Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?
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Capítulo 6: El eco de la humillación
El sonido del cerrojo de la habitación de Ricardo resonó en el pasillo como el golpe de un mazo. Me quedé inmóvil frente a su puerta, apretando contra mi pecho los restos del vestido de seda rasgado. La frialdad del aire en el corredor me hizo temblar, pero no era frío lo que sentía, sino una náusea profunda que nacía en mi vientre y se extendía hasta mi garganta.
Caminé hacia mi habitación, o lo que él llamaba mi habitación, arrastrando los pies. Cada paso era un recordatorio de su peso, de su fuerza y de la forma en que había reclamado mi cuerpo como si fuera un terreno conquistado. Al entrar, no encendí la luz. Me dejé caer en el suelo, justo detrás de la puerta, porque no me sentía digna de tocar las sábanas limpias de la cama.
Me abracé a mis rodillas, sintiendo el escozor del pómulo golpeado y el latido rítmico de la inflamación en mi rostro. Mi labio inferior, partido por el puño de Ricardo, había vuelto a sangrar, manchando de rojo el cuello de mi bata. Toqué mi piel, todavía caliente por el roce de sus manos, y sentí un asco tan devastador que empecé a frotarme con desesperación, intentando arrancarme su aroma a sándalo y poder.
—No soy una persona —susurré en la oscuridad, y mi propia voz me sonó extraña, ajena—. Soy carne. Soy un contrato.
Pasé la noche en vela, sentada en ese rincón, viendo cómo las sombras de la habitación cambiaban de forma con la luz de la luna. El dolor físico se volvió un compañero constante: un pinchazo en la espalda donde me había sujetado, el entumecimiento de mis muñecas y ese vacío sordo en mi interior. No dormí; el miedo a cerrar los ojos y sentir de nuevo su presencia me mantenía alerta, con los sentidos agudizados por el trauma.
A las cuatro y media de la mañana, el silencio de la mansión se volvió más denso. Sabía que él se marcharía pronto. Me obligué a levantarme del suelo, pero mis piernas flaquearon. Tuve que sostenerme de la cómoda, viendo mi reflejo en el espejo a través de la penumbra. Mi ojo derecho estaba casi cerrado por el hematoma, y las marcas de sus dedos en mi cuello empezaban a tornarse de un azul verdoso.
Me vestí con movimientos agónicos, poniéndome una bata de algodón grueso que cubriera todo mi cuerpo, como si la tela pudiera protegerme de lo que ya había ocurrido.
Cuando bajé las escaleras, el dolor en mis caderas me hizo detenerme en cada escalón, apretando los dientes para no gritar. El vestíbulo estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de la cocina. Allí estaba él, ya de pie, terminando de ajustar los detalles de su viaje.
No hubo una mirada de compasión cuando me vio entrar, tambaleante y pálida. Ricardo dejó su taza sobre la barra y se acercó a mí. Su presencia ocupaba todo el espacio, robándome el aire. Me tomó de la mandíbula, y aunque intenté no estremecerme, mi cuerpo traicionó mi miedo con un temblor violento.
—Mírate —dijo, y su voz era una caricia de acero—. Estás rota, Anaís. Pero recuerda esto: rota o no, tienes un trabajo que hacer.
Fue entonces cuando soltó la noticia que terminó de hundirme: el despido del personal, su ausencia de dos días y la amenaza de muerte sobre Bianca. Lo vi alejarse hacia el auto, impecable, poderoso, mientras yo me quedaba allí, con el cuerpo gritando de agonía y la mente nublada por el pánico.
Él se fue, y por primera vez en cuarenta y ocho horas, estaba sola. Pero no era una soledad liberadora. Era la soledad de una prisionera a la que han dejado a cargo de la joya de la corona, con la advertencia de que, si la joya se empaña, su cabeza rodará por el suelo.
Me quedé mirando la puerta cerrada, sintiendo cómo el silencio de la inmensa casa empezaba a devorarme. Mi cuerpo pedía a gritos descanso, pero el llanto de Bianca que empezaba a filtrarse desde el piso superior me recordó que en esta casa, el dolor es un lujo que no me puedo permitir.
El llanto de Bianca funcionó como una alarma eléctrica que recorrió mis nervios destrozados. Intenté subir las escaleras, pero el primer paso fue un castigo. Al apoyar el peso, una punzada aguda en mi vientre —secuela de la brutalidad de Ricardo en la cama— me obligó a doblarme a la mitad. Me aferré al pasamanos de caoba, enterrando las uñas en la madera, esperando a que el mundo dejara de dar vueltas.
Cada escalón era una montaña. Tardé minutos en llegar a su puerta, arrastrando los pies, sintiendo cómo la piel de mis muñecas, quemada por la fricción de las sábanas de seda, ardía bajo el roce de mi propia bata.
Cuando entré, Bianca estaba sentada en medio de su inmensa cama, pequeña y desvalida. Sus ojos se fijaron en mí y, por un segundo, vi el reflejo del horror que yo misma sentía. El maquillaje de ayer se había corrido durante la noche, dejando al descubierto el pómulo inflamado y el labio partido.
—Tienes la cara de colores —susurró ella, con la voz pastosa por el sueño.
—No es nada, Bianca... —mi voz sonó como papel rasgado—. Vamos a bajar.
El descenso fue peor. La niña caminaba a mi lado, observando mi paso vacilante y cómo me detenía para recuperar el aliento cada tres escalones. Al llegar a la cocina, la inmensidad del lugar me golpeó con la fuerza de un golpe físico. Era un laberinto de acero inoxidable y mármol negro. Ricardo no me había mostrado nada; no sabía dónde guardaban el cereal, dónde estaba la leche, ni siquiera cómo funcionaba el grifo automático.
Abrí una alacena y mis manos temblaron tanto que casi tiro un frasco de cristal. El esfuerzo de estirar el brazo hizo que los músculos de mi espalda, magullados por la fuerza con la que él me había sujetado, se tensaran dolorosamente.
—Papá dice que eres torpe —dijo Bianca, sentándose en una silla alta—. Por eso te pegó, ¿verdad? Porque rompiste la taza.
Me quedé helada con la mano en el tirador de un cajón. El corazón me dio un vuelco.
—Tu papá... solo quiere que todo sea perfecto —mentí, sintiendo que la náusea volvía a subirme por la garganta.
—A mí nunca me pega —continuó ella con una naturalidad aterradora—. Pero a las otras señoras que venían a dormir, sí. Luego se iban llorando. Tú no te puedes ir, ¿verdad? Papá compró tus papeles.
No supe qué responder. Sus palabras confirmaban mi peor sospecha: no era la primera, pero sí era la única que no tenía salida. Encontré una caja de galletas y un cartón de leche. Mis dedos apenas tenían fuerza para abrir el envase; el dolor en mis muñecas era una pulsación constante que me recordaba su dominio.
Le serví un vaso, derramando un poco en la encimera. Mi primer instinto fue mirar hacia atrás, esperando el golpe, pero Ricardo no estaba. Solo estaba su sombra, impregnada en el aire, recordándome su amenaza: "Si tiene un solo rasguño, te mataré".
Me senté pesadamente en la silla frente a ella, incapaz de mantenerme erguida. El dolor en mi pómulo era un latido sordo y rítmico. Bianca me observaba mientras masticaba, con una curiosidad que me quemaba.
—¿Vas a limpiar toda la casa tú sola? —preguntó—. Es muy grande. Y papá dice que si hay polvo, tú eres una mala propiedad.
Miré los metros y metros de mármol, las ventanas infinitas, las escaleras que acababa de subir con agonía. Ricardo había despedido a todos a propósito. Quería que yo, en mi estado, rota y herida, me arrastrara por los suelos para complacerlo. Quería que mi primer día de "libertad" sin él fuera una tortura física peor que su presencia.
—Lo haré, Bianca —susurré, viendo mis manos agrietadas y temblorosas—. Tengo que hacerlo.
Tenía cuarenta y ocho horas para convertir este mausoleo en un templo de perfección, mientras mi propio cuerpo se desmoronaba. Si fallaba, si una mota de polvo quedaba en un mueble, o si Bianca tropezaba mientras yo fregaba el suelo, Ricardo regresaría para cumplir su promesa. Y yo sabía, por el peso de su puño en mi rostro, que él nunca mentía sobre el dolor.