. ¡Mi padre irá a la cárcel!
—¡Eso no es lo peor! —Gabriel tecleaba frenéticamente—. El rastro del hackeo... no viene de esta casa. ¡Viene de la oficina de Travis Ostis en la ciudad costera! ¡El sistema detectó su firma digital transfiriendo los fondos a una cuenta fantasma en las Islas Caimán!
Hendrik soltó una carcajada cargada de rabia.
—¡Ese traidor! ¡Se lo dije! ¡Travis nos vendió a Aura y ahora está intentando hundir el barco entero antes de que lo atrapen por la fiscalía!
Gabriel palideció. Había pasado tres noches acosando a Zen y Hendrik, convencido de que el nido de traidores estaba en la residencia de la frontera, mientras el verdadero incendio estaba ocurriendo a kilómetros de allí, bajo la nariz de los auditores de la ciudad.
En ese momento, la pantalla principal del salón se encendió. Arthur Grimhand apareció en una transmisión desde su coche en marcha. Estaba fuera de sí, con el rostro rojo y la corbata deshecha.
—¡Gabriel! —gritó el patriarca—. ¡Deja esa casa ahora mismo! ¡Travis Ostis ha escapado y se ha llevado los protocolos de seguridad de la fusión! ¡Necesito a mi mejor hombre en la sede central para intentar bloquear las cuentas antes de que el mercado abra en Tokio! ¡Mueve el trasero o te juro que serás el primero en caer con este imperio!
Gabriel se quedó paralizado. Miró a Zen, luego a Hendrik, y finalmente a Joel. Su instinto le seguía gritando que esos dos Alfas le estaban ocultando algo, que el olor de la habitación seguía sin cuadrar con una pelea de odio. Pero las pruebas físicas, los códigos y el grito de su jefe eran una realidad que no podía ignorar.
—Esto no ha terminado —siseó Gabriel, señalando a Zen con un dedo tembloroso mientras recogía sus maletines a toda prisa—. Sé que jugaron conmigo. No sé cómo lo hicieron, pero lo sé. Volveré, y cuando lo haga, no buscaré códigos. Buscaré la verdad en sus gargantas.
—Vete de mi casa, sabueso —respondió Hendrik con un gruñido dominante que hizo vibrar los cristales—. Y asegúrate de cerrarle la puerta a los guardias al salir.
Cinco minutos después, el coche de Gabriel salió disparado por el camino de grava, levantando una nube de polvo. Joel cerró la puerta principal con el cerrojo de seguridad y, por primera vez en tres días, se permitió soltar un suspiro largo.
—Se ha ido —dijo Joel, mirando a los dos Alfas—. La policía ya está en la oficina de Travis. Como predijiste, Zen, él intentó usar los códigos falsos que le plantamos para salvarse, y eso fue lo que activó todas las alarmas de tu padre. Travis Ostis ha caído, y con él, todas las sospechas sobre Aura en esta casa.
Zen se dejó caer en el sofá, cerrando los ojos. Sentía que le pesaba el alma.
—¿Y la cuenta de los pensionistas? ¿Realmente la hackeamos?
—Solo fue una ilusión óptica en el sistema —respondió Joel, guardando su tableta—. Los fondos están seguros. Lo que Gabriel vio fue un espejismo de datos que programé anoche. Para cuando se den cuenta de que el dinero nunca se movió, Travis ya estará en interrogatorio y nosotros habremos borrado cualquier rastro de nuestra conexión.
Hendrik no esperó a que Joel terminara de hablar. Caminó hacia Zen, lo tomó de los brazos y lo levantó del sofá con una fuerza desesperada. Lo estrechó contra su pecho con tal intensidad que a Zen se le escapó un gemido.
—Maldita sea... —susurró Hendrik, hundiendo la nariz en el cuello de Zen, aspirando su aroma con una sed que le quemaba los sentidos—. Creí que nos atrapaban. Creí que te perdía.
Zen rodeó el cuello de Hendrik con sus brazos, hundiendo los dedos en su cabello sudado.
—Estamos bien, Hendrik. Estamos a salvo. Pero Joel tiene razón... no podemos volver a arriesgarnos así.
Joel carraspeó, apartando la mirada con respeto.
—Tienen una hora antes de que yo tenga que volver a conectar los sensores de aroma oficiales. Sugiero que usen ese tiempo para... ventilar la casa. Yo estaré en el perímetro asegurándome de que ningún guardia de Arthur decida volver por su cuenta.
Joel se retiró, dejándolos solos en el salón bañado por la luz de la luna.
Hendrik no perdió un segundo. Cargó a Zen escaleras arriba, pateando la puerta de la suite principal. En cuanto entraron, la máscara de frialdad se hizo pedazos. Hendrik estampó a Zen contra la pared, besándolo con una ferocidad que sabía a victoria y a una necesidad acumulada que amenazaba con hacerlos estallar.
—Tres noches... —gruñó Hendrik, desabotonando la camisa de Zen con movimientos bruscos—. Tres noches oliéndote a través de la pared sin poder tocarte. ¡Te voy a marcar tanto que Gabriel no podrá reconocer tus feromonas si vuelve!
—Hazlo —respondió Zen, tirando de Hendrik hacia la cama—. Olvidemos los códigos, olvidemos a Aura y olvidemos a mi padre. Solo somos nosotros, Hendrik. Solo nosotros.
La descarga de adrenalina se transformó en un encuentro rudo y desesperado sobre las sábanas. No hubo espacio para la delicadeza. Era la reafirmación de su vida, de su poder y de su amor prohibido. El sonido de sus cuerpos chocando y sus jadeos llenó la habitación, borrando el eco de las palabras venenosas de Gabriel.
Habían ganado la batalla más difícil. Habían sacrificado a un traidor, engañado a un sabueso y protegido su reino secreto. El camino a la libertad todavía era largo, pero esa noche, bajo el cielo estrellado de la frontera, los dos Alfas sabían que ya no eran piezas en un tablero. Eran los dueños del juego.
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