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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 7

Camila

Cuando me sentí mejor llegué a la empresa más de dos horas después de lo habitual.

Apenas crucé el acceso principal sentí algo distinto en el ambiente, una incomodidad difícil de nombrar. Subí al elevador y cuando las puertas se abrieron en mi piso, tuve la certeza de que no era imaginación mía.

Las miradas.

Personas que caminaban por el pasillo bajaban la voz al verme pasar. Algunos se detenían un segundo de más. Otros murmuraban entre ellos sin disimular demasiado. Sentí cómo el estómago se me encogía, pero seguí avanzando, intentando mantener la compostura.

Entonces lo vi.

Nicolás apareció al fondo del pasillo y al cruzar nuestras miradas, su expresión cambió. Alivio. Claramente alivio. Caminó hacia mí con paso rápido y al llegar, tomó mi brazo con suavidad, pero con urgencia.

—Ven —me dijo en voz baja—. Vamos a mi oficina. Tenemos que hablar.

No entendía nada, pero asentí y di un paso con él. No alcanzamos a avanzar mucho cuando escuché una voz conocida a mis espaldas.

—Vaya… con que ahí estás —dijo Braulio—. Hasta que te dignaste a aparecer.

Me detuve y me giré hacia él, confundida.

—Braulio… —comencé, pero Nicolás se adelantó.

—Ahora no es momento, Braulio—dijo con firmeza—. Déjame hablar con mi esposa.

—No —replicó Braulio—. Permíteme que yo se lo diga.

Lo miré sin comprender.

—¿Decirme qué? —pregunté.

Braulio soltó una risa amarga.

—¿De verdad no lo imaginas? Perdimos la única oportunidad que teníamos. La única. El proyecto de Tokio quedó descartado.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Qué…? —murmuré.

—Hasta hoy teníamos tiempo para dar una respuesta. Por eso hubo una reunión extraordinaria —continuó—. Y como no estabas, Camila, se tomó la decisión sin ti. Felicidades. Ganó el equipo de tu esposo.

Entendí entonces las miradas. Los murmullos. Todo.

—No puedo creerlo —seguía diciendo—. Ocupas uno de los cargos más importantes de Luna Holdings y ni siquiera te presentas cuando se te necesita. ¿Sabes cuántos confiábamos en ti? Si se daba esa oportunidad, todos ganaríamos.

Cada palabra era un golpe.

—Me decepcionaste —añadió—. De verdad me decepcionaste.

Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas. Intenté contenerlas, pero no pude. Todo lo que traía dentro se quebró de golpe.

—Basta, Braulio —intervino Nicolás—. Ya es suficiente.

Me rodeó con el brazo y me condujo lejos de allí, ignorando cualquier intento de Braulio por continuar. Entramos a su oficina y cerró la puerta detrás de nosotros.

Me indicó una silla y me acercó un vaso con agua.

—Tranquila —dijo—. Respira.

Tomé el vaso con manos temblorosas.

—¿Dónde estabas? —preguntó con suavidad—. Te llamé muchas veces. Me preocupé. Tú no sueles ausentarte así. ¿Está todo bien?

Levanté la vista. Su expresión no era de reproche, sino de genuina preocupación.

—Sí —respondí tras un segundo—. Está todo bien. No te preocupes.

—¿De verdad?

Asentí.

—Tuve que comprar unas cosas… que necesitaba.

Era una mentira pequeña, pero suficiente. Nicolás me observó en silencio, como si evaluara mis palabras, pero no insistió.

—Lo siento —dijo finalmente—. Nunca quise que te enteraras así. Tampoco lo veo como un logro.

Suspiró.

—Al ver que tú no estabas, muchos de los que estaban a favor de ese proyecto cambiaron de opinión. ¿Ya lo ves? Tu sola presencia en la empresa significa mucho, Camila. No es bueno que te vean en ese estado.

Apreté el vaso entre mis manos.

No solo había fallado en la empresa. También estaba fallando en sostener la imagen de la mujer fuerte y segura que todos esperaban que fuera.

Y por primera vez, sentí que todo comenzaba a resquebrajarse.

Cuando me sentí un poco más tranquila, salí de la oficina de Nicolás y caminé hacia la mía. Ignoré las miradas, los silencios incómodos, los cuchicheos que parecían seguirme por el pasillo como una sombra. No tenía fuerzas para enfrentar nada más.

Al cruzar la puerta de mi oficina, apenas di dos pasos cuando escuché pasos detrás de mí.

—Camila.

Me giré. Era mi tío Jorge.

—No puedo creerlo —dijo sin rodeos—. De verdad no puedo creer que seas tú quien esté ocupando el lugar de tu padre. Que tú estés representando su nombre dentro de esta empresa.

Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.

—Tío…

—¿Qué pasó, Camila? —me interrumpió—. Estabas tan convencida del proyecto de Tokio que lograste convencernos a todos ¿Qué pasó? ¿Acaso tu flamante esposo te convenció de ausentarte para que su postura ganara?

Levanté la cabeza de golpe.

—No metas a Nicolás en esto —dije con firmeza—. Él no tiene absolutamente nada que ver.

Jorge negó con la cabeza, visiblemente molesto.

—Entonces no me explico cómo pudiste cometer una irresponsabilidad así.

Apreté los puños.

—Por favor, tío —dije—. No sigas. No es momento. Te prometo que cuando sea el momento adecuado haré una reunión y me disculparé con el consejo.

—No, Camila —respondió—. El momento es ahora. No después. No mañana.

Pareció analizar sus palabras antes de continuar.

—Por eso es que nunca serás como tu padre. No entiendo como mi papá te puso en el lugar de mi hermano. Tan débil. Tan irresponsable. Para tu padre no había nada más importante que la empresa. No dejaba que nada se antepusiera a los negocios.

Algo dentro de mí se rompió.

—¿Ah, sí? —grité, sin poder contenerme—. ¡Qué bien por él! Entonces dime… ¿Dónde está mi padre ahora?

Jorge se quedó en silencio, sorprendido.

—Por priorizar la empresa es que ahora está en una tumba —continué, con la voz quebrada—. Gracias a poner el trabajo por encima de todo, mi padre está muerto. Así que perdóname, tío, por no ser como él. Perdóname por atreverme a priorizar otras cosas antes que un maldito negocio.

Las lágrimas corrían por mi rostro sin control. Apenas entonces fui consciente de que la puerta de mi oficina seguía abierta. El pasillo entero estaba escuchando.

Jorge dio un paso más hacia mí.

—Te dejaste convencer por el inútil de tu marido —dijo—. Ni siquiera sabe dónde está parado. Si él tiene poder aquí es porque mi papá se lo dio todo en bandeja de plata. Nicolás no es más que un títere de tu abuelo. Y tú te estás convirtiendo en un títere de tu marido.

—No vuelvas a hablar así de él —respondí, temblando—. Nicolás solo está haciendo su trabajo. Y todo se lo ha ganado a pulso.

Jorge soltó una risa cargada de desprecio.

—¿De verdad? ¿Ya olvidaste cómo llegó Nicolás aquí? Era un simple empleado de limpieza. No era nadie. Luego mi papá, por lástima, le dio un mejor puesto para que pudiera entrar a la familia sin desentonar.

Sentí rabia. Una rabia profunda, ardiente.

—Eso es mentira —repliqué—. Nicolás trabajaba aquí para pagarse la universidad. Mi abuelo vio su potencial y decidió apoyarlo. Le pagó los estudios y lo convirtió en su asistente. Cuando se graduó, Nicolás quiso trabajar fuera de Luna Holdings. Fue el abuelo quien insistió en que se quedara.

Respiré hondo antes de continuar.

—Comenzó como cualquier abogado. Escaló por su propio esfuerzo. Nada de lo que tiene se lo debe a ser mi esposo. Si hoy goza del respeto de todos y de la confianza de mi abuelo es porque se lo ganó.

Lo miré fijamente.

—Y si el abuelo confía más en Nicolás que en cualquiera de nosotros, quizá en lugar de cuestionarlo deberíamos preguntarnos qué ve en él que no ve en nosotros.

El silencio se volvió insoportable.

—Ahora, por favor —dije, señalando la puerta—, te voy a pedir que te vayas de mi oficina y me dejes tranquila.

Jorge me sostuvo la mirada unos segundos más, luego se dio la vuelta y salió sin decir una palabra.

Cerré la puerta.

Me apoyé contra ella y dejé que el llanto volviera. Porque en medio de todo ese caos, había algo que tenía claro: podía estar perdida, rota, confundida… pero no permitiría que nadie usara a Nicolás como excusa para descargar sus frustraciones.

No después de todo el esfuerzo que él había hecho para llegar hasta allí.

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