Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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capítulo 8: Lo que se queda en la oscuridad
- Ayuda… por favor…
La voz no es fuerte.
Es débil.
Rota.
Arrastrada… como si cada palabra doliera.
Carla se detiene en seco, como si dudará, si será verdad lo que escucha en el segundo piso.
El silencio del pasillo es absoluto.
Demasiado.
Mira a su alrededor.
Puertas cerradas.
Ventanas oscuras.
Ni un solo movimiento.
Se siente un ambiente extraño, se arma de valor.
-¿Hola?
Su voz tiembla más de lo que esperaba.
Da un paso.
Luego otro.
- ¿Hay alguien?
Mira para los lados, esperando ver algo o alguien.
Nada.
Ni un eco.
Ni una respuesta.
Solo ese vacío incómodo que aprieta el pecho.
Y entonces…
- Por favor…
Más bajo.
Más lejos.
Más profundo.
Carla traga saliva.
Lo duda por un momento.
No viene del pasillo.
No viene de ningún aula.
Viene de abajo.
Del sótano.
Su mirada se dirige lentamente hacia las escaleras.
El cuerpo no le responde igual que antes.
- Seguro… es alguien jugando…
Pero ni ella misma se cree esa mentira.
Porque en el fondo…
Tiene miedo.
Y lo sabe.
Todos lo saben.
Baja un escalón.
El sonido retumba más de lo normal.
Luego otro.
- Ya voy… espera…
Su voz suena falsa.
Hueca.
Como si no le perteneciera.
El aire cambia a medida que desciende.
Más frío.
Más pesado.
Más… denso.
Como si algo invisible se pegara a su piel.
El sótano la recibe en silencio.
La luz parpadea.
Las sombras no están quietas.
Se mueven… suavemente… como si respiraran.
- ¿Dónde estás?
Su voz rebota en las paredes y regresa deformada.
Camina lento.
Insegura.
Cada paso parece más largo que el anterior.
- Dijiste que necesitabas ayuda…
El suelo cruje.
El olor a humedad le llena la nariz.
Viejo. Encerrado.
Como algo que lleva mucho tiempo sin salir.
Y entonces…
- Aquí.
Mi voz.
Justo detrás de ella.
Carla se gira de golpe.
- ¡Ah!
Respira agitada.
Su pecho sube y baja con fuerza.
- Usted…
Sus ojos se abren más.
Confusión.
Miedo.
Doy un paso.
Lento.
Medido.
- Esperándote.
Frunce el ceño.
- ¿Dónde está la persona que…?
No termina.
Porque lo siente.
Ese cambio.
Ese peso que le cae encima sin aviso.
Ese miedo que se mete directo en el pecho y no la deja respirar.
No lo dice pero la sabe, ya sabe que ella es la siguiente, lo que no sabe por qué.
- No hay nadie más.
Silencio.
Pesado.
- Solo tú.
Retrocede.
Un paso.
Luego otro.
- No… esto no está bien…
La miro.
Fijo.
Sin parpadear.
- ¿No te acuerdas de mí?
Su respiración se corta.
- ¿Qué…? Eres el conserje, casi todos te conocen.
Me acerco.
Despacio.
- Mírame bien.
Sus ojos recorren mi cara.
Mi cuerpo.
Me mira extraña, como si le dijera incoherencias.
Pero no tiene ni idea, de quien soy.
Porque algo está mal.
Muy mal.
- No…
Su voz se quiebra.
- No puede ser…
- Soy Daniela.
El mundo se le rompe en ese instante.
Me mira confundida.
- No…
Niega.
Desesperada.
- Tú estás muerta… Yo vi cuando caías del segundo piso, yo fui a tu entierro.
Sonrío.
Una sonrisa que no llega a los ojos.
- Sí.
Pausa.
- Pero no me fui.
El aire se vuelve pesado.
Casi imposible de respirar.
- ¿Cómo…?
Susurra.
Levanto mis manos lentamente.
- No lo sé.
Las observo.
Como si tampoco fueran mías.
- Solo desperté…
Aquí.
En este cuerpo.
Tiembla.
- Eso… eso no es posible…
- Yo tampoco lo entendí.
Doy otro paso.
Más cerca.
Demasiado cerca.
- Pero lo acepté.
Sus ojos brillan.
Lágrimas.
- ¿Por qué haces esto?
Mi voz cambia.
Más baja.
Más fría.
Más profunda.
- Porque ustedes me mataron.
El silencio cae como un golpe.
- Yo no hice nada…
- Exacto.
Silencio.
- No hiciste nada.
Baja la mirada.
El peso de la culpa finalmente la alcanza.
- Perdón…
- Yo no quise, fueron ellos, yo solo miré.
Niego lentamente.
- Muy tarde.
Se queda paralizada.
- ¿Me vas a matar?Asíi que fuiste tú, asido tú todo este tiempo, tú has acabado con todos los demás, pero cómo, has logrado hacer todo esto sola, sin que te descubran.
Que hice, debir irme ese dia, no debir quedarme. Yo sabía que estaba mal.
La pregunta queda suspendida en el aire.
La observo.
Sin prisa.
- No como crees.
Frunce el ceño.
Confundida.
- ¿Qué…? no entiendo, para que me trajiste.
Y entonces…
Lo recuerdo.
La farmacia.
La luz blanca.
Las voces.
Claras.
Reales.
- Necesitamos jeringas… varias.
- Y bolsas… para sangre.
No era mi idea.
No al principio.
Pero ahora…
Se siente como si siempre lo hubiera sido.
Me acerco rápido.
El golpe.
Seco.
Preciso.
Carla pierde fuerza.
La sostengo antes de que caiga.
Sus ojos se abren.
No entiende.
No puede entender.
- No…
La arrastro.
Sus pies rozan el suelo.
El sonido es lento.
Pesado.
La llevo al fondo.
Donde nadie mira.
Donde nadie entra.
Donde todo está listo.
El sótano se cierra sobre nosotras.
Como si nos tragara.
El tiempo cambia.
Se vuelve lento.
Espeso.
Su respiración es débil.
Sus manos tiemblan.
Sus ojos me buscan.
Suplican.
Pero ya no hay nada que dar.
Nunca lo hubo.
- Esto… es lo que ustedes dejaron.
- La consecuencia de sus actos, el costo de guardal ese secreto.
Susurro cerca de su oído.
Ella intenta hablar.
Pero no puede.
En momento su cuerpo quedó demasiado débil, ese plan fue un éxito.
El silencio se rompe…
Y vuelve a cerrarse.
Hasta que todo termina.
Me quedo mirándola.
Inmóvil.
El cuerpo.
Vacío.
Literalmente vacío.
Limpio todo como de costumbre, guardo las bolsas con la sangré, solo queda ella y la silla.
Pero algo no está bien.
No se siente igual.
No es como los otros.
Hay algo más.
Frunzo el ceño.
Miro mis manos.
Luego el lugar.
Las sombras.
- ¿Qué… está pasando?
La imagen vuelve.
La farmacia.
Las jeringas.
Las voces.
Pero esta vez…
No parece un recuerdo.
Se siente… ajeno.
Como si no fuera mío.
Como si alguien más…
Estuviera haciendo lo mismo.
Al mismo tiempo.
Aprieto los dientes.
El aire se vuelve más frío.
Más pesado.
Diferente.
Como si hubiera otra presencia.
Aquí.
Conmigo.
Miro alrededor.
Nada.
Pero lo siento.
Claramente.
- No…
Subo las escaleras rápido.
Más rápido de lo normal.
No me gusta.
El ambiente se siente tensó.
No me gusta nada.
Arriba, el aire cambia.
Pero no desaparece.
La sensación sigue.
Pegada.
Como una sombra.
- ¿Y si no soy la única?
-¿Que esta pasando?
Camino por el pasillo.
El sonido del trapeador vuelve.
Rítmico.
Normal.
Como si nada hubiera pasado.
Pero por dentro…
Todo es distinto.
Y entonces…
La veo.
La psicóloga.
Licenciada Herrera.
De pie.
Observando.
Quieta.
Demasiado quieta.
No dice nada.
Pero sus ojos…
Sus ojos lo dicen todo.
Me detengo.
Solo un segundo.
Ella no aparta la mirada.
Me mira, con mirada se seguridad.
Analizando.
Como si ya estuviera armando todo.
Como si cada pieza estuviera encajando.
Como si estuviera cerca.
Muy cerca.
Y en ese momento…
Lo siento claro.
No es miedo.
Es otra cosa.
- Ay…
Bajo la mirada.
Aprieto el trapeador con fuerza.
- La vi.
Respiro lento.
- Sé que no lo dice…
Levanto la mirada.
Ella sigue ahí.
- Pero está siguiendo mis pasos.
- Mi mente, y si esa sombra es ella, si esa presencia es ella, que sigue mis pasos silenciosos, pero ¿qué quiere? ¿qué busca?
Si ya sabe todo, ¿por qué no me delata? sigue callada.
Otra voz en mi cabeza, seguro no sabe nada, solo te esta analizando, es psicóloga, quiere demostrar qué sabe, a ver si cometes un error.
Silencio.
- Sabe que soy yo.
Una pequeña sonrisa aparece.
- Pero no tiene pruebas.
La veo darse la vuelta.
Caminar.
Alejarse.
Sin decir nada.
Aún.
Pero justo cuando está por doblar el pasillo…
Se detiene.
Lentamente.
Sin girarse.
Y entonces habla.
Su voz es baja.
Pero clara.
- Daniela…
Mi corazón se detiene un segundo.
- Yo también la escucho.
El aire se congela.
-La voz…
Pausa.
Lenta.
Pesada.
- No viene del sótano.
Se gira.
Sus ojos están distintos.
Oscuros.
Profundos.
- Viene de atrás de ti.
El mundo se rompe en silencio.
No me muevo.
No puedo.
Y entonces…
Lo siento.
Justo detrás.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Un susurro.
Frío.
Pegado a mi oído.
- Daniela .....
que van hacer