Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo :6
El regreso a la capital al día siguiente fue diferente. Ya no eran solo compañeros de trabajo compartiendo un viaje de negocios. Era una relación secreta, apasionada, intensa. El aire del Caribe, que la noche anterior había sido testigo de su primer y definitivo acercamiento, parecía ahora una conspiración cómplice. Cada mirada furtiva, cada roce casual en el transporte de regreso a Luminara, era una chispa que encendía más el fuego que se había desatado entre ellos.
Se veían a escondidas, se escribían mensajes de amor con la urgencia de un adolescentes, se citaban en lugares tranquilos donde nadie los conociera. Restaurantes discretos en las afueras de la "Ciudad de los Mil Faroles", cafés bohemios en callejones menos transitados, incluso paseos nocturnos por las orillas del vasto lago, bajo la tenue luz de los faroles flotantes, donde las sombras alargadas les permitían la libertad de un beso robado.
Francis le decía que era mejor así por ahora, para protegerla de las habladurías y para que su relación creciera fuerte lejos de miradas indiscretas. Y ella, enamorada y confiada, lo creía ciegamente, porque cada palabra suya sonaba a verdad, cada caricia suya era una promesa.
Pero la realidad es como el mar de Eldoria: a veces está en calma, reflejando el cielo con una serenidad engañosa, pero siempre guarda tormentas profundas que tarde o temprano salen a la superficie, revelando la furia oculta bajo la placidez.
Francis comenzó a pasar más tiempo con ella, a conocer sus gustos más recónditos, sus sueños más ambiciosos, sus miedos más íntimos. Le ayudó a alquilar un apartamento pequeño pero acogedor en un barrio prometedor de Luminara, no porque ella quisiera depender económicamente de él, sino como él decía, con esa voz grave que le erizaba la piel, "para que tengas tu propio espacio, tu independencia, y estemos cómodos.
Un lugar solo nuestro, lejos de todo". Alejandra se sentía en una nube, construyendo su nidito de amor, imaginando un futuro juntos que ahora parecía tangible, real, al alcance de sus manos. Cada objeto que compraba para el apartamento, cada cortina, cada florero, era una pincelada en el cuadro de su vida compartida.
Una semana después de regresar de su viaje, Lucía, su mejor amiga, vino a visitarla a su nuevo apartamento. El lugar, aunque pequeño, estaba lleno de la personalidad de Alejandra, con toques de colores vibrantes y libros apilados en cada rincón.
—¡Ale, amiga! ¡Qué lindo te ha quedado esto! —exclamó Lucía, abrazándola con fuerza apenas cruzó la puerta—. ¡Me encanta tu rinconcito! ¿Y la mudanza, cómo fue? ¿Necesitas que te ayude con algo?
—¡Lu! ¡Gracias por venir! —Alejandra le devolvió el abrazo, su alegría era palpable—. ¡Ay, pues la mudanza fue una locura, ya sabes cómo es! Pero Francis me ayudó con todo, cargó cajas, montó muebles... Es un amor.
Lucía sonrió, pero había una pizca de preocupación en sus ojos. Se sentaron en el pequeño sofá, y Alejandra le ofreció una taza de té de jengibre, su favorito.
—Cuéntame, cuéntame todo desde el viaje, porque no me has soltado prenda, ¡y me tienes con el chismógrafo encendido! ¿Cómo te fue en el trabajo? ¿Y con Francis? Porque por tu cara de embobada, algo gordo pasó.
Alejandra rió, un rubor subiendo por sus mejillas. Sabía que Lucía no la juzgaría, solo la escucharía.
—Ay, Lu... Es que... es tan increíble que a veces siento que estoy soñando. El viaje, el trabajo... fue bien, cerramos el negocio, ¿sabes? Pero lo de Francis... —Suspiró, recordando cada detalle, como si lo reviviera en ese instante.
—En el viaje, cuando todo lo de la señora del supermercado y él me ayudó... Me quedé pensando mucho en él. No era solo su amabilidad, era algo más. Una conexión. Y luego en la reunión de la noche, después de cenar, estábamos los dos solos en el balcón del hotel, viendo la luna sobre el mar... Y me dijo unas cosas tan bonitas, Lu. Me dijo que desde la primera vez que me vio, sintió algo diferente, que yo era especial. Y me confesó que le había gustado desde que nos conocimos en el super, pero que respetaba los límites profesionales.
Alejandra hizo una pausa, sus ojos brillando con el recuerdo.
—Y luego... me besó, Lu. Dios, su beso fue... eléctrico. Sentí que el mundo se paraba. Fue como si de repente todo tuviera sentido. Pasamos toda la noche hablando, riendo, conociéndonos de una manera que nunca imaginé posible. Hablamos de nuestros sueños, de nuestros miedos, de las cosas más tontas y las más profundas. Me contó un poco de su vida, de lo mucho que ha trabajado para llegar a donde está. Y yo le conté lo de mi pueblo, lo de mi familia...
—¿Y pasó algo más? —preguntó Lucía, con una sonrisa pícara, aunque su preocupación seguía latente.
El rubor de Alejandra se intensificó. —Sí, Lu. Pasó. Hicimos el amor. Fue... fue mágico, de verdad. Nunca me había sentido así con nadie. Fue tierno y apasionado al mismo tiempo.
Me hizo sentir la mujer más deseada del mundo, la más valorada. Me dijo que me amaba, que yo era su alma gemela. Me prometió que me cuidaría, que siempre estaría a mi lado. Me dijo que quería una vida conmigo.
Lucía escuchó atentamente, su expresión una mezcla de felicidad por su amiga y esa inquebrantable inquietud.
—Amiga, me alegra que seas feliz, de verdad que sí —dijo Lucía, tomándole la mano—. Se te ve radiante, nunca te había visto así. Pero... algo no me cuadra. Francis es un hombre de mundo, tiene dinero, posición, un buen trabajo en la capital... ¿y nunca te ha hablado de su familia? ¿Nunca te ha invitado a su casa real? ¿Solo vienen aquí, a tu apartamento?
—Es muy reservado, Lu, ya te lo he dicho —defendía Alejandra, con una convicción que a Lucía le pareció casi desesperada—. Tiene una vida muy complicada con los negocios y prefiere separar las cosas. Me dijo que cuando sea el momento adecuado, me llevará a conocer a todos. Me prometió que esto es solo temporal, que pronto podremos vivir nuestro amor sin escondernos. Quiere protegerme, ¿sabes? De los chismes, de las envidias de la oficina.
—Ojalá sea así, Ale —suspiró Lucía, mirando por la ventana hacia los brillantes tejados de Luminara—. Porque yo he visto cosas en la oficina, miradas de la gente, susurros... Especialmente de esa Isabel Pérez, la prima de Elena. La veo observándote, con una mirada... no sé, extraña. A veces siento que saben algo que tú no sabes, algo que Francis te oculta. No quiero asustarte, pero ten cuidado, mi amor.
También Marcos, el buen Marcos, que seguía siendo su amigo aunque con el corazón roto por ese amor no correspondido, intentó advertirle una vez. Él, con su naturaleza reservada, observaba desde la distancia, su afecto por Alejandra un secreto bien guardado que le dolía como una herida abierta.
—Alejandra, tú sabes que te quiero y solo quiero lo mejor para ti —le dijo con una seriedad que no le era habitual, un día en la cafetería del trabajo, cuando Francis no estaba cerca—. Ten cuidado. He escuchado rumores de que Francis tiene vínculos muy fuertes con cierta familia adinerada de la capital, una de las más influyentes de Eldoria, que hay compromisos de por medio... Comprometerse con una familia así no es cualquier cosa. No te vayas a llevar un golpe fuerte, Ale. No quiero verte sufrir.
Pero Alejandra estaba cegada por el amor, por la intensidad de la felicidad que Francis le brindaba. Para ella, esas eran solo envidias, chismes de gente que no soportaba verla feliz, o la amargura de un amigo que no pudo conquistar su corazón. Francis era su mundo, su verdad, su todo. Él le había dado una razón para creer en un futuro juntos, más allá de la independencia que tanto había buscado.
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Pasaron los meses y la relación se consolidó, o al menos eso creía Alejandra. Se amaban con locura, o eso sentía ella. Francis le demostraba cada día con hechos cuánto la quería: le llevaba serenatas improvisadas (aunque fuera en privado, cantándole bajito al oído), le compraba detalles pensados que denotaban que la conocía a la perfección, la consentía como a una reina, llenando su vida de alegría y atenciones.
Alejandra sentía que había encontrado al príncipe que toda niña sueña, al hombre que no solo valoraba su independencia, sino que la admiraba por ella.
—Mira, Francis —le dijo una noche, mientras estaban acostados en el pequeño apartamento, el brillo de la noche filtrándose por las ventanas—. Antes de conocerte, yo pensaba que el amor no era necesario, que lo importante era ser independiente, tener mi propio camino. Y es verdad, es importante. Pero ahora entiendo que el amor es el motor. Contigo siento que puedo con todo, que no hay obstáculo demasiado grande. Eres mi fuerza.
—Y así es, mi vida —él la besaba en la frente con ternura, mientras acariciaba su cabello oscuro—. Tú y yo contra el mundo. Siempre. Nadie podrá separarnos, Alejandra. Prometo que haré lo que sea para que nuestra felicidad sea completa y pública. Solo dame un poco más de tiempo.
Lo que ella no sabía, lo que ni siquiera su imaginación más fértil podía alcanzar a sospechar, es que mientras él le juraba amor eterno en ese apartamento en Eldoria, en otra parte de la ciudad, en una casa mucho más grande y lujosa, adornada con detalles de oro y mármol, existía otra realidad.
Una realidad que ligaba la vida de Francis con la de Isabel Pérez, una conexión profunda e inevitable que provenía de una de las familias más poderosas y antiguas de Eldoria. No era un simple acuerdo, sino un entrelazado de destinos que se había fraguado mucho antes de que Alejandra entrara en la vida de Francis, un pacto silencioso que Francis guardaba celosamente.
Francis estaba atrapado en una red de deberes familiares y empresariales que no le permitían elegir libremente su propio destino, o al menos, eso era lo que se decía a sí mismo. Mantener a Alejandra en secreto era, a su modo de ver, la única forma de protegerla del daño que su complicada vida podía infligirle. Pensaba que así, lejos de la luz pública, su amor podría crecer y, llegado el momento, desafiaría todas las expectativas.
Pero ese era un secreto que Francis guardaba bajo llaves, un secreto que pesaba toneladas sobre su conciencia y que, de salir a la luz, destruiría para siempre la felicidad de Alejandra.
Por ahora, sin embargo, en el capítulo de su historia, el amor reinaba absoluto. Eran dos almas que se habían encontrado y que brillaban con luz propia, creyendo que su conexión era invencible, sin saber que se estaban acercando peligrosamente al abismo de una verdad que prometía desmoronarlo todo.
Cada caricia, cada palabra de amor en ese pequeño apartamento, era una cuenta regresiva para el inminente choque de dos mundos. El enamoramiento estaba llegando a su fin, y la tormenta en el mar de su realidad estaba a punto de estallar.
Continuará ✨
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.