Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 12: Bajo su protección
La mañana del martes en la Torre D'Angelo transcurrió en un clima de tensión contenida. En el piso sesenta, Maximiliano no lograba concentrarse. Su mente, usualmente una máquina precisa de negocios, volvía una y otra vez a la imagen de Susena. Finalmente, incapaz de resistir la inquietud, inventó una excusa sobre unos detalles técnicos del plan de medios y bajó personalmente al piso cincuenta y cuatro. No envió a un asistente; él mismo caminó por el pasillo, ignorando el silencio sepulcral que se generaba a su paso. Al llegar a la oficina de Susena, se detuvo en el umbral.
Ella estaba revisando unos bocetos, iluminada por la luz que entraba por el ventanal. Para ese día, Susena había elegido un vestido de seda en color verde esmeralda, un tono que hacía que su piel canela resplandeciera y que sus ojos chocolate se vieran más profundos que nunca. El corte del vestido era magistral: elegante, profesional, pero marcando con una dulzura infinita su vientre de cuatro meses. Tenía el cabello recogido en un moño bajo, dejando a la vista su cuello largo y grácil. Max sintió que el aire se le escapaba por un segundo.
—Señora Sotomayor, necesito discutir unos puntos de la campaña que no quedaron claros —dijo Max, su voz recuperando la firmeza—. Y como ya es casi mediodía, lo haremos durante un almuerzo de trabajo. Mi chofer espera abajo.
Susena se sorprendió, pero aceptó con una profesionalidad impecable. Al salir del edificio juntos, las miradas de los empleados eran puñales, pero ella caminaba con la cabeza en alto, sintiendo la presencia imponente de Max a su lado. Almorzaron en un restaurante exclusivo del Upper East Side, un lugar de manteles largos donde el servicio era casi invisible. Durante la comida, Max se encontró escuchándola con una atención que nunca le había dedicado a nadie. Susena hablaba de publicidad con una pasión que lo contagiaba, pero cuando hablaba de sus hijos, su rostro se iluminaba con una ternura que a Max le hacía doler el pecho.
Sin embargo, la burbuja se rompió apenas regresaron a la oficina. Jennifer, la recepcionista, la esperaba con el rostro desencajado.
—Susena, te llamaron de la escuela de los niños. Es urgente. La directora dice que hubo un problema grave y que debes ir a buscarlos de inmediato.
El corazón de Susena dio un vuelco. El miedo, ese viejo conocido, volvió a instalarse en su garganta. Esa escuela era la única que los niños habían conocido, un lugar de excelencia que ella luchaba por pagar para mantenerles un poco de estabilidad.
—Yo te llevo —dijo Max, sin dejar espacio para la duda.
Llegaron a la prestigiosa escuela privada en tiempo récord. En la oficina de la dirección, los trillizos estaban sentados en un sofá, con Mateo con un labio partido y las niñas llorando en silencio. La directora, una mujer de expresión gélida, no esperó a que Susena se sentara.
—Señora Vallejo, la situación es insostenible. No solo por la pelea de hoy, donde su hijo Mateo reaccionó con violencia ante un comentario de un compañero, sino por la situación financiera. Los pagos están atrasados desde la muerte de su esposo y, dada la reputación actual del apellido Sotomayor, la junta ha decidido que lo mejor es que los niños sean retirados de la institución.
Susena sintió que el mundo se le caía encima. Iba a rogar, a pedir un plazo, pero antes de que pudiera abrir la boca, la figura de Maximiliano D'Angelo se adelantó, llenando la habitación con su aura de poder absoluto.
—Creo que hay un malentendido aquí, directora —dijo Max, su voz baja y peligrosa como la de un depredador—. Los niños Vallejo están bajo mi protección personal. Mi empresa, D'Angelo Holdings, se hará cargo de cualquier deuda pendiente hoy mismo, y además, estoy considerando realizar una donación importante para el nuevo ala de deportes de la escuela... siempre y cuando mis protegidos sean tratados con el respeto que se merecen.
La directora palideció. El nombre de Maximiliano D'Angelo era ley en Nueva York. Las puertas que se habían cerrado para la viuda de Sotomayor se abrieron de par en par ante el apellido D'Angelo.
—Señor D'Angelo... no sabíamos que había un vínculo... por supuesto, la expulsión queda cancelada. Fue un malentendido administrativo —balbuceó la mujer.
Gracias a la intervención de Max, los niños no solo se quedaron en la escuela que tanto amaban, sino que el estigma que cargaban empezó a desvanecerse. Al salir hacia el auto, Susena miró a Maximiliano. Estaba abrumada por la gratitud, pero también por el miedo de lo que esto significaba.
—¿Por qué lo hizo, Max? —susurró ella mientras los niños ya subían al coche.
Max la miró, y por un instante, el hombre de acero de cincuenta años desapareció, dejando ver a alguien que finalmente había encontrado algo por lo que valía la pena luchar.
—Porque nadie toca lo que es importante para ti, Susena. Nadie.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.